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Dos historias de amor

Dues històries de princeses enamorades

Dos historias de amor

 

La  princesa  Mireia

Había una vez una niña que era muy inteligente y que tenía muchísima imaginación, además de poseer una gran belleza heredada de su madre, que la quería más que  nadie. Esta niña se llamaba Mireia.

Una tarde de invierno salió la familia a dar una vuelta en coche. Hacía muy mal tiempo, y más tarde empezó a llover. Tras el frenazo que pegó en una curva el padre de Mireia, que era quien conducía, el coche resbaló y cayó por un precipio.

De ese terrible accidente, sólo salió con vida la pequeña Mireia, y con tan sólo cinco años, quedó huérfana. Mireia permaneció en un centro de acogida unos tres años, hasta que llegó una pareja , marido y mujer, para adoptarla. No la conocían de nada, pero su belleza les atrajo, sobre todo al hombre. Mireia se preguntaba: “Pero ¿cómo es posible que me hayan escogido a mí de entre todas estas niñas? ¿Y quiénes son estas dos personas que no conozco absolutamente de nada y que van tan bien vestidos y con tanto lujo?” (La verdadera familia de Mireia había sido más bien pobre.) No tuvo tiempo de hacer estas preguntas, pues enseguida le dieron la respuesta.

“¡Dios mío!”, se dijo Mireia cuando supo que aquellas dos personas eran ni más ni menos que los Reyes del país.

Al rey Miguel (que así se llamaba), tener una hija era lo que más ilusión le hacía de este mundo, y como la reina Lorena, su esposa, no podía tener hijos, habían decidido adoptar a una niña... y ¿por qué a ella? Por su belleza.

En otros tiempos, los reyes decidían con quién se casaban sus hijos. En este caso, al rey Miguel y a la reina Lorena, los habían casado por este motivo.

En realidad, el rey Miguel no estaba muy enamorado de su esposa, al menos como hay que estarlo, claro que la reina Lorena tampoco lo estaba de él, pero lo que la convencía a ella eran las riquezas que poseía el rey Miguel. Sabiendo esto, ahora más que nunca, el rey Miguel había querido adoptar a una niña para ganarse su cariño como si fuera la auténtica hija que no pudo tener, y para que ésta heredase todas sus riquezas en lugar de la interesada de su esposa.

Naturalmente, la reina Lorena intentó quitarle de la cabeza semejante idea, pero no pudo. Así que el rey Miguel se arriesgó sabiendo que si algún día a él le ocurría algo, su esposa, celosa, podría hacerle pagar a Mireia estos celos uno por uno.

Volviendo al caso, Mireia recogió todas sus cosas y luego se dirigieron hacia el palacio. El tiempo pasaba y pasaba, con la nueva princesa corriendo por palacio. La reina Lorena disimulaba y escondía pero que muy bien los celos, aunque el rey Miguel se los descubría por su modo de actuar y la princesa Mireia siempre iba con la mejor intención del mundo y hacía de aquellas descaradas indirectas frases sin sentido.
Una tarde muy triste, el rey cayó enfermo y, poco después, falleció. La única que lloró con sinceridad fue la princesa Mireia. Respecto a la herencia que había dejado el difunto, sólo se pudo beneficiar de ella Mireia, aunque no podía tocar aquella cantidad de dinero hasta que fuera mayor de edad, y ahora sólo tenía trece años.

Ahora la reina Lorena de lo único que se sentía triste era de que toda la vida que había vivido con el rey Miguel hubiera sido una farsa, y que hubiera sido en vano porque no había podido sacar ningún provecho.

Mucho tiempo después de la muerte del rey Miguel, la princesa Mireia ya tenía dieciséis años, y empezaba a fijarse en los jóvenes. Su único problema era que no conocía a muchos, porque en lugar de ir a un colegio de pago, tenía un profesor particular. Sólo podía ver a unos muchachos hijos de los amigos que venían a visitar a la reina, porque ésta le había prohibido que viera a sus compañeros de su antiguo colegio de pago.

