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Meteoritos

Històries de ficció sobre meteorits, cometes i altres astres

 

Meteoritos

 

Una entrevista a Andrea Carusi[1]

 

Carusi, en esta entrevista de La Vanguardia, explica lo que son los meteoritos, asteroides. La mayoría de meteoritos  de nuestro sistema solar orbita entre Marte y Júpiter. Los hay de todos los tamaños, incluso de 500 a 1000 km de diámetro. Carusi dice que algún asteroide podría caer en la Tierra, pero que primero tendría que cruzar la órbita de Marte. Contra la Tierra impactan cada año millones de cuerpos muy pequeños, asteroides que cuando chocan con la atmósfera se hacen polvo. Y asteroides de un metro de diámetro cae uno al año, más o menos; de 10 m de diámetro, uno cada diez o quince años; de 50 m de diámetro, uno cada doscientos o trescientos años, etc.

Ha habido varias extinciones masivas de especies en la Tierra como consecuencia de la caída de meteoritos. Si cae un meteorito de 5 km de diámetro, caería en el océano y generaría olas gigantes, se hundirían las ciudades costeras, habría incendios… Desaparecería la civilización. Si se sabe que va a caer un asteroide con 30 años de antelación, se podría intentar desviarlo. El impacto último más grande que ha habido en la Tierra fue en 1908, en meteorito de 50 m de diámetro que cayó en Liberia…

Espero que no caiga ningún gran asteroide sobre la Tierra, porque moriría mucha gente. Aunque supongo que si algún día cae uno, será dentro de muchos años. Claro que, según dice Carusi, si se sabe que puede caer, se puede desviar, así que eso no me da miedo, ni tampoco imaginar lo que puede pasar, porque no creo que pase.

Judit Barrientos Solera (2º de ESO)

 

Miedo en el planeta Tierra

 

Era un día soleado de verano en el que la gente iba a la playa. Todo el mundo estaba tranquilo, ya que nadie sabía lo que iba a suceder al cabo de unas horas…

Un astrofísico llamado Carusi se había dado cuenta de que, inesperadamente, un meteorito se acercaba a la Tierra velozmente. Primeramente pensó que era un error del satélite que vigilaba el espacio, pero enseguida se dio cuenta de lo que realmente estaba pasando. ¡Un meteorito se acercaba a la Tierra a 500 km/h! Inmediatamente se avisó a todos los cuerpos de policía, bomberos y cadenas de televisión para que informaran del gran problema que estaba a punto de suceder.

El diámetro del meteorito era de unos 50 m. Y por las cadenas de televisión y por la radio se avisaba de que seguramente caería en Santa Coloma. Todos los ciudadanos de esta ciudad cogieron sus cosas y se marcharon de allí.

La gente estaba muy asustada. Los coches no se movían de la carretera. Muchas personas se dedicaban a robar en las tiendas, otros pensaban que escondiéndose en un parking iban a estar seguros.

Llegaba la hora en que se esperaba que chocase y todos estaban aturdidos y atentos para ver lo que pasaba. Pero la hora pasó, y pasó un día entero en que la gente seguía pasando miedo. Después Andrea Carusi afirmó que no iba a caer ningún meteorito. Todo había sido una falsa alarma… ¡y todo por su culpa! Lo metieron en la cárcel y lo condenaron a veinte años por haber engañado a los gobiernos y a todo el mundo. Él pidió perdón por su error y suplicó, pero no sirvió de nada.

Alba Calvo Lallave (2º de ESO)

 

Cielo rojo

 

Hoy, 24 de agosto de 2003, el cielo sigue con ese color rojizo que demuestra que detrás de esta enorme nube de escombros está el resplandeciente sol que meses antes nosa daba luz y calor.

Desde que cayó el Maximud, no he podido dormir más de tres horas seguidas. Ese horrible meteorito de 15 km de diámetro me ha arruinado la vida. Tenía una vida feliz con mis padres y mi hermana…

Ahora estoy aquí, en medio de la nada, una Santa Coloma llena de escombros. Nosotros, los maximitas, que es así como nos llamamos los supervivientes, vivimos gracias al milagro que nos ha salvado a cada uno. Yo me salvé gracias a estar en el Metro; allí, la onda expansiva no destrozó tanto como en la superficie, y allí es donde nos salvamos muchos de los maximitas.

Han pasado ya dos meses desde el impacto. Muchos se han salvado por la ayuda de Pablo, el médico maximita. Vivimos como en una tribu, no hay aquí electricidad y la comida se limita a la caza.

Mi papel en la tribu es aventurarme entre los escombros y sacar todo lo que nos puede ser útil, no es nada agradable. He visto demasiados cadáveres y casas hechas añicos, pero al menos no es un trabajo tan duro como el de desesperarse intentando encontrar algo para cazar. Desde que empecé mi tarea he podido recoger cosas muy útiles. Me dedico a coger principalmente utensilios de cocina, como cuchillos y otros útiles que nos sirvan para cazar o comer. Vivimos en el parque de Can Zam o, al menos, en lo que queda de él, ya que la fábrica de la Damm explotó y causó graves daños.

A medida que pasan los días, a todos nos da la terrible sensación de que nos cuesta más respirar. A las plantas no les llega la luz, tenemos siempre encendida la hoguera y las pilas de las dos linternas que tenemos se nos están acabando. Espero que alguien pueda leer esto, ya que significará que no se ha extinguido la raza humana, que hemos podido salir adelante, aunque lo veo difícil.

Hay rumores sobre una posible tribu en las afueras de Sant Andreu que vive en lo profundo de los túneles del metro. La próxima semana iremos a ver si vemos algún indicio de vida, ya que cuantos más seamos, más probabilidades tendremos de sobrevivir.

José Luis Álvarez Culebras (2º de ESO)

El cometa Halley

 

Los cometas de corto periodo, como el Encke o el Halley, orbitan alrededor del So en menos de 200 años y se mueven entre los planetas. Todo cometa emite dos colas cuando se aproxima al Sol, una ionica, recta (azul) y otra de polvo, curvada (amarilla).

Edmond Halley descubrió en 1705 que había un cometa que regresaba cada 75 años. Cuando el cometa regresó después de la muerte de Halley, según lo predicho, se le asignó el nombre del astrónomo. La última visita de este cometa sucedió en 1986 y la siguiente se prevé para el 2061— recitaba innumerables veces la profesora de Astronomía. En ese momento, la señal de que acababan las clases sonaba ruidosamente. Recogí la libreta, las diapositivas y las fichas sobre el cometa, lo metí todo en la cartera y me dirigí a la biblioteca, a una charla del más destacado profesor de Astrofísica del 2060. Aquella charla fue más aburrida que los discuros políticos. La diferencia era que la charla no era inventada como estos.

Mi compañera de tesis, Carla, vino para sacarme de aquel infierno. Teníamos que preparar los exámenes de graduación. Si los aprobábmos, conseguiríamos el título en Astrofísica. Si acababa la carrera, yo tenía un puesto aseguro en uno de los más importantes planetarios y laboratorios especializados en bóvedas y en otras muchas cosas de las que no me aclaro ni yo con los nombres. Cuando tenía 20 años, con un trabajo gané el Premio Nacional con un estudio sobre el cometa Halley, y esperaba ansiosamente la llegada de ese cometa en menos de un año. Mi nombre ya era algunas veces oído en los pasillos de la universidad, había sido protagonista de algunas entrevistas y me gustaba ver citado mi nombre, Laura Comella, estudiante de Astronomía, antes incluso de haber acabado la carrera.

Cinco meses después ya era licenciada en Astrofísica y sólo faltaban seis meses para la llegada del cometa. Me dirigí hacia mi trabajo en el planetario más famoso de Europa, en Atenas. Sus instalaciones eran las más modernas del mundo. Trabajaba día sí, día también, pero me gustaba hablar con la gente y entender lo que decían.

Pasaban los meses y, un día, me quedé en el observatorio contemplando las constelaciones y aquella infinidad. Me preguntaba dónde acababa el espacio y si acababa, ¿cómo acababa?, ¿qué había allí?, ¿una pared? O algo, pero ese algo, donde acabara… Dejé de decir cosas con sentido, pero sin respuesta, y seguí contemplando aquel cielo. Giré el telescopio, 45º se veía de lejos aquel punto brillante, aumenté la lente, en menos de 15 días lo vería en el cielo de este diminuto e insignificante planeta. Algo extraño le había pasado al cometa Halley durante esos 75 años, algo le había sucedido. Hice mis cálculos e investigaciones. Aquella noche no dormí, pero al fin descubrí que uno de esos pequeños asteroides había colisionado contra el Halley y había producido un cambio pequeño en su trayectoria, en su núcleo y en su tamaño. No me preocupaban su núcleo ni su tamaño; me preocupaba su trayectoria.

