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Tres relatos

Tres històries fantàstiques

 

Tres  relatos

 

Los nombres de  las cosas

Aún me acuerdo de aquel día en que, sentados en la mesa para comer, mi abuelo empezó a cambiarle el nombre a los objetos de casa y de la calle, parecía que estaba jugando a las palabras, pero no, por desgracia, no era así.

Todo empezó en el momento en que íbamos a empezar a comer; sólo faltaba poner la mesa y mi abuelo se prestó voluntario, pero de una manera un tanto extraña, y dijo: “Voy a poner los cubiertos al cuadro”. En ese mismo momento todos nos miramos, mientras mi abuelo tartamudeaba diciendo que la programación del parchís estaba muy mal y que la lavadora que cambiaba de canal el parchís se había roto. Mi madre no le dio importancia porque decía que era el colesterol, y mi padre, que era la edad. Fuera lo que fuera, yo no tenía tiempo para decidirlo porque estaba ocupada riéndome y escuchando lo que decía porque, la verdad, tantas tonterías de golpe no eran de esperar. Dijo que se iba a poner a escuchar música en la lámpara y que nos iba a grabar con su nuevo microondas.

Después de escuchar un buen rato, me empecé a preocupar; llamaba a la enciclopedia radio, y escáner al reloj. Le di una taza de té caliente y lo recosté en la cama. Cuando sonó el teléfono, la voz del abuelo hizo patente mi risa, pues me dijo que cogiera rápidamente la farola y que si era para él dijera que se estaba dando un baño caliente en el congelador. Rápidamente cogí el teléfono, la llamada era para el abuelo y contesté diciendo que se estaba dando un baño caliente en el congelador. Colgué, me fui a la habitación de mi abuelo y le dije que desde mi enciclopedia había unas vistas estupendas de la sauna del vecino. En realidad yo me refería a la piscina pero, bueno, entonces comprendí que mi abuelo ni se hacía viejo ni tenía colesterol; simplemente estaba jugando.

Celeste Muñoz Martínez (1º de ESO)

 

 

Los secartinodes

[Aquest text forma part del Planetario I, dels alumnes de 1r A, col·lecció Els Llibres del Puig, número 5. Santa Coloma, febrer de 2002.]

Hay muchas clases de selenitas, pero los secartinodes figuran entre los más raros. Se calcula que en toda la Luna sólo hay unos cien ejemplares de esta especie depredadora. Tardan mucho en reproducirse y viven poco tiempo, por eso se están extinguiendo. Viven en los cráteres, donde encuentran alimento en abundancia. Se alimentan de sicurchs en estado de larva. Son altos, los más grandes pueden medir hasta dos metros. Su peso es considerable, pesan unos 200 kg aproximadamente. Su cuerpo está dividido en dos partes casi iguales. En la parte delantera tienen una extremidad con una especie de huesos afilados que salen hacia arriba (esta extremidad, por la parte de abajo, les sirve para desplazarse por el suelo como un balancín).  Encima tienen una especie de cabeza. Esa cabeza consta de dos partes, la primera está situada en cada uno de los lados y gracias a ella los secartinodes pueden captar la luz y ver como si fueran sus ojos. Este órgano es negro y se llama lumus. La segunda parte es un orificio situado justo encima de la cabeza; por ahí entra su alimento, es decir, es su boca. Tienen lengua, una lengua cubierta de placas de hueso (luego explicaré para qué les sirven esos huesos).

La parte trasera de un secartinode consta de dos miembros. Una es una extremidad que se encuentra a ras del suelo. Tiene forma de pala y sirve para arrastrar los excrementos que salen de un orificio situado justo encima. La segunda parte consta de un orificio que expulsa aire y de cuatro cuerdas (dos a cada lado) que vibran produciendo sonidos con los que pueden comunicarse con otros seres de su misma especie (es un órgano muy parecido a nuestras cuerdas vocales, hecho de piel y músculo). Esas cuerdas están situadas, en parte, en una cola con forma de hoja. Su manera de cazar es curiosa. Los sicurchs son como las moscas de la Tierra: se alimentan de excrementos de otros animales. Los secartinodes se aprovechan de eso para tenderles trampas. Como ya he explicado antes, tienen una placa que arrastra sus excrementos. Los sicurchs no pueden resistirse a ella y cuando un sicurch está cerca, el secartinode lo pincha con los aguijones situados en la extremidad de la parte delantera. Una vez muerto, el sicurch cae al suelo y el secartinode lo aplasta con la parte central de su cuerpo, donde tiene unos orificios alargados por donde sale un ácido digestivo que digiere el alimento (tienen digestión externa). Una vez que el sicurch está digerido, el secartinode lo vuelve a pinchar con la extremidad delantera. Entre el cuerpo y la cabeza hay un gran cuello sin huesos. El secartinode retuerce la cabeza y el cuello y sitúa su boca hacia abajo. Con la lengua atrae el alimento a la boca. El ácido que segregan las ranuras de su cuerpo es muy corrosivo y su lengua requiere estar cubierta de huesos para resistirla. El alimento pasa por un tubo hasta una ramificación; una parte del alimento es utilizada para alimentar al secartinode y la otra para su hijo, que se forma en una bolsa cerca del aparato excretor. Los secartinodes son hermafroditas. Suelen vivir unos treinta años. A partir de los ocho empiezan a formar a su hijo y desde entonces deben comer el doble de lo normal. La mayoría de las crías secartinodes nacen cuando su progenitor tiene unos veintiocho años, por eso muchos mueren antes de tener hijos.

