Sou a: Inici / Activitats / Activitats educatives / Literària / Prosa / Cuatro máquinas fantásticas

Cuatro máquinas fantásticas

Quatre relats sobre màquines inventades

La máquina memorizadora

 

Hace seis años, en tercero de primaria, para ser más exactos, empecé a tener mis primeros exámenes.

En aquella época, yo era muy mal estudiante y nunca tenía ganas de trabajar. Por eso decidí buscar alguna solución para no tener que estar todos los días del curso estudiando.

Primero pensé que si estaba atento en clase, ya me serviría para aprobar los exámenes, pero me equivocaba. Siempre que llegaba el día del examen, ya me había olvidado de todo y, como mucho, me ponían un 1 o un 2. Más tarde me compré una grabadora y un montón de cintas vírgenes. En las cintas grababa todo lo que leía en los libros y, por las noches, cuando me iba a dormir, me ponía la cinta y me dormía con ella. Fue un fracaso porque,  por la mañana, sabía lo mismo que la noche anterior. Lo único que conseguía así era tener sueños raros.

Al final me di por vencido… Pero un día que pasaba por delante de una tienda de ordenadores, pensé que si un ordenador podía recibir imágenes de un escáner, ¿por qué no iba a poder yo?

Me compré un escáner y dos cables con dos ventosas en los extremos (como los que usan los médicos), lo conecté todo y añadí un cable para poder enchufarlo.

Estaba nervioso. Abrí el libro de Sociales por las páginas que quería aprenderme de memoria. Me puse las ventosas en la frente y encendí el escáner. No noté nada. Pensé que había vuelto a fracasar, pero no. Llegó el día del examen y me sabía la lección al pie de la letra.

Desde entonces siempre contesto alguna pregunta mal, para disimular.

Ahora estoy intentando inventar un bolígrafo que haga los deberes por mí, pero eso me llevará una o dos semanas.

Javier Valero (3º A)

 

La máquina de los deseos

 

Hola, soy Jimmy, Jimmy Burton. Vivo en California, EEUU, en una ciudad normal, en un barrio normal, con una calle normal, con vecinos normales, hijos normales, perros normales… pero con una familia no tan normal. Y ahora sabréis por qué lo digo…

Mi padre es inventor de artículos un tanto raros… Siempre está creando cosas sin ninguna utilidad, pero eso a él le chifla. Mi madre es bastante normal, dentro de lo que cabe. Trabaja de profesora de ciencias en una universidad californiana, pero es una maniática de la limpieza. Y mi hermana (creo que es la más rara) convierte las muñecas que le regalan en híbridos, entre action man y barbies. Sólo tiene diez años, pero aparenta trece. Su instrumento favorito de tortura es un tirachinas y lo que más le gusta es tirarme canicas a la cabeza…. Y yo… Yo no tengo nada de particular, soy el típico empollón que siempre pasa desapercibido… menos cuando le tienen que robar el dinero del almuerzo a alguien. Pero eso cambió, aunque sólo por un día. Aquella mañana me desperté como siempre con los gritos de mi hermana, eso sí que es una tortura.

Me levanté de mal humor, como siempre. Para variar, el lavabo estaba ocupado y el desayuno sin preparar, así que volví hacia mi habitación y empecé a vestirme. Le di de comer a mi tarántula y me dirigí al lavabo, todavía ocupado. Entonces me puse la tele, tan divertida como siempre, con esos programas de tertulia, ¡uf!

Por fin, conseguí entrar en el lavabo, coger una tostada y salir corriendo, olvidándome, como siempre, del almuerzo. En la puerta me esperaba desde hacía un rato Matt, mi mejor amigo. Y juntos nos dirigimos al colegio, ya que el autobús había pasado hacía un rato sin nosotros, que otra vez llegábamos tarde.

En los pasillos del colegio se respiraba tranquilidad, todo el mundo estaba en clase. Me asomé por la ventana y, en un descuido del profesor, entré en clase sin hacer ruido. Pero lo único que conseguí fue que me dejaran castigado una hora más.

