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¿Bachillerato? Sí, por favor

¿Bachillerato? Sí, por favor

 

No corren buenos tiempos para la lírica. Tampoco para la enseñanza pública. Mientras que la privada sigue reservada para las clases altas y la concertada se extiende cada vez más entre las clases medias, parece que el destino depara a la pública un papel meramente asistencial: educar a las capas más desfavorecidas y a los inmigrantes.

No me viene a la cabeza esta reflexión como consecuencia de la desaparición del nocturno en el Puig, que ya no tiene remedio y que, por otra parte, no deja de ser la crónica de una muerte anunciada. Lo que realmente me preocupa es la posible eliminación en un plazo breve de los bachilleratos de diurno.

Sobre la primera cuestión cabría plantearse unas cuantas cosas, pero me limitaré a enunciar una paradoja: si el bachillerato nocturno se ideó para los estudiantes que trabajan, ¿por qué en los periodos de crisis económica y alto número de parados las aulas están a rebosar y, en cambio, la bonanza económica y el casi-pleno-empleo las vacían? Una de mis mejores alumnas de nocturno me dijo el otro día: “Cuatrocientos euros al mes te dan para ir tirando y tomar unas copas los fines de semana, siempre que vivas con los padres. Sólo a los que vivimos fuera nos interesa estudiar para salir lo antes posible de los trabajos cutres  y los contratos-basura... y somos una minoría”.

Por si todo esto fuera poco, el señor Montilla aparece la otra noche, ¡oh casualidad!, en mi pequeña pantalla, rodeado de jóvenes risueños, haciendo propaganda de la formación profesional y telepredicando que los estudiantes que cursen ciclos formativos tendrán un empleo en el paraíso de la sociedad de consumo. Que no se me interprete mal. Promover la formación profesional me parece adecuado; combatir la mala imagen que tenía hace unos años, necesario, pero no a costa de despoblar las aulas de bachillerato de los institutos de los barrios periféricos. En las clases de cuarto de ESO habitan muchos jóvenes con el talento suficiente para poder realizar estudios universitarios y, además, con ganas de hacerlo. Nuestro deber y el del señor Montilla no es ahuyentarlos, sino animarlos. Esperemos que algún día lo políticamente correcto sea evitar los eufemismos y decir pura y simplemente la verdad: “Mira, el llamado estado del bienestar te ofrece una amplia gama de estudios entre los que debes elegir los que mejor se adapten a tus características personales. Los estudios de formación profesional son una buena opción y, una vez los hayas realizado, te va a ser fácil encontrar empleo, pero si tus resultados académicos son buenos, tienes ilusión y te ves con fuerzas para intentarlo, ir a la universidad es la mejor opción”. Tenemos que dejarlo así de claro, aunque sólo sea porque, si los hijos del señor Montilla y los alumnos notables y excelentes de los barrios periféricos ocupan y colapsan la formación profesional, ¿dónde colocaremos al resto de alumnos mediocres que obtienen resultados académicos insuficientes o suficientes a secas?

Frente a la fuerza arrolladora de la propaganda televisiva y de los fenómenos sociales, podría parecer que nuestra actitud como docentes es casi irrelevante y, por tanto, nuestra responsabilidad en estos hechos, inexistente. Pero, no es así. En nuestro caso, hemos de ser capaces de mantener con uñas y dientes las dos líneas de bachillerato que tenemos en este momento. Si no lo logramos, en la próxima esquilada el bachillerato del Puig será eliminado, tal como ha sucedido con el nocturno.

Disponemos de una excelente cantera de alumnos que tenemos que mimar y eso significa conducir sin tronchar. Tenemos que ser exigentes en los hábitos: asistencia, puntualidad, realización de los deberes, comportamiento en clase, aprendizaje de los contenidos, pero sin agobiar a los alumnos con exigencias excesivas. Si lo hacemos, espantaremos a los alumnos y les quitaremos las ganas de seguir estudiando. Tenemos que ser capaces de analizar qué es lo fundamental de cada capítulo y no marear a los alumnos con lo accesorio. Sólo así podrán adquirir la necesaria visión de conjunto. No olvidemos que el bachillerato postobligatorio, con la reforma educativa, se ha reducido de cuatro años a dos y que, por tanto, es difícil llegar a los mismos objetivos terminales, por expresarlo en la jerga de los burócratas de la reforma, o, al menos, con la misma profundidad que antes. El argumento del nivel de entrada en la Universidad no debe obsesionarnos. En todo caso, ésta tiene que ajustarse a nuestro nivel de salida, porque, emparedados entre el cultivo extensivo de la secundaria obligatoria y las delicatessen universitarias, solo disponemos de dos años de maniobra y no se nos pueden exigir milagros.

Todos tenemos horas bajas, y este siglo es tan duro como cualquier otro, pero deberíamos hacer nuestro trabajo con la mínima alegría necesaria y sabérsela transmitir a nuestros alumnos. Hay al menos cuarenta en cuarto de ESO capaces de estudiar bachillerato. Orientémosles bien y sigamos en la brecha. El nocturno ha muerto. ¡Viva el Puig!

 

                                                            Jesús Villagrá (Profesor de Matemáticas)

[Aquest article ha estat publicat  al  número 28 de la revista  Sota el cel del Puig, maig de 2008. Sobre la supressió del batxillerat nocturn, llegiu també "Bolero triste", d'Imma Monsó.]