Un día, alguien llamó a la puerta. A Mireia le extrañó ver a un joven de su edad o quizás mayor y, además, guapísimo. Venía a pedir la mano de la princesa, así que la reina Lorena aprovechó la ocasión para aceptar. Estuvieron hablando, conociéndose y eligieron fecha para la boda. Aunque fuera muy guapo, Mireia no estaba enamorada de él, pero se calló y no dijo ni una palabra, por miedo a su madrastra.

Todas las tardes, Mireia salía a dar una vuelta por el parque. Allí conoció a un joven llamado Héctor, y éste, cuando la conoció más, empezó a darle consejos para sus problemas. Hasta que un día, Héctor se le declaró y le confesó que sentía unos sentimientos muy extraños que no había sentido nunca por nadie, sólo por ella, y la Princesa le dijo lo mismo, porque era verdad. También dijo que lo mejor sería olvidarlo todo, porque ella tenía que casarse con el príncipe Cristian, pues aunque hasta entonces no estuviera muy enamorada de él, podría llegar a estarlo con el tiempo.

Llegó el día de la boda. Había miles y miles de invitados. Iban a empezar la ceremonia, cuando, de repente, asomó por la puerta la cabeza del joven Héctor, que no se había dado por vencido. Todos los invitados lo miraron extrañados. Ahora, a la princesa ya no le importaba nada, y confesó ante todos sus invitados: “No puede empezar esta ceremonia. Es más, no puede celebrarse porque yo no estoy enamorada de este príncipe, y lo siento de verdad.”

Estas fueron sus últimas palabras, porque luego abandonó la iglesia y se marchó con Héctor.
La princesa Mireia fue capaz de dejarlo absolutamente todo por aquel muchacho, a pesar de lo que dijera su madrastra, a la que sólo le importaba el dinero y lo que pensaran los demás.

Esperanza Jiménez Martín (2º de ESO)

 

 

Rosalinda y  Andrés


En la Edad Media, en aquel reino de Italia como en los de todos los países, había un rey y una reina. Tenían una hija a la que por su hermosura llamaban Rosalinda. Como todos los reyes de todos los países, también estos tenían criados, unos mayores y otros más jóvenes. Cuando Rosalinda cumplió los 19 años, la prometieron con el príncipe Carlos de Grecia. El muchacho príncipe no era muy feo, pero tenía sus defectos, como toda la gente. Rosalinda era de cabellos largos y dorados y ojos verdes. El príncipe Carlos, en cambio, era de cabellos castaños y ojos azules. Además de gustarle mucho a Rosalinda el piano, tenía una gran pasión por los caballos. Como ella nunca había tenido ninguno, sus padres, además de prometerla con el príncipe de Grecia, le regalaron un establo y cuatro caballos. Ella los eligió y les puso nombre a cada uno. Al que le tenía más cariño era una yegua marrón y con una larga mancha desde la frente hasta el hocico. También contrataron los reyes a un muchacho de la misma edad que Rosalinda para que la enseñara a montar a caballo, aunque ella ya sabía bastante. Fueron pasando los días y Rosalinda se olvidó de que estaba prometida, y se enamoró perdidamente de Andrés, el muchacho del establo, que así lo llamaba su padre, el rey. Ella le echaba miraditas, ésas que cuando estás enamorado echas alguna vez. A Andrés también le interesaba Rosalinda y, una noche, después de dar las clases de montar a caballo, le dijo Andrés a Rosalinda que si podía ir un momento al establo después de cambiarse. Rosalinda, estaba muy emocionada, porque a ella le gustaba Andrés. Después de cambiarse, hizo todo lo que le dijo Andrés. Fue al establo y, mientras lo esperaba, acariciaba a su yegua, su fiel Duquesa, que así se llamaba. Al fin llegó Andrés, puso unas velas encendidas y le dijo: “¿Me permite este baile?” Rosalinda sabía que corría un grave peligro si aceptaba, porque si su padre veía a Andrés, lo despediría, ya no lo vería más y, encima, a ella la mandaría a Francia a estudiar. Y corrió el riesgo. Aceptó. Se pusieron a bailar dulce y lentamente, mientras Rosalinda cantaba una canción de enamorados. ¡Qué bella voz que tenía Rosalinda! De repente, los labios de él se juntaron con los de ella. Los dos se demostraron su amor mediante un beso de puro enamorados. Rosalinda le pidió perdón y se marchó rápidamente a su habitación mientras pequeñas lágrimas se deslizaban por sus mejillas. Su madre la vio que iba llorando a su cuarto, la siguió, llamó a la puerta. Rosalinda, rápidamente, se secó las lágrimas de la cara y se hizo la dormida. Su madre entró a la habitación y no cerró la puerta. Se sentó en una silla que había al lado de la cama de Rosalinda, le acarició el pelo, se levantó sin hacer ruido, cerró la puerta y se sentó otra vez en la silla. Rosalinda creía que ya se había marchado y se puso a llorar. La madre la escuchó y le dijo: “Rosalinda, hija mía, ¿te pasa algo?”. “Mamá, te voy a contar algo muy secreto: me gusta el muchacho del establo. Además, nos hemos besado.” “¡Ah!”, suspiró la madre, “pero si estás prometida al príncipe de Grecia!”. “Mamá, no grites tanto que te oirá papá. ¿Tú quieres que yo sea feliz?”. “Yo, sí... pero ahora ¿qué le dirás al príncipe de Grecia?”. “Nada, unos meses antes de la boda le hablaré del amor que siento por Andrés”. “Bueno, esto creo que será un secreto entre las dos”. “Mamá...”. Rosalinda se echó en los brazos de su madre y lloró por amor tan fuerte como nunca había llorado. A la mañana siguiente, Rosalinda se levantó y fue directamente al establo a ver a Duquesa y... a alguien más.