Cuando llegué a casa, me encontré con una nota de mi madre: “Hemos salido con tu hermana de compras; la cena está en la nevera, pórtate bien.” Por fin, una tarde de tranquilidad, pensé.

Así que me fui para mi habitación a dejar la cartera. Como me aburría y no sabía qué hacer, me dirigí a la sala de creaciones de mi padre. Me tiene prohibido entrar, pero la curiosidad me podía, siempre podía echarle la culpa al perro si ocuría algo.

Cuando conseguí entrar, me encontré con montones de cables y chatarra esparcidos por toda la habitación, ¡fascinante!

Entre todas esa chatarra, descubrí una máquina, o algo raro lleno de calbes y botones y chapa por todos lados. Así que le di al botón más grande, para ver si tenía alguna utilidad, y la máquina se conectó emitiendo un ruido espantoso. Rebuscando entre papeles y carpetas, encontré un manual de instrucciones de la máquina. Era como… ¡una máquina de los deseos! Sin pensarlo dos veces, hice lo que ponía en las instrucciones, aunque no creía que funcionase, escribí en un papel lo que deseaba, lo introduje dentro, esperé unos minutos y la apagué, tal como decía en las instrucciones, y salí de la habitación. Por la mañana, al día siguiente, me desperté sin gritos, demasiado tranquilo, no había el caos de todas las mañanas… Fui al baño y no había nadie. Bajé a la cocina, tampoco había nadie preparando el almuerzo… Subí corriendo a las habitaciones, tampoco allí había nadie. No podía creerlo. El deseo se había cumplido… No podía ser, no era mi deseo… Yo sólo quería que desapareciese todo lo raro, ¡no que mi familia desapareciese! Qué le iba a hacer, ya lo cambiaría cuando volviese del colegio. Un poco de tranquilidad no me vendría mal… Pero ¿dónde estaba Matt? Estaría enfermo. Ayer tenía muy buena cara… Fui tirando para el cole. No llegaba tarde como todos los días, parecía domingo, no había ni coches por la calle, ni nadie se dirigía al colegio. El reloj funcionaba bien, no podía ser, ¡todo el mundo había desaparecido!

—¡Jimmy!, ¡Jimmy!, ¿me estás escuchando?

—Eeeh, sí, señu, sí —dije secándome la babilla que me caía de la boca. ¡Oh, mierda! ¡Me había quedado dormido! Todos se reían, yo también. Por lo menos el sueño no era real, aunque mi familia sea diferente, yo no la cambiaría por nada.

Alba Botello Taravilla (4º B)

La máquina sabelotodo

 

¿Quieres encontrar respuestas para todas tus dudas? Cuando tu hijo te pregunta que de dónde vienen los niños, ¿cómo te las arreglas para explicárselo?

Soy Gloria Stefany Tello, la científica más conocida en todo el mundo gracias a mi nuevo invento, la máquina sabelotodo. Para poder hacer funcionar estar máquina tuve que introducirle una porción del diccionario y una pizca de cualquier libro que encontrara en mi camino.

Mi deseo de construir esta máquina empezó hace un año, al ver a una niña preguntándole a su madre que de dónde habían salido las letras. “Del viento”, contestó la madre. “¿Y de dónde viene el viento?”, preguntó la niña, pero su madre no contestó, aburrida de que su hija siempre le estuviera haciendo preguntas que en muchas ocasiones no sabía responder (ni ella misma conocía la respuesta).

Y no solamente pasaba eso con las madres y los hijos, sino con muchas otras personas. Seguro que no ha existido alguien que, en toda su vida, no haya tenido una duda, porque siempre hay algo que nos llama la atención y no podemos entender. Con mi máquina ya he podido conocer la respuesta a todo tipo de preguntas. Soy una persona a la que gusta saber los detalles de lo que no se sabe.

Esta máquina es una maravilla.

La pregunta más codiciada es saber si el mundo fue creado por Dios o en el Big Bang.

No os daré la respuesta, pues tenéis que comprar la máquina. Como podéis suponer, una máquina como ésta no puede ser poseída por todos, pues todas sus respuestas tienen un gran valor y por esa razón la máquina cuesta mucho (9349,50 €). Cómprala, que se agota.

