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¿Qué pasaría si...?

Històries desenvolupades a partir d'una pregunta

 

¿Qué pasaría si…?

 

¿Qué pasaría si el mundo fuese invadido por orcos?

 

Un día como otro cualquiera me levanté a las 7.45. Me lavé, me vestí, desayuné y me fui al instituto. Unas horas más tarde, exactamente a las 10.45, cuando estábamos en el patio sentados en el murete de la valla. Miré hacia el parque de enfrente y vi cómo dos orcos asesinaban a un hombre. Me eché a reír, me di un golpe en la frente, volví a mirar y no había nada. Pensé que me estaba volviendo loco por ver tantas veces la película de El Señor de los anillos. Nos fuimos al bar del instituto e inmediatamente después para clase (ya eran las 11).

A última hora de la tarde volví a ver lo mismo. Esta vez, un amigo también lo vio, pero él estaba demasiado lejos como para ver quiénes eran los atacantes. Yo me puse muy nervioso y me fui a casa con un gran dolor de cabeza. Normalmente nunca veo el Telenoticias, pero ese día lo vi, y en una de las noticias aparecían dos individuos matando a dos chicos. Los reporteros dijeron que los asesinos iban disfrazados de monstruos y que probablemente serían dos locos asesinos. Pero yo sabía que no, que algo realmente grave estaba pasando en nuestro planeta.

Pasó una semana y media sin ninguna noticia de la posible invasión que yo me estaba imaginando en ese momento. Una noche, en la televisión, anunciaron una alerta máxima por la invasión de unas criaturas. El ejército se había puesto en camino hacia los lugares donde se habían producido los primeros ataques de la invasión. Según el ejército, todos los rincones del planeta estaban llenos de unas criaturas que habían identificado en los libros de ficción. Eran orcos. Nadie sabía de dónce podían haber salido. En la televisión y en la radio sólo emitían noticias de este asunto. A causa de todo esto, muy poca gente salía a la calle. Se habían formado grupos de caza que buscaban a los orcos. Civiles, policías y hasta el mismo ejército los buscaban sin parar. El mundo entero era un caos total. Se pedía la máxima colaboración posible: todo hombre con más de 15 años podía entrar en los clanes, y todas las mujeres con más de 20 también. Me alisté en uno de esos clanes.

Durante cinco semanas las peleas ocasionaron muchos muertos. Un día en el que nuestro clan estaba patrullando, nos encontramos con un campamento orco. Eran unos diez; nosotros, sólo seis. En el momento en que íbamos a pedir refuerzos nos vieron. La lucha era inminente. Lucharon con todas sus fuerzas, pero murieron. Fui el único superviviente de la escaramuza, pero, al intentar huir, fui alcanzado por la flecha de un arquero orco. Tuve mala suerte; la flecha me dio de lleno en el corazón.

Durante muchos años hubo grandes batallas. Nunca se supo quiénes lograron sobrevivir.

Antonio Manuel Castillejo Vázquez

(3º de ESO, B)

 

 

¿Qué pasaría si desaparecieran los colegios?

 

Hace unos meses tuve un sueño. En ese sueño vi que todos los colegios, institutos y universidades del mundo desaparecían. Me puse muy contento, como cualquier niño del mundo. Fui feliz durante años, hasta que decidí trabajar. Cuando fui a buscar trabajo, nadie quería contratarme. Decían que no tenía preparación y que no podía trabajar.

El planeta se fue empobreciendo. La gente sólo trabajaba en la ganadería, la agricultura y la pesca. Las nuevas generaciones no sabían leer ni escribir porque no tenían a nadie que pudiera enseñarles. Como no había colegios, no había profesores, y los padres no tenían tiempo para enseñar porque estaban muy ocupados trabajando.

La gente se moría por enfermedades que ahora son una tontería, porque se curan enseguida. Volvieron las epidemias… porque no había gente con estudios de medicina que pudiera combatirlas.

Parecía que volvíamos a épocas pasadas: sin electricidad, sin agua, sin vehículos.

Cuando me hacía viejo, era como si estuviéramos en la prehistoria. Teníamos las casas medio en ruinas, nadie sabía reconstruirlas. Ni siquiera hacer armarios para guardar ropa.

La gente se peleba por un poco de comida. El mundo era un caos. De repente… sonó el despertador.

Ese día me levanté con mucha energía. Fui al instituto muy contento. Estudiando, en un futuro no tan lejano podría tener un buen trabajo y, gracias a que los colegios no habían desaparecido, el mundo no se convertiría en un caos.

Javier Valero

(3º de ESO, B)

 

¿Qué pasaría si los animales desaparecieran?

 

Todo empezó un día caluroso. En los laboratorios de una universidad de Barcelona, un joven y futuro científico (un alumno) realizaba un trabajo para la clase del día siguiente. Estaba examinando y haciendo pruebas con varias especies de animales. De pronto, se dio cuenta de que algunas de esas especies iban a desaparecer y con su extinción, a otras especies les pasaría lo mismo, y así hasta que sólo quedáramos los seres humanos y las plantas. Entonces eso despertó en el chico un interés descomunal para investigar lo que pasaría si los animales llegaran a extinguirse.
Pasaron varios días. El estudiante había llegado a muchas conclusiones, pero ninguna segura. Hasta que, con la ayuda de un amigo suyo, encontró la que sería más adecuada. Al no haber animales, las plantas crecerían mucho más, los alimentos serían más escasos (verduras y demás vegetales), por tanto, todos los seres humanos estarían bajos de defensas por falta de grasas de origen animal y de sus derivados. Así que, al mínimo catarro u otra infección, podrían ir muriendo y así hasta acabar con la especie humana.

En fin, que tanto un ser vivo de una especie como otro de otra diferente son importantes para la vida de todo el planeta. El alumno entregó el trabajo un poco más tarde del plazo, pero con el consentimiento del profesor, y le pusieron un diez.

Albert Rosado Puig

(3º de ESO, A)

 

¿Qué pasaría si la tierra estuviera cubierta de agua?

 

—¡Eh, Roberto! Soy yo, Sofía.

—¿Sofía? ¿Qué Sofía? ¿La del Norte? ¿La del Sur?

—La del Sur, Roberto. ¿No me conoces?

—¡Sofía! ¿Qué tal? Lo siento, es que hace un año que no te veo.

Roberto y Sofía eran dos chicos de 16 años. Vivían en un gran barco con sus padres. Bueno, Roberto vivía con sus padres adoptivos. Ésta es la historia de cómo los conoció cuando la tierra estaba cubierta de agua.

Roberto y Sofía tenían 12 años. Un día estaban jugando en una chalupa y, de repente, una ola gigante la volcó. Sofía se cayó al agua y Roberto fue arrastrado por culpa de la ola hacia los mares del Norte. Tuvo suerte de poder agarrarse a un trozo de madera que se encontró, y así pasó ocho días hasta que un gran barco lo encontró. Lo subieron a bordo y le dieron todos los cuidados que necesitaba. Una vez recuperado, contó lo sucedido y los dueños de ese barco decidieron adoptarlo y cuidarlo como si fuera su hijo, y así es como Roberto tuvo nuevos padres.

Pasó varios años en las aguas del Sur en compañía de Sofía y sus padres. Roberto les estaba muy agradecido porque  se habían puesto muy contentos cuando lo encontraron y fueron quienes lo habían criado.

Transcurrieron varios años y el padr de Sofía empezó a incubar una enfermedad muy grave. Por lo que decían, sólo se podía curar si comía unas algas que había en el fondo del mar, pero nadie se atrevía a bajar a cogerlas pues estaban muy profundas y todos temían quedarse sin respiración en el fondo del mar y morir ahogados. Así que Roberto, que era muy valiente y estaba tan agradecido por el trato que le habían dado en aquella familia tiempo atrás, decidió ir a buscar las algas milagrosas. Cogió aire y se adentró en las profundidades del mar, pero sin querer, Roberto quitó el tapón de desagüe que había en el fondo del mar, y por allí se fue yendo parte del agua. Y así fue cómo Roberto había conseguido las algas, había conseguido salvar al padre de Sofía y había llegado a ser nombrado rey por haber hecho emerger aquellas tierras tan bonitas en las que ahora vivían, en las que tenían cultivos y habían levantado sus casas.

Cristina Molina

(3º de ESO, B)

 

¿Qué pasaría si los sueños nunca tuvieran fin?

 

Son las cuatro y cuarto de la madrugada. Estoy en mi cama, asustada, con el corazón que parece que se me vaya a salir de su sitio.

Me he levantado de un susto impresionante. Un payaso me estaba persiguiendo por un enorme túnel oscuro. Al llegar a una parte iluminada por una simple bombilla que parpadeaba, he visto tres puertas. Aquel payaso, con cara de estar divirtiéndose, quería hacerme elegir una. Yo, desconsolada, me he echado al suelo llorando desesperadamente.

Cuando el payaso ha ido a cogerme me he despertado.

Ahora pienso: ¿Qué pasaría si los sueños nunca tuvieran fin, qué pasaría si no despertáramos?

Hay veces en que tienes un bonito sueño y, al despertar y darte cuenta de que sólo era eso, un sueño, intentas volver a dormirte, pero no puedes, ya sea por el molesto sol de la mañana o por la fastidiosa hora. En estos casos desearías no haberte despertado.

O, en cambio, casos como el mío de esta noche, que parecen tan reales, que la más mínima cosa, como un simple payaso, te lo hace pasar mal y no ves el momento de abrir los ojos. Con lo que, si te pones a pensar, no sabes qué es peor: no despertarse nunca y negarse a vivir siempre un estupendo sueño o escapar eternamente de una horrible pesadilla…

Lorena Hidalgo

(3º de ESO, A)




¿Qué pasaría si las uñas no dejaran de crecer?

 

Ésta es la historia de una mujer de unos 35 años, María, casada con un hombre, Antonio, de 36. Él trabajaba de profesor en la escuela de un pequeño pueblo y ella como ama de casa. Tenían una hija, Helena, que iba a la escuela en la que trabajaba su padre. Cada día por la mañana, Antonio y Helena se dirigían a la escuela, dejando sola a María en casa. Ésta se dedicaba a hacer las tareas del hogar y a preparar la comida para cuando se presentara su hija. Así era un día normal y corriente para esta familia.

Pero lo que ellos no sabían es que su vida vida iba a cambiar al cabo de una semana. Y aquí empieza la historia.

El 25 de febrero de 1999, Antonio y Helena, como cada mañana, salieron de casa, cogieron el coche y fueron hacia la escuela. María se quedó en casa. De repente notó un dolor en las uñas de los pies y en las de las manos. Puso las manos en agua y parecía que se le aliviaba. Al día siguiente le volvió a pasar lo mismo. Notó como si los bolsillos del abrigo y los zapatos se le encogieran. Pero cuando se miró las manos, vio que sus uñas medían varios centímetros de largo. Metió las manos en los bolsillos y se dirigió a su casa para cortárselas... y que nadie supiera nada.
Al quitarse los zapatos, le pasó lo mismo. Cuando se cortó las uñas, las tiró al cubo de la basura por miedo a que se le atascara el váter. Mientras preparaba la comida para ella y su hija (Antonio se quedaba a comer en el bar de la escuela porque tenía clases por la tarde) pensó en comprarse zapatos y guantes de hombre para disimular el rápido crecimiento de las uñas (no había tallas tan grandes para mujeres). Y así lo hizo. Ese mismo día, por la tarde, fue directa a hacer lo que había pensado. Se dirigió a la única tienda de zapatos que había en el pueblo y pidió un 45. Cuando se los probó en la misma tienda, le dijo a la dependienta que eran para su marido, por vergüenza de que pensara que eran para ella. Después fue a comprarse unos guantes (le costaron 2500 pesetas).Al cabo de dos días, Antonio miró debajo de la cama (porque vio la sombra de unos zapatos) y vio los zapatos y los guantes, y como María estaba todo el día sola en casa, él empezó a pensar que le había sido infiel.

—¡María, ven ahora mismo a nuestra habitación! —dijo Antonio.

—¿Qué quieres? ¡Ahora voy!—dijo María.

Cuando María llegó a la habitación, vio a Antonio con los zapatos y los guantes en las manos.

—María, ¿qué es esto? —preguntó enfadado Antonio.

—No es lo que tú te piensas, cariño —dijo María.

—Entonces, ¿por qué tienes aquí unos guantes y unos zapatos de hombre? —dijo todavía más enfadado Antonio.

—¡Es que me da vergüenza decírtelo, amor mío! —exclamó María.

Mientras discutían, Helena lo estaba escuchando todo desde su habitación.

—O me dices ahora mismo lo que pasa o pido el divorcio —dijo Antonio.

Al escuchar esto, Helena se puso a llorar. No quería que sus padres se separaran. Cuando ellos oyeron su llanto, fueron rápidamente a su habitación para calmarla un poco.

—¿Qué te pasa, hija? —preguntó María.

—Que papá ha dicho que os vais a divorciar —dijo Helena.

—No digas tonterías —dijo el padre.

—Y bien, mamá, ¿qué era lo que te daba vergüenza decirle a papá? —preguntó Helena.

—Sí, ¿qué me tenías que decir? —dijo con interés Antonio.

—Bueno, es una cosa muy rara que me pasa cuando me pongo nerviosa…

—Venga, no tenemos todo el día… —la interrumpieron el padre y la hija.

—Vale, iré al grano. Cuando me pongo nerviosa, empiezan a crecerme las uñas de las manos y de los pies muy deprisa —dijo con inseguridad María.

—¡Ja, ja,ja! —dejaron escapar unas carcajadas enormes padre e hija.

María se puso muy nerviosa y le empezaron a crecer las uñas mientras que Helena, asustada, pegaba un grito.

—Mamá, mamá, ¿qué te está pasando?

—Ya os he dicho que cuando me pongo nerviosa me crecen las uñas —dijo la madre.

Al día siguiente, cuando todos estaban más calmados, empezaron a hablar otra vez de la rara enfermedad que tenía María. Y, a mitad de la conversación, decidieron visitar al podólogo.

—Hola, señor Fernández —dijo María al llegar en la consulta.

—Hola, María, ¿qué sorpresa verla por aquí? —dijo el podólogo.

—Pues ya ve, venía a hablar con usted en privado.

Dicho esto, entraron en un despacho. Allí María le contó al médico lo que le sucedía, pero el señor Fernández no se sorprendió de nada.

—¿Qué pasa, que lo que le estoy contando es normal? —preguntó María.

—No es que sea normal, es que todo esto tiene una explicación. Como usted viene todas las semanas a hacerse la pedicura, el mes pasado, sin darme cuenta, le eché en los pies una crema con la que nosotros experimentamos reacciones de las uñas. Por eso le han crecido tan rápidamente —dijo el señor Fernández con mucha tranquilidad.

—¡Ah! ¿Y a usted le parece bonito lo que ha hecho con mis pies? —dijo María enfadada.

—No se preocupe. Ahora mismo le pongo un gel que elimina esa reacción —dijo el señor Fernández dirigiéndose a la camilla.

Finalmente, al ponerle el gel, María quiso ver qué pasaba si se ponía nerviosa, pero ya no pasaba nada. Pidió disculpas al podólogo por haberle hablado de esa manera, le dio las gracias y se marchó.

Laura Villegas

(3º de ESO, B)

 

¿Qué pasaría si los mayores fueran jóvenes y los jóvenes mayores?

 

Si los mayores fueran jóvenes y los jóvenes mayores, aunque tan sólo fuera por un momento, los mayores se darían cuenta de que, a veces, los jóvenes podemos ser bastante maduros y que lo que sentimos nosotros puede ser igual de importante que aquello que a los mayores les trae de cabeza. También se darían cuenta de que a nuestra edad se hacen cosas que, quizá, a a la larga, no sean buenas para nadie, pero que todos hacemos locuras. Que a esta edad nuestra los amigos son demasiado importantes para nosotros, y que al ponernos prohibiciones aumenta nuestra curiosidad, las ganas de experimentar… y la posibilidad de equivocarnos, aunque siempre busquemos el perdón. Y nosotros, los jóvenes, también nos daríamos cuenta de que algo tan simple como escuchar una opinión puede ser muy importante. También creo que a los mayores les gustaría que confiáramos más en ellos.

Con todo esto, llegamos a la conclusión de que nos llevaríamos mucho mejor. Y antes de hablar o actuar, pensaríamos bien lo que fuéramos a hacer. En fin, el día a día sería mejor después de esa experiencia.

Patricia Ramírez Osuna

(3º de ESO, A)

[Aquestes històries van estar publicades a la revista Sota el cel del Puig, núm. 13, març de 2003.]