Los recién nacidos son expulsados del cuerpo de su progenitor por el orificio excretor y son recogidos por la extremidad con la placa con la que arrastra los excrementos. Los recién nacidos se alimentan de lo que cazan sus padres; su color es rojizo, por lo que se distinguen fácilmente en un entorno gris como el de la Luna. Cuando crecen, se vuelven grises y consiguen engañar a sus presas, que no son ciegas. Para cambiar de color el pequeño secartinode necesita mucho alimento, y cuando su padre muere, él se lo come y cambia de color a los pocos meses.

Francisco Cruz Illán (1º de ESO)

 

 

El paraíso

Era jueves, día de trabajo, pero aún no había sonado el despertador y yo ya no tenía sueño. Aun sin abrir los ojos, tuve un raro presentimiento. Al abrirlos, me encontré de repente en un lugar desconocido para mí. Estaba en una especie de nave o, quizá, en un castillo, no lo podía decir con seguridad porque tenía la impresión de que cambiaba de forma continuamente. Quizás fuera una inmensa nube en medio del cielo. No podía distinguir muy bien, desde la gran ventana de esa hermosa habitación el lugar en que estaba. La luz, aun estando dentro de la habitación, parecía atravesar las paredes y entrar desde todos lados para iluminar la apacible estancia. Abrí la puerta de madera y salí fuera.

Noté que pesaba menos y me costaba mucho menos caminar. Era como si no existiera casi gravedad en aquel lugar y tenía la impresión de estar casi flotando. Las nubes pasaban alrededor del pasillo donde estaba ahora. Era un camino de piedra al aire libre. Vi a gente, todos tenían un rostro un poco pálido y eran medio transparentes. Intenté hablar con ellos, pero creo que no me escuchaban, quizá ni siquiera me veían. Finalmente, llegué a una puerta que había aparecido de repente en mi camino. Entré sin saber por qué. Vi entonces una especie de sala inmensa, con una gran mesa circular en el centro que rodeaban unas veinte sillas. En una esquina una chimenea pequeña en la que ardían unos troncos. En un sofá estaba sentada una señora, también de cara pálida. Me miró y me hizo una seña para que me sentara. Fui a su lado y le pregunté dónde estábamos. Me dijo que era el país de los sueños, donde va la gente cuando muere. Me sobresalté y quise salir corriendo de aquel lugar tan bonito. Ella me dijo que yo no había muerto sino que estaba allí porque alguien quería verme.

De repente se abrió una puerta que yo antes no había visto. Apareció otra señora de cabellos largos y rubios. Aquella mujer se parecía mucho a mi propia mujer. Se acercó a mí y pronunció mi nombre con dulzura. Entonces supe que era ella, aunque fuera imposible, ya que había muerto tres meses antes. La toqué. Sentí una extraña sensación, como si un calor me recorriera. Entonces aquella casa se fue convirtiendo en un sitio más conocido para mí. Ahora estábamos en lo que parecía nuestra casa. La otra mujer había desaparecido, pero aquella luz resplandeciente aún seguía en el ambiente.

Estuvimos hablando largo rato. Le expliqué a mi mujer lo que había pasado todo ese tiempo, cómo estaban sus padres y nuestros hijos. Ella me contó cosas de aquel extraño país donde la gente se divertía y jugaba. Me dio nuestro anillo de boda, que llevaba puesto y que era lo único que parecía verdaderamente sólido en aquel lugar. Me lo puso en la mano y me dijo que daría suerte. Los armarios, las sillas, hasta el suelo... todo parecía borroso y transparente. Pasó el tiempo muy rápido y pronto empezó a oscurecer. El resplandor se fue apagando, pero ella, en cambio, parecía desprender luz propia. En aquel momento dijo que debíamos volver, y el paisaje empezó a cambiar de nuevo.

Ahora nos encontrábamos en la casa otra vez. La señora de antes seguía allí, pero ahora había también un niño pequeño que jugaba con una criatura blanca y extraña parecida a un dragón quizás. También había un hombre con una capa azul, estaba alimentando el fuego. Todos ellos parecían tener luz propia en aquel lugar, ahora oscuro. Volví con mi mujer hasta la habitación donde me había despertado, pero esta vez fuimos por otro camino. Las piedras se transformaron en tierra y, alrededor, aparecieron árboles y montañas a lo lejos. Al llegar a mi habitación, mi mujer se despidió de mí dándome un beso. Me fui hacia la cama y me tumbé sin ganas de dormir. No quería dormir porque si me dormía nunca la volvería a ver y nunca volvería a ese lugar. Intenté no dormir por miedo a desaparecer de ese paraíso y no volverla a ver nunca más. Pero los ojos se me fueron cerrando.

Sonó el despertador. Me levanto sobresaltado. Desilusionado, descubro que es jueves y que, por desgracia, estoy en la tierra. Pensé que todo aquello sólo había sido un sueño. Empecé a vestirme con desgana. Al lavarme la cara, vi que llevaba puesto un anillo en el dedo...

Dídac Montero (3º de ESO)

[Aquests relats van estar publicats a la revista Sota el cel del Puig, núm. 7, març de 2002.]