Gloria Stefani Tello Luna (2º de ESO, grupo C).

 

 

La máquina para leer los sueños de la gente

 

La historia que a continuación les voy a contar trata de un genio que vivía en la Edad Media (la edad de los castillos, por si alguno no lo sabe).

Bueno, a lo que iba: el genio que os había mencionado hace un momento se llama Ulric. Él, de pequeño, ya destacaba entre los demás niños de su edad. Había decidido ser inventor. Sus padres no estaban de acuerdo con esa idea. Ellos trabajaban en el campo y querían que su hijo siguiera sus pasos, pero él se negaba a trabajar, decía que no quería desaprovechar su inteligencia. Sus padres, al ver que no podían convencerlo, decidieron dárselo a los  monjes de un monasterio para que allí se relacionara con la naturaleza y adquiriera los conocimientos necesarios para poder llegar a ser inventor. Pasó con los monjes mucho tiempo y, a los treinta años, salió de allí, bueno, lo que se dice salir, él no salió, lo echaron del convento por llenarles a los monjes la cabeza con ideas descerebradas. Nada más salir del convento se encerró en una torre muy alta y abandonada para que la gente no les molestara, quería estar aislado del mundo, hasta hizo que la comida se la subieran por el balcón en una cesta atada a una cuerda. Estuvo así diez años Durante esos diez años no inventó nada, se limitó a pensar, a meditar y a estudiar a las personas. Pasó un año más hasta que le vino un idea, la de inventar una máquina que leyera los sueños de la gente. Tardó bastante tiempo en perfeccionarla, no podría decirles el tiempo que tardó en inventarla porque les mentiría. En cuanto inventó la máquina, quiso probarla, así que fue al castillo del rey a contarle que había inventado una máquina que iba a revolucionar el mundo, ya que podía leer los sueños de las personas y luego escribirlos en un papel. El rey y toda la corte se rieron del pobre inventor (yo tampoco me lo hubiera creído). El inventor le dijo al rey que le diera una oportunidad y que a cambio de esa oportunidad, si no lo conseguía, dejaría que le decapitaran y que quemaran la máquina. El rey, que era muy perverso y muy sádico, aceptó y le dijo: “Podemos hacer la prueba en mis aposentos” (así la gente vería que era un rey bueno). El rey permitió que le hicieran la prueba a él mismo y así, luego, le preguntarían si era verdad lo que la máquina había escrito. Así fue.

El rey se tumbó en la cama y en el momento en que se durmió, la máquina se activó y empezó a hacer pequeñas explosiones y, al momento, empezó a escribir con la pluma. El rey, al despertar, le preguntó todo entusiasmado qué era lo que había soñado. El inventor cogió el papel que la máquina había escrito y lo leyó en alto. El rey, al escucharlo, quedó asombrado y como también era muy avaricioso, le dijo que trabajara en el castillo inventando cosas para él. Pero el inventor le respondió: “Si trabajara para usted, dejaría de ser libre, y eso es lo único que me da fuerzas para inventar.” El rey, enojado, le respondió: “Pues dame tu invento o, al menos, véndemelo.” El inventor se negó. El rey, más furioso que antes, lo echó del palacio y le dijo: “Si tus inventos no son míos, no serán de nadie.” Cuando pasaron unos cuantos días, el rey ordenó que le robaran el invento y que, si hacía falta, mataran al inventor con tal de conseguirlo. Así lo hicieron. El inventor que se enteró de que lo iban a asesinar esa misma noche, destruyó el invento y esperó a los guardias. Cuando llegaron, les dijo: “No me conseguiréis ni mis inventos ni a mí.” Entonces los guardias lo ejecutaron. El rey, furioso porque el inventor se había salido con la suya, se volvió loco y lo tuvieron que encerrar.

No sé si se han creído esta historia pero yo soy un cuentacuentos y nunca miento.

Marc Garrido Medina (2º de ESO, C).

[Aquests relats van estar publicats a la revista Sota el cel del Puig, núm. 12, gener de 2003.]