Al atardecer eran las clases de montar. Cuando Rosalinda se marchaba, le dio la mano a Andrés y le dejó una nota en la que ponía en letras mayúsculas: “SI ME QUIERES O ME AMAS, QUEDO CONTIGO A LAS DIEZ EN EL ESTABLO.” Luego, a las nueve y media, se pusieron a cenar la reina, el rey, Rosalinda y Carlos. Carlos se fue después y Rosalinda, también. Ella llegó puntual a la cita; Andrés todavía no había llegado, llegó cinco minutos tarde.

—Siento haber llegado tarde —dijo Andrés.

—No pasa nada.

—Bueno, ¿qué? —dijo, impaciente, Andrés.

—Quiero demostrarte mi amor hacia ti —le dijo Rosalinda dulcemente—. Tú y yo tenemos muchas cosas en común. Nos gustan los caballos, tenemos la misma edad y somos los dos Aries.

—Ya —contestó—. Yo también quería demostrarte mi amor, pero no con palabras, sino con hechos reales.

Rosalinda se marchó y le dejó otra nota donde ponía lo mismo que la noche anterior. Pero en ésta añadió: “TE AMO”. Andrés se emocionó tanto, que se fue a su habitación de sirvientes saltando de alegría. Por la noche, a la misma hora, se vieron otra vez, y de nuevo Rosalinda se despidió con un beso y le dejó otra nota. Y así siguieron, hasta que una noche, el rey los pilló por sorpresa en el establo. El rey se llevó a su hija a su habitación y le pegó un par de tortazos. La dejó encerrada allí y, como castigo, decidió enviarla a estudiar a Francia (como había dicho ella). Estaría en Francia hasta que muriera el rey. Los dos enamorados se estuvieron escribiendo cartas hasta que murió el rey de un infarto. Rosalinda regresó a Italia por sorpresa. El rey había dejado la herencia a su única hija, quien se casó con Andrés, el muchacho del establo. Se casaron ellos dos, solos, en el establo. Contrataron a un cura y se entregaron los anillos que significaban que su amor duraría eternamente. La herencia fue el castillo de Italia y no sé cuántos millones. Andrés y Rosalinda vivieron felices y comieron perdices. Carlos se casó con otra princesa, la de España, que se llamaba Sofía. Andrés y Rosalinda tuvieron muchos hijos: Enrique, Julio y Verónica, y la reina, muchos nietos.

 

Jéssica Pulido (2º de ESO)

[Aquestes dues històries van estar publicades a la revista Sota el cel del Puig, núm. 2, febrer de 2001.]