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Paseando a Mr. Gramsci por Santa Coloma

Palabras para una revista de opinión de los alumnos de secundaria

Paseando a Mr. Gramsci por Santa Coloma

Salvador López Arnal

IES Puig Castellar

El coordinador de estas jornadas ha tenido la gentileza, que agradezco, de solicitarme una breve comunicación en torno a la experiencia de una revista de opinión de los institutos de Santa Coloma de Gramenet, que dio a luz en el lejano año de 1987, cuando todos éramos algo más jóvenes.

Antes de ello, permítaseme una brevísima reflexión sobre el tema estrella que nos reúne, la relación entre prensa y escuela. Desde mi punto de vista, sin duda revisable y algo sesgado, el par desordenado P-E es una entidad absolutamente asimétrica, en el supuesto confesado de que el término ‘prensa’ englobe toda la prensa y ‘escuela’ refiera básicamente a la escuela pública. El poder de los medios, esto es, de los instrumentos insanamente denominados de comunicación o información pero que, sin atisbo alguno de hiperbólica duda escéptica, son poderosas y peligrosas máquinas de inculcación, de formación y, en casos nada infrecuentes, de manipulación de consciencias, de defensa explícita o implícita de determinados intereses, el poder, decía, de esos medios-instrumentos, es simple y llanamente abrumador. Si ustedes piensan durante breves instantes en el trato dispensado por todos los medios al reciente fichaje de Ronaldo por el realísimo Madrid, verán como no podrán exclamar aquello que Goethe pedía a gritos: “¡Detente instante, eres tan bello!”. Wilder o Howard Hawks ya mostraron hace algunas décadas en Primera plana lo sustancial de este poder tan poco marginal que la mismísima Madeleine Allbright, la que fuera secretaria de Estado del presidente Clinton, ha llegado a afirmar que la CNN es el miembro 16º del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.

Les pondré un ejemplo lejano, sin duda innecesario, para no herir susceptibilidades próximas. La, digamos, información dada por un diario de la solera y prestigio merecido de El País sobre el actual proceso político venezolano es, como mínimo, motivo de escándalo de primera página. Uno puede ser poco o, incluso, nada partidario de Hugo Chávez pero difícilmente puede ver con  ojos complacientes claros intentos de golpe de estado como los que recientemente se han producido en tierras bolivarianas, intentonas del peor estilo y de la aún peor escuela que recuerdan los infernales días de las tragedias sudamericanas. El tono agresivo, la chulería prepotente, la descalificación sin matiz usada por el diario independiente cuando habla de la presidencia venezolana merecen pasar a la ya muy poblada historia universal de la infamia periodística (no les cuento lo dicho por El Mundo, ABC o La Razón, porque ustedes pueden fácilmente calcular el cubo o la cuarta potencia de esta ignominia). Algo después, cuando uno conoce los intereses en juego, las cosas adquieren una nitidez sin sombra. Prisa, el grupo propietario de El País, posee el 19% de las acciones de Radio Caracol, del que es accionista mayoritario el poderoso holding colombiano ValBavaria, cuyo socios principales son Julio Santo Domingo, el hombre más poderoso de Colombia, y el grupo Cisneros que domina la industria de los medios de comunicación de Venezuela. A la cabeza de Prisa, el señor Jesús de Polanco, presidente a la par de Sogecable, sociedad vinculada a la empresa norteamericana DirecTv, que tiene como uno de sus principales accionistas al citado grupo Cisneros. Sin olvidar por último y si la información es completa, en este tupido haz de relaciones, el reciente acuerdo entre Prisa y VíaDigital, en manos igualmente del grupo Cisneros.

En síntesis, por no alargarme y por hacer caso de aquel hermoso verso del joven Neruda -“Me gusta cuando callas porque estás como ausente”-, si los deconstruccionistas, derridianos o no, suelen primar al lector hasta extremos incomprensibles y algo escandalosos en su relación con el texto, en el par escuela pública-medios de inculcación ideológico-informativos el poder de este segundo elemento es casi inimaginable. Los medios dirán sobre la escuela, como con respecto a casi cualquier otro suceso, lo que quieran y les interese, sin importarles, desde luego, aquello que Antonio Gramsci convirtió en hermoso lema de la izquierda digna: la verdad es lo justo, la verdad es siempre revolucionaria.

