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Más que una excelente introducción a la historia y filosofía de la ciencia

Reseña de Richard DeWitt, Cosmovisiones. Una introducción a la Historia y a la Filosofía de la Ciencia, Biblioteca Buridán-Montesinos, Barcelona, 2013, 469 páginas (traducción de Josep Sarret Grau; edición original 2010)

 

Salvador López Arnal
El Viejo Topo, mayo de 2013


Sea dicho lo esencial brevemente: Cosmovisiones es un libro más que
conveniente, necesario incluso si me apuran, una introducción
excelente -siendo más que eso- a la historia y filosofía de la ciencia
(“un territorio fascinante de explorar”) que incorpora magníficas
páginas de divulgación científica sobre tres grandes teorías
científicas del siglo XX que ilustran, enseñan, abonan y ayudan a eso
que solemos llamar tercera cultura emergente. Es un manual excelente
para un curso (académico o no) de introducción a todos estos ámbitos.
Con paciencia, con algo de ayuda en algunos puntos, discutiendo
colectivamente previo estudio de cada uno, el éxito está más que
garantizado. El lector/a sale con ganancias gnoseológicas, históricas
y filosóficas aseguradas. Las “Observaciones a modo de conclusión”
ubicadas al final de cada capítulo ayudan a fijar conceptos,
informaciones y argumentaciones.
El autor usa cosmovisión o visión del mundo para referirse a un
sistema de creencias interconectadas “de modo parecido a como lo están
las piezas de un rompecabezas" (p. 19). Una cosmovisión -suelen ir
acompañadas de una metáfora o analogía dominante- no es meramente una
colección de creencias separadas, independientes no relacionadas,
“sino un sistema de creencias entrelazadas, interconectadas”. La
cosmovisión aristotélica, por ejemplo, estaría representada en la
figura 1.2, en el puzzle de las creencias de la página 23.
. La noción, especialmente la analogía con los puzzles, tiene un aire
neto de familia con la “red de creencias” de Willard van Orman Quine,
una acepción muy estimada por el traductor de su obra al castellano,
por Manuel Sacristán. La ciencia, en su totalidad, sería como una
telaraña en la que las creencias nucleares están representadas en la
parte central de la tela. Los cambios en las creencias nucleares
exigen cambios en todo el conjunto de creencias; pero, en cambio,
pueden producirse cambios en las creencias periféricas sin modificar
sustancialmente la globalidad de las creencias, una matización de
interés al falsacionismo ingenuo.
El libro de DeWitt, profesor titular del Departamento de Filosofía de
la Fairfield University, magníficamente traducido por el director de
la colección Buridán Josep Sarret Grau, está estructurado en tres
partes. En la primera, la menos extensa, se exploran unos cuantos
“temas preliminares básicos de la historia y la filosofía de la
ciencia”, de filosofía más bien. De este modo, se discuten las
nociones de cosmovisión, verdad (especialmente brillantes los
apartados dedicados a los problemas relativos a las teorías de la
verdad como coherencia y correspondencia), prueba, hechos empíricos
versus hechos filosóficos/conceptuales (que no son categorías
absolutas: la mayor parte de las creencias se basan en una combinación
de evidencia empírica y opiniones más generales sobre nuestro mundo),
tipos de razonamientos comunes, la tesis de Quine-Duhem y sus
implicaciones para el método científico (con una excelente
aproximación a la temática de la subdeterminación de las teorías),
falsabilidad, instrumentalismo y realismo, los problemas y enigmas de
la inducción (excelentes los desarrollos sobre los cuervos de Hempel y
el problema de Goodman), etc.
Los temas señalados (la parte de filosofía de la ciencia)
proporcionan el contexto necesario para la exploración, en la segunda
parte, de la transición desde la visión aristotélica del mundo a la
newtoniana y para la exploración, en la tercera, de tres grandes
teorías –relatividad, mecánica cuántica, evolucionismo- que ponen en
cuestión nuestra propia visión del mundo.
La segunda parte, como señalábamos, explora la transición desde la
cosmovisión aristotélica a la newtoniana, iniciada básicamente con los
nuevos descubrimientos científicos realizados a comienzos del siglo
XVII. Galileo es aquí protagonista destacado. En esta transición, son
palabras del autor, los temas explorados en la primera parte, “se
entretejen de forma compleja e interesante”. La discusión de la citada
transición y los temas relacionados crean el “marco de la exploración
realizada en la tercera parte del ensayo”, acaso la de más difícil
comprensión pero la que, en mi opinión, tiene más interés y contiene
más aportaciones didácticas y filosóficas.
A destacar en la segunda parte, los capítulos dedicados al sistema
kepleriano, a la visión general de la nueva ciencia y de la visión
newtoniana del mundo, a la caracterización de las leyes científicas y
a los desarrollos del paradigma newtoniano en los siglos XVIII y XIX
La tercera parte del ensayo  explora las tres teorías señaladas: la
relatividad, la cuántica y la evolucionista. Todas ellas tienen algo
en común apunta DeWitt: requieren cambios sustanciales en nuestra
