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Nuevas versiones de "El gorrión y el prisionero"

Noves versions d'un relat inacabat de Miguel Hernández

Nuevas versiones de "El gorrión y el prisionero"

Cinco versiones de un cuento inacabado de Miguel Hernández
Los gorriones son los niños del aire, la chiquillería de los arrabales, plazas y plazuelas del espacio. [...] Ave de decisión, gorrión bueno, mejor entre los mejores, era Pío-Pa. [...] Fue a detenerse en un agujero de un muro denso de piedra. [...] Consiguió Pío-Pa ver al hombre. [...] Continuó el preso: [...] Sólo una mujer pudiera salvarme, pero su casa está lejos de aquí. [...] Adivinó el hombre con asombro que el ave le comprendía, y no se hubiera asombrado si supiera que un gorrión rodado sabe más que una rata de cárcel. Se proveyó al instante de lápiz y papel, que tenía consigo, y escribió de prisa unas cortas letras. En seguida buscó algo con que atar el papel, y hubo de desgarrar la tela de su camisa, y con un girón de la misma anudó el papel al cuello de Pío-Pa, que no cesaba de insistir en su pío, pío, pío. [...] Avanza y avanza. Hasta que se siente rendido y en la necesidad de tomarse una tregua. Entonces, desciende y se detiene sobre un árbol para cobrar nuevos bríos. Fragmentos de un cuento inacabado de Miguel Hernández.


El gorrión y el prisionero (1)

Tras un largo viaje, Pío-Pa llega a Orihuela, y se posa en un frondoso olivo al lado del río. Desde allí observa cómo lavan la ropa las mujeres, entre ellas, la esposa del preso con su hijo a las espaldas. Frota los trapos con brío y rabia. Y de la rabia o de la pena, sus ojos se llenan de lágrimas y no es capaz de seguir. Las demás mujeres la animan: “Pronto vendrá, ¡ya lo verás!”, pero, en lo más profundo de su alma ella sabe que no va a ser así. Pío-Pa, gorrión bueno, mejor entre los mejores, es capaz de leer el alma de aquella pobre mujer como si estuviera reflejada en el río. La sobrevuela de camino a su modesta casa. El gorrión oye un tiro y siente de repente una quemazón y un dolor insoportable en su ala derecha, esto le hace perder la conciencia y cae en picado justo en las manos de la asustada Josefina, mujer del prisionero. Los guardias avanzan hacia ella, y ésta, al ver en el cuello de Pío-Pa un trozo de la camisa de su marido, lo esconde tras su espalda.
—Buenos días, señores —sonríe nerviosa.
—Buenos días —saluda uno de ellos—. ¿Es suyo ese gorrión?
—Sí, señor.
—¿Sería tan amable de mostrármelo?
—Pero... Es que está malherido y si no lo curo rápido...
—¡He dicho que me lo muestre!
Josefina aproxima lentamente a Pío-Pa a las manos del guardia. Éste, sin ningún cuidado, le arranca la nota que lleva en el pecho.
—¡Espere! Es algo muy privado —le detiene la mujer.
—Para la guardia civil no hay secretos.
El hombre abre la nota y la lee detenidamente.
—¿Un poema de amor?¿Dónde está la trampa?
—En ningún lado señor, es que mi marido trabaja en el pueblo de al lado y escribe unos poemas en sus ratos libres que me envía mediante este gorrión.
El guardia la mira y, convencido, le devuelve la nota.
—No es buen momento para pasarse notas  voladoras, pueden ser malinterpretadas y provocar malentendidos.
—No se preocupe, caballero, no volverá a ocurrir.
Los dos guardias se alejan y Josefina entra corriendo en la casa, para curar la herida de Pío-pa. Le venda el extremo de su diminuta ala, lo envuelve en un trapo y se lo entrega a su hijo para que le dé calor entre sus brazos.
Ella se sienta en una silla y saca la nota que consiguió intercambiar por el primer poema que le había escrito su marido, el que siempre lleva en el bolsillo de su delantal.
Sus ojos se vuelven a llenar de lágrimas cuando reconoce la fluida letra del prisionero en aquellas líneas. La carta dice así:

¡Oh! Josefina de mis amores, confío en que esta carta llegue virgen a tus manos, así como confío en el fiel gorrión Pío-Pa.
No sabes lo que me duele tu ausencia y la de nuestro hijo. Me lo imagino feliz, atrapando mariposas entre los matorrales, viviendo su niñez, ajeno al mundo exterior.  Seré sincero, amada mía: no me queda mucha vida. Me muero, Josefina, me muero de pena y de soledad. Ojalá pudiera consumir mis días contemplando por úlima vez tu sereno rostro, o el cuerpo cambiante de nuestro hijo mientras crece. Pero no va a ser así, y nadie lo puede remediar.
Sólo me gustaría pedirte un último favor: cuida de nuestro pequeño. Enséñale a leer, a escribir, a conocer el mundo. No le envíes a trabajar, ni al ejército para que lo conviertan en un animal. Instrúyele, para que el día de mañana pueda ser un hombre de provecho que honre su apellido.
Y ahora, mujer, continúa tu vida, ¡enamórate!
No sufras por mí, estaré bien.
Libera a Pío-Pa pues sus ojos son los míos, su corazón mi corazón y en su alma y en sus alas, reside mi libertad.

Josefina besa con suma ternura a Pío-Pa, y así, gorrión y prisionero echan a volar, con la esperanza de, algún día, encontrar la libertad.

Noelia Lorenzo (4º ESO)


El gorrión y el prisionero (2)

Mientras la enfermedad, que le estaba quitando la vida ferozmente al preso en la penumbra de aquel calabozo de esa cárcel, le atacaba constantemente, haciendo que su corazón a duras penas latiera,  no dejaba de mirar al horizonte  a través de los tétricos barrotes. Mientras su único halo de esperanza volaba y volaba incesantemente, dos lágrimas corrieron por las pálidas mejillas del hombre mientras le hablaba a la triste soledad:
—Vuela, amigo, vuela, tú que por suerte puedes hacerlo. Haz que mi vida cobre el sentido que merece y que yo después de muerto, pueda descansar en paz—. En ese momento el pobre preso se desplomó sobre el frío suelo.
En ese preciso momento, el pobre Pío-Pa era atacado por una lluvia de grandes rayos que no cesaban de intentar arrebatarle su vida y el gran mandato de llevar esas palabras a la amada de su desdichado amigo.
Era invierno y un manto de nieve cubría todo lo que se veía  a los alrededores, pese al frío, la terrible tormenta y la helada nieve, el pequeño gorrión no cesó en su vuelo. El penetrante frío acechaba a todo su pequeño cuerpo y hacía que su vuelo disminuyera rápidamente pero a pesar de todo eso seguía y seguía…De pronto un águila rapaz atacó al pequeño gorrión, arrancándole una de sus minúsculas patitas y haciéndole caer en picado hacia el blanco suelo. El pobre pajarito no pudo volver a alzar el vuelo ya que perdió el conocimiento mientras se desangraba lentamente. El precioso plumaje color oro del indefenso pajarito se petrificó con el penetrante frío. Al cabo de un rato, un chiquillo de cara redondita, y mejillas rosadas lo cogió en sus manitas y lo tapó con su pañuelo. El muchachito, acompañado de su madre, acogió al pajarillo de regreso a casa. Una vez en ella, lo acercaron al fuego de la chimenea, lo acomodaron dándole comida y sanándole las heridas y haciendo una especie de vendaje en donde debía estar su delicada patita. No pasó una hora cuando Pío-Pa demostró tener aún, una voluntad de oro, al levantarse como pudo mientras sus salvadores dormían. Con mucha dificultad, Pío-pa arrancó una ramita de olivo del árbol que yacía a la entrada de la pequeña casa y la puso en la almohada del niño para agradecer todo lo que habían hecho por él. Mientras con una sonrisa en la cara, descansaba en un profundo sueño que no lo despertaría posiblemente hasta la mañana siguiente.
A duras penas, Pío-Pa echó a volar dificultosamente por el frío cielo. Por suerte, ya no llovía simplemente, hacía un frío que quebraba cualquier hueso, pero aun así siguió…
Mientras tanto, el preso ya yacía en su cama de piedra, respirando con mucha dificultad, con una tos que daba miedo de oírla y su cara tan pálida como el mármol, hacía que ni los mismos carceleros que le vigilaban día y noche se acercaran a al ni para darle la comida. Le quedaba poco, muy poco para poder pasar a una vida mucho mejor, para tener una tranquilidad eterna, donde no habrá injusticias de la vida, ni gente pasando hambre en las calles y mucho menos muertes de gente que no merecen encontrar la muerte tan pronto. Todo eso, en poco, acabaría.
Al mismo tiempo, el valiente gorrión se había acercado mucho a su destino, aunque a duras penas. Ya no era de color oro, ni poseía todos sus  miembros que hacia lo que fuera desequilibrando constantemente.
Era una mañana invernal en la que tras la fría noche, los rayos del sol le reconfortaban bastante y hacía que todo su cuerpo cogiera fuerzas, pero aun así no podía más…
—Un poco más, un poco más, por favor.- repetía el preso en su cabeza al unísono de los acontecimientos del pajarillo.
Pío-Pa no pudo más, sus alitas no dieron mas de sí y se desplomó, de la misma manera que horas antes le pasó al preso en aquella horrible y fría cárcel de Madrid.
Despertó en el regazo de una bella mujer, de delicadas manos, tez suave y blanca, unos grandes bucles morenos que a penas le rozaban los hombros y unos ojos que le brillaban a la luz del sol.
La mujer, extrañada,  advirtió que en el cuello había una especie de papelito bien guardado. No sin curiosidad lo quitó con cuidado del cuello del moribundo pajarillo que yacía sobre su reconfortante regazo a la luz de los rayos calientes del sol. Reconoció fácilmente la letra en aquel trocito de papel, que momentos después leyó en voz alta:

Sobre los ataúdes feroces en acecho, sobre los mismos muertos sin remedio y sin fosa, te quiero, y te quisiera besar con todo el pecho hasta en el polvo, esposa.
Siempre tuyo, Miguel Hernández

La mujer comprendió tristemente, y se echó a llorar mientras acariciaba el poco plumaje que cubría al pobre pajarito. Esas caricias de agradecimiento y que tanto deseaba dar a su amado.
Pío-Pa, complacido, entendió por todo lo que había pasado. Su destino había llegado a su final, delicadamente, tanto el pobre preso como el valiente pajarito fueron cerrando los ojos encontrando la paz eterna, pudieron descansar por fin.
Lorena Morales Barroso (4º de ESO)

El gorrión y el prisionero (3)

...Entonces, el gorrión reemprende su vuelo hacia el lugar indicado para entregar este mensaje. Pío-Pa, que no sabe hacia dónde ir, se decanta por escuchar a su instinto para que le guíe, el cual le dice que Orihuela es el lugar indicado para entregar la nota, porque recuerda que de hombre ese era del que más se había hablado en todo el mes de la cosecha. No sabe en qué dirección está esa ciudad. Así que le pregunta a su maestro Pioleo-Piolei qué viento debía coger para llegar al destino.
Al llegar a la casa de su maestro, le explica su misión y éste decide acompañarlo, porque ése fue el  lugar de su niñez y lo recuerda perfectamente. Para evitar riesgos innecesarios, deciden salir al alba. Transcurrido este tiempo, salen hacia Orihuela.
Dos meses después de ese día,  llegan a dicha ciudad, pero ya no es lo que era. Donde antes había campos inmensos de trigo, ahora hay postes muy largos con cables a su alrededor; donde había humanos pequeños, ahora hay trastos con ruedas moviéndose en el lugar donde jugaban. Así hasta una infinidad de diferencias.
Pío-Pa se da cuenta del semblante serio de Piolei y suspira. Deciden seguir buscando, hasta que encuentran a una mujer pensativa en el alféizar de una ventana, por lo cual sospechan que pueda ser ella.  Aterrizan en esa ventana, dejan caer la nota y, al observar que la sensación de la mujer es la correcta, deciden intentar comunicarse con ella. Ante el asombro de la mujer, acuerdan viajar donde Pío-Pa recogió la nota y hablar con el misterioso autor.
Cuando llegan, un hombre con gorra les dice que este hombre ha muerto de tuberculosis estando en ese recinto, para desgracia de esta mujer, que rompió a llorar y se fue en un trasto amarillo hacia Orihuela.
Pío-Pa y Piolei deciden separarse y continuar con su vida, uno por cada lado, prometiéndose que esto quedará entre ellos dos.
Marc García García  (4º de ESO)

