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El sentimiento de vacío en las tardes de domingo

Un text d'assaig sobre l'estat d'ànim propi de les tardes del diumenge

El sentimiento de vacío en las tardes de domingo

El domingo es un día muy controvertido. Para los que profesan una creencia cristiana es el día de culto al Señor, día que según nos cuenta la Biblia Dios se tomó de descanso después de la creación de todo cuanto conocemos. Para muchos otros que se reconocen ateos, agnósticos u partícipes de otras religiones los fines de semana se les presentan como perfecta ocasión para desconectar de la semana laborable. Pese a eso, el domingo no deja a nadie indiferente. Para algunos es el día prefijado para quedar con su pareja e ir a pasear. Los hay también de abatidos, que se lamentan durante las 24 horas de la inexorable llegada del lunes.

Todos los anteriores guardan una característica en común: la inconsciente rutina que les hace vivir incluso su tiempo libre cíclicamente. Sin embargo me atrevería a afirmar que hay un colectivo, muy receloso de su intimidad, el cual siente un gran vacío en su interior las tardes de domingo. ¿Y por qué las tardes? Pues porque las mañanas suelen emplearse para dormir o hacer alguna tarea doméstica pendiente… y con el solo hecho de estas dos actividades ya pasa volando. Pensemos que a las 13h ya decimos “la una de la tarde”.

Resulta extraño explicar ese momento de vacío interior. Es un momento de color blanco en el que puedes pintar todo aquello que más deseas. El tiempo deja de tener importancia porque lo único a tener en cuenta eres tú mismo, cosa que ya es complicada de por sí. No debes ir  a ningún rincón de la Tierra donde no quieres estar ni pensar nada sobre lo que no te apetezca reflexionar. El tiempo se vuelve íntegramente tuyo.

Es entonces cuando tu mente es capaz de volar y volar recorriendo el mundo entero. Es en ese momento cuando liberas tu alma y dejas que cabalgue libremente por la más preciosa de las estepas que seas capaz de concebir. Es entonces cuando vislumbras algo de sentido existencial y  poco a poco comienzas a comprender los engranajes que mueven todo aquello que conoces. Incluso eres capaz de distinguir el zumbido de las alas de las abejas o los débiles pasos de las hormigas en su eterno caminar. Es magia. Ciertamente estás solo pero a la vez consigues mediante la comunicación silenciosa mucho más que a través de la palabra.

A medida que vayas creciendo, porque jamás se deja de crecer, te darás cuenta que los momentos más bellos de tu vida han sucedido entre silencios, sin que te atrevieras ni en aquél instante ni mucho menos ahora a romperlos con el sonido. El silencio es la máxima forma de expresión y a la vez la que nos permite un grado de concentración y elaboración vital más elevada. Es el bien supremo del mundo, aquél que estuvo antes de nuestra llegada y que permanecerá después de nuestro fin.

Son necesarias las tardes de melancolía. Y no deben ser siempre ni únicamente las de los domingos. La melancolía es un sentimiento que en su esencia nos hace volver la cabeza, mirar hacia atrás y en un instante volver al presente. Para que no nos atrevamos a olvidar el pasado pero tampoco nos quedemos atrapados por la espesa niebla que crean las infinitas puertas que desechamos antaño.

Somos humanos, y como condición inevitable de este hecho tenemos el don de la reflexión. Y es ese don el que emerge durante las melancólicas tardes de los domingos.

Laia Bes i Roig (2n de batxillerat)

 

[Aquest article va estar publicat al número 28 de la revista Sota el cel del Puig, maig de 2008.]

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