usual concepción del mundo. “Algunas de las creencias que durante
mucho tiempo hemos considerado como hechos empíricos obvios resultan
ser, a la luz de estos desarrollos recientes, hechos
filosóficos/conceptuales incorrectos”.
La excelencia filosófica y didáctica acompaña especialmente a esta
parte del ensayo que combina, al mismo tiempo pero de forma ordenada,
ciencia, historia de la ciencia, reflexión filosófica y excelente
divulgación. Este lector destaca gozoso que es una de las primeras
veces que creer haber entendido adecuadamente algunos principios y
desarrollos de la mecánica cuántica. Con ello no intento quitar ningún
valor, todo lo contrario, ni a los capítulos dedicados a la
relatividad especial y general (con alguna errata marginal en las
formulaciones matemáticas de la página 268) ni la teoría de la
evolución y a sus desarrollos posteriores (con especial relevancia los
desarrollos sobre la evolución y estudio de la conducta cooperativa y
altruista). Destaco especialmente por su claridad, novedad e interés
el capítulo XXVI, el dedicado a “La teoría cuántica y la localidad:
los experimentos de Aspect, EPR y el teorema de Bell”. Para DeWitt,
“los descubrimientos más recientes resultan algo desconcertantes: el
universo que sugieren no se parece a nada que hayamos experimentado.
Es decir, las influencias no locales demostradas por experimentos como
los de Aspect sugieren un universo que no se parece a nada que nos
resulte familiar. Un universo que permite influencias instantáneas
entre acontecimientos que no tienen conexión alguna entre ellos no es
un universo que  podamos calificar de familiar” (p. 436). Es posible
por ello que el universo sugerido por estos últimos desarrollos
científicos no permita ser resumido con una metáfora sencilla como sí
lo fueron los universos aristotélico y newtoniano. Es difícil
predecir, señala DeWitt, cómo será la nueva visión general del
universo, una visión, la de nuestros hijos y nietos, sustancialmente
distinta de la nuestra.
Merece también destacarse el apartado sobre “Notas sobre los
capítulos y lecturas recomendadas (pp. 438-457), con observaciones
destacadas en los capítulos 1, 23 y 25, y el comentario de DeWitt
sobre el papel de las mujeres en la historia de la ciencia: “El lector
habrá observado que, aparte de una breve mención a Marie Curie en el
capítulo 21, casi no se menciona el papel de las mujeres en el
presente libro. No es verdad que las mujeres no hayan desempeñado un
papel en la historia de la ciencia. Pero es indudable que, durante la
mayor parte de nuestra historia, las actitudes sociales han disuadido
a las mujeres de desempeñar papeles destacados en las disciplinas
científicas en que se centra este libro, especialmente en física y
astronomía. Pero, de nuevo, esto no significa que las mujeres no hayan
tenido un papel importante en estas disciplinas” (p. 439) [el énfasis
es mío]
Como suele ocurrir en las referencias bibliográficas, el mundo
anglosajón, la academia anglosajona, se basta a sí misma, se creer
autosuficiente. Se lo cocinan entre ellos y comen de todo ello. El
resto del mundo no cuenta y, desde luego, no opera así. Por ejemplo,
no parece razonable que en el apartado de historia de la ciencia
dedicada a Galileo ni se mencione un libro de las características de
Talento y poder, una de las grandes aportaciones del gran historiador
de la ciencia Antonio Beltrán, uno de nuestros grandes galileanos.
Una nota final sobre la estructura y la lectura del ensayo que toma
pie en el propio autor: aunque el libro está pensado para ser leído
como un todo, y aunque sus tres partes principales se relacionan en la
forma que ha sido indicada, es posible leerlas independientemente, al
gusto y preferencias del lector o lectora.
En síntesis, Cosmovisiones es un libro que conviene leer, que merece
ser leído y, sobre todo, releído y consultado. Verán que no exagero;
no conseguirán refutarme.

PS: Dado que es un libro sobre cosmovisiones, no está de más finalizar
esta reseña señalando un nudo central, muy darwiniano por cierto, de
la cosmovisión del autor: “a mí me gusta la idea de que no seamos más
que una de los diez millones de especies que se calcula que existen
actualmente en la Tierra, y me gusta que estemos relacionados con
todos y cada uno de los organismos actualmente vivos y con todos los
que han existido alguna vez y que ya se hayan extinguido. He tenido la
suerte de vivir en varios lugares del mundo y de haber podido viajar a
muchos más, y me encanta pensar que, vaya donde vaya, la flora y la
fauna que encuentro forma parte de una gran familia. Es una idea
extraordinaria: todos los organismos de la Tierra, cada planta y cada
animal, son nuestros parientes. No hay motivos para ver esto de forma
negativa” (p. 426). Charles Darwin sentía algo parecido: “Hay grandeza
en esta concepción según la cual la vida, con sus varios poderes, fue
insuflada originalmente a unas pocas formas o a una sola de ellas”.


Salvador López Arnal es miembro del Frente Cívico Somos Mayoría y del
CEMS (Centre d’Estudis sobre els Movimients Socials de la Universitat
Pompeu Fabra de Barcelona; director Jordi Mir Garcia)

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