El gorrión y el prisionero (4)

,Al volver a emprender el vuelo, se le enganchó un trozo de tela en una rama del árbol. Pío-Pa estiró con todas sus fuerzas para quedar libre hasta que el trozo de la tela se rompió y el gorrión pudo escapar. Pero al romperse la tela, el papel ya no estaba sujeto y había caído en el bosque. Bajó hasta el suelo y empezó a buscar rama por rama pero no lo encontró. Cuando empezó a anochecer, Pío-Pa se encontró con un grupo de loros verdes y azules. Les pidió ayuda para encontrar el trozo de papel pero los loros se mostraron egoístas. El gorrión no se dio por vencido y les dijo a los loros:
—Si vosotros adivináis la adivinanza os dejaré en paz. De lo contrario, me tendréis que ayudar a buscar el papel.
Los loros eran muy presumidos y aceptaron el reto. Cuando el gorrión les dijo la adivinanza, nadie la adivinó. Como habían hecho ese trato, lo ayudaron durante toda la noche, a buscar el papel hasta que por fin lo hallaron en la copa de un árbol. Pío-Pa reemprendió el vuelo y continuó su largo viaje. Al cabo de cinco días, después de mucho esfuerzo, llegó a la ciudad que el hombre le había indicado. Paró a comer y descansar junto a las palomas cuando, de repente, un gato lo cogió. El gorrión escapó a tiempo y el gato devoró el trozo de papel. El pobre no sabía qué hacer pero se le ocurrió una idea. Entró por la ventana de la casa en la que vivía la mujer y la encontró sentada en su escritorio. El gorrión cogió un bolígrafo con sus pequeñas patas y escribió en una hoja el mensaje que iba destinado a ella. La mujer quedó sorprendida de la habilidad de Pío-Pa. Al leer la nota, se dio cuenta de por qué había escrito eso. Gracias al gorrión, la mujer pudo salva al prisionero y el hombre quedó libre.
Como Pío-Pa había descubierto que podía escribir, practicó y practicó hasta que consiguió ser un gorrión escritor conocido por todos los pájaros del mundo.
Mireia Colàs Ortiz (1º A)

El gorrión y el prisionero (5)
...En aquel momento pasaba por allí un muchacho que vio a Pío-Pa, lo cogió y se lo llevó a su casa para tenerlo como mascota. Al llegar a su casa, el niño lo metió en una jaula muy grande que había en el comedor, y fue a llamar a su madre para que viese lo que había traído. De mientras Pío-Pa miró hacia la ventana y vio a la mujer que buscaba el prisionero, quiso salir, pero no pudo y se quedó varios días contemplando la familia de su amo. Como pasaron muchos días y no apareció ni Pío-Pa ni la mujer a la que fue a buscar, el prisionero empezó a preocuparse y se puso a pensar un plan para poder escapar de la prisión. Por la noche el prisionero dio a luz el plan que pensó, que consistía en distraer a los guardias para ir a buscar armas y poder salir de la prisión con un poco de protección. Mientras tanto el gorrión Pío-Pa seguía encerrado, pero al ver que la jaula no estaba bien cerrada la abrió con el pico y las patas, y se fue a por la mujer. El prisionero empezó su plan, le salió todo muy bien menos la parte de la fuga, que como una cámara lo pillo fugándose los policías lo atraparon y como no hizo caso lo mataron. Cuando Pío-Pa consiguió llamar la atención de la mujer, la llevó hasta la cárcel para salvar al prisionero, al llegar la mujer pidió hablar con el prisionero, un señor que trabajaba allí le dijo que estaba muerto, y la mujer se puso a llorar y cogió al señor por el cuello como una loca. Como estuvo a punto de matar al señor la metieron en la cárcel, como al prisionero.

Claudia Prieto Ribera (1º de ESO)

 

[Aquestes versions del relat inacabat de Miguel Hernández van estar publicades al número 34 de la revista Sota el cel del Puig, desembre de 2010.]