Volví a mis estudios, comprobé la temperatura, la distancia a la que pasaría de la Tierra, 2000 km, aproximadamente la distancia de Barcelona a Dinamarca. Aparentemente, una distancia muy lejana en términos ordinarios, pero teniendo en cuenta el peso y el centro de gravedad, el inofensivo Halley colisionaría contra la Tierra en 15 días. Pasé la nota a mis colegas. Cinco días después llegaron a la conclusión de que aun con tanta tecnología éramos primitivos. Nuestros misiles no perforarían ni un centímetro del hielo y el metal que lo componían. Sólo se podía esperar un milagro. Después de todo, en 75 años que habían pasado, ¿qué esperaban? ¿que siguiese igual? Más valdría ponerle un guardaespaldas. Pretendía ser sarcástica, pero de algo estaba segura: que vería al cometa tan cerca como lo había deseado cuando lo estudiaba, o en mi infancia.

Llegó el esperdo y atemorizado día. Deseado durante muchos años, pero ahora esperábamos que pasase rápido, como una estrella fugaz.

Sin miedo, me senté en casa. Aquel edificio de Atenas era muy alto. Esperaba oír sonidos de ambulancias, coches, atascos, gente gritando de desesperación… Pero Atenas era una ciudad fantasma. No se escuchaba ni el viento. Era un silencio aterrador. Me senté en la ventana contemplando las montañas del fondo. El cielo y la ciudad vivían sus últimos minutos de sol. Mientras el cielo se oscurecía por el meteorito que se acercaba lentamente, no creía que diría esto algún día, pero el panorama era precioso. El cometa brillaba por el hielo y el metal. Parecían diamantes. Y lo seguía una innumerable nube de piedras que, al tocar la atmósfera, hacían de estrellas fugaces. Era como una gran lluvia de millones de estrellas alrededor de una reina. Ahora pensé que si moría, quería morir contemplando aquella belleza que me hacía llorar. Era precioso. Lo contemplé durante más de media hora. El único susto que me llevé fue cuando una piedra que había traspasado la atmósfera colisionó en la montaña. Ver caer aquello era precioso. Era como una piedra cayendo a mucha velocidad en llamas. Todo aquello era como una predicción de Nostradamus, como un cuadro del pintor más sentimental y sádico del mundo. Al fin escuché un ruido y cerré los ojos. Sabía lo que era. Había caído el Halley. Miré a la ventana. Sabía lo que era aquel silencio. Lo había estudiado. El cometa había caído sobre el agua del océano Atlántico a juzgar por la trayectoria que seguía. Me di la vuelta y confirmé mi predicción. ¡El Paraíso sería lo último que vería! Aunque el paisaje seguía siendo maravilloso, una gran ola que se hacía cada vez más grande —mi vista no alcanzaba su altura. Los fenómenos climáticos empezaron a notarse. La Antártica ahora parecería el Ecuador. Pronto empezaría el deshielo. El famoso clima del Mediterráneo se convertiría en el de Groenlandia. Me quedaban pocos segundos de aire. La ola rompería ante mis narices… Pero, ¡qué ruido tan extraño!

—¡El despertador!

Sigo en el 2003, viva, aunque moriré al hacer el examen que tenía a primera hora de la mañana, preferiría seguir viendo aquella imagen tan bella del cometa.

Celeste Muñoz Martínez (2º de ESO)

 

Apocalipsis

 

Año 2005, 17 de febrero. En el observatorio de Barcelona han avistado un asteroide que se dirige a la Tierra. Se enciende la alerta roja, evacuación inmediata de toda la población mundial. Lugar elegido para la evacuación: la Luna. Mientras las grandes potencias mundiales planean una forma de eliminar el asteroide, España y Francia piensan en desviarlo de su órbita mediante un misil capaz de variarla unos milímetros, que sería una distancia lo suficientemente grande como para que no impactara contra la Tierra. En cambio, Japón y Estdos Unidos apuestan por destruirlo completamente para evitar posibles fallos atravesándolo con un misil que contenga el poder de destrucción de varias bombas de Hiroshima. Los demás países deben votar por la idea que más les guste o que crean que tienen más posibilidades de dar resultado. Mientras la gente intenta evacuar la Tierra montándose en cohetes preparados para la ocasión, las potencias mundiales deciden optar por la propuesta de Japón y Estados Unidos.

Durante dos meses tratan de construir el misil capaz de destruir el asteroide. El 24 de abril de 2005 lanzan el cohete sin resultados satisfactorios. El día del juicio final se avecina y nadie puede evitarlo. Al cabo de 15 días, la Tierra fue destruida por un asteroide que, antes del impacto, había sido bautizado como El Jinete.

Sergio Urbano (2º de ESO)



[1] Andrea Carusi, astrofísic italià expert en meteorits, va ser entrevistat a La Vanguardia el passat 3 de juny. Els alumnes de 2n van llegir-la i van escriure’n una sèrie de textos.

[Aquests escrits van estar publicats a la revista Sota el cel del Puig, núm. 15, juny de 2003.]