Probablemente el único límite a la actuación de los grandes imperios periodísticos sea las coordenadas culturales del supuesto lector medio en el que incide básicamente la publicación y, desde luego, la ética y dignidad de los periodistas responsables.  Pero también aquí los tiempos no son  buenos ni para lírica ni para la épica. La derrota política de las izquierdas ha venido acompañada de una debacle cultural y de valores que, sin duda, tiene sus efectos desastrosos en estos ámbitos: ya no hay apenas infiltración judeo-masónica-roja casi en ningún medio de comunicación, y, cuando la hay, está condenada a la excepción o a las últimas páginas. Si ustedes realizan, a título de experimento mental, la lectura comparada de una editorial de El País de hace veinte años -que como es sabido, no son nada- con cualquier editorial actual, podrán situar a aquel País en la extrema izquierda revolucionaria y a éste, tal vez, en el centro moderado, pero dado que aquel País no era de ninguna izquierda extremada entonces éste... etc. etc. Nosotros mismos podemos finalizar el silogismo. Es cierto que nos quedan el Roto, Edward Said, Chomsky, Haro Tecglen, y tal vez París, pero poca cosa más. Desde luego, en este saco poco poblado, hay que reconocer la tarea incombustible, y tan necesaria, de periódicos o revistas como Le Monde Diplomatique, mientras tanto, El viejo topo, Riff-Raff, sin olvidar, claro, muchas páginas  milagrosamente colgadas en la red de redes.

Sea como sea, el tema de la comunicación no es éste sino la agradable historia de la revista de opinión Jo què sé?. Desde luego que, en concordancia con el nombre de la cosa, yo podría responder con un algo maleducado “jo què sé”, pero aún admitiendo con pesar mi parcial desconocimiento de lo sucedido paso a relatar lo que, desde mi punto, sería más esencial de esta verdadera y hermosa aventura.

La revista es una parte, no menor, de un proyecto que nació en nuestra ciudad de la mano de Pere de la Fuente. De la Fuente fue, y es, un gramsciano-sacristaniano y eso, sin atisbo de duda, da carácter. Gramsci comentó en alguno de sus cuadernos de la cárcel, creo recordar en el décimo primero, que la divulgación científico-filosófica de saberes entre la ciudadanía tenía mayor trascendencia cultural que una exquisita y sofisticada resolución de una determinada y lejana cuestión académica. De la Fuente tomó nota de lo apuntado por el dirigente y fundador del añorado PCI y se aplicó el cuento paseando al filósofo italiano por nuestra ciudad. Concibió un amplio, persistente e interesante programa filosófico que pasaba, ha pasado y pasa por la celebración anual de conferencias divulgativas, por la celebración de debates cinematográficos sobre películas con contenidos moral-filosóficos (esto es, por casi todas), por la celebración anual de unos premios sin premios selectivos ni competitivos, por la edición, en colaboración con el magnífico y admirable Casal del Mestre de la ciudad, de materiales didácticos, algunos de ellos no sólo dignos sino dignísimos, por la celebración de unas Jornadas bianuales sobre temas filosóficos varios, por la posibilidad de celebración de unas Olimpiadas de lógica formal,... y todo ello no sólo en el ámbito de un instituto sino abarcando toda la ciudadanía colomense, no sólo a sus estudiantes, y, más allá, al conjunto de profesores de las tierras de Foix y Espriu.

Pere no sólo fue el alma sino el cuerpo de todo este proyecto. A él se le debe todo o casi todo. Escribió, presentó, llamó, se reunió, insistió, participó en jurados, entregó premios, presentó comunicaciones, tradujo del inglés, del italiano, del francés, etc.etc. La misma revista de la que les voy a hablar -ahora sí- le tiene como único progenitor y casi como único sostenedor.

Jo què sé? es -no ha fallecido- una revista de opinión de todos los institutos -IES actuales- de Santa Coloma de Gramenet que han querido colaborar en ella. De su nombre vale la pena explicar una pequeña anécdota. Pere había acabado de explicar el Tractatus de Wittgenstein en sus clases de C.O.U. haciendo énfasis especial en la última de sus sentencias: “De lo que no se puede hablar, lo mejor es el silencio”. Los alumnos tomaron nota de lo indicado y, por ello, cuando De la Fuente les propuso algún nombre para esta rosa el silencio fue su respuesta. De esto no podía hablarse y, por lo tanto, el resto, una vez más, debía ser silencio. Pere estaba sin estar en sí. Recorría los pasillos, atosigaba a los estudiantes, estaba al borde de la desolación, hasta que un día persiguió a uno de ellos hasta el tejado de su instituto. No sé si ustedes recuerdan aquella escena del campanario de Vértigo con Novak y Stewart pero la situación era similar. El estudiante, desesperado, tuvo que decir algo y dijo lo más razonable en aquellas circunstancias: Jo què sé!.  De ahí, la cosa, la rosa y su nombre.

Si tuviera qué resumirles lo que a mi me parece más excelente de esta publicación, hablando de forma externa, porque mi vinculación ha sido menor desde luego que la de De la Fuente, diría sucintamente lo siguiente.

En primer lugar, su duración. La revista, si no calculo mal, tiene unos quince años de existencia -1987 hasta 2002- y, con algún pequeño incumplimiento, ha mantenido su periodicidad a lo largo de todos estos años. Dos números, más o menos, del Jo què sé? han estado en los institutos implicados en la aventura cada curso académico.

En segundo lugar, la colaboración de algunas instituciones y asociaciones, en general, ha sido exquisita. Tanto las varias regidurías de Cultura y Enseñanza del Ajuntament de Santa Coloma -digo varias, no sólo las de esta última etapa política- como el Casal del Mestre deben merecer un reconocimiento no sólo cortés sino dicho y sentido con sinceridad.

En tercer lugar, el ámbito. Jo que sé ha sido una revista que ha tenido como finalidad llegar a toda la comunidad educativa colomense, sin conseguirlo del todo, pero conservando esa aspiración. Ya saben aquella vieja reflexión de que el movimiento es todo y la finalidad no es nada, a lo que, desde luego, puede responderse, bajo el punto de vista de los valores, que el fin lo es todo y el movimiento no es nada, pero, en nuestro caso, está aspiración de universalidad ciudadana, combinada con un deseable principio de realidad, sin duda han permitido aunar esfuerzos y conseguir, en ocasiones, números amb cara, boca i cos.

En cuarto lugar, la colaboración del estudiantado ha sido real si bien no espontánea. El espontaneísmo, como se sabe, no sólo suele ser bastante quimérico en cuestiones políticas, sino también en proyectos educativos. Los profesores que han, que hemos colaborado, en el Jo que sé? han tenido que insistir reiteradamente en la importancia de escribir por el goce de escribir, en lo aconsejable que resulta trazar ordenadamente un cuerpo de justificación de las ideas que uno puedo mantener en determinado ámbito. Esto, como casi todo en la vida, no nace con nosotros sino que se aprende, como aprendemos a distinguir el buen texto del texto menor o a Mozart de Enrique Iglesias.

En quinto lugar, la ayuda de profesores de la ciudad, o de fuera de ella, no sólo no ha sido marginal sino más bien básica. Con nosotros han colaborado amigos o amigas como Pilar Fibla, Joaquim Sempere y, sobre todo y especialmente, Miguel Candel, un auténtico filósofo, en cualquier de los sentidos admisibles  y concebibles del término. A él le debemos no sólo artículos de calado, sino traducciones y presentaciones que no deberían ser olvidadas en ninguna antología de trabajos exquisitos.

En sexto lugar, en la revista se han editado, en alguna ocasión, textos inéditos, traducidos o no por Pere de la Fuente al catalán, de pensadores centrales en la reciente historia catalano-hispánica del pensamiento crítico (pleonasmo innecesario), como sin duda lo fue Manuel Sacristán. Así, un hermoso, sentido y desconocido texto del autor de Las ideas gnoseológicas de Heidegger, hasta entonces inédito, sobre el creador de las “Nanas de la cebolla” apareció, por vez primera, en las páginas del Jo què sé?.

En séptimo lugar, no ha habido excesiva dispersión de energías en la elaboración de la publicación. Las editoriales han sido más o menos consensuadas y cuando el consenso parecía tan lejano como el horizonte en el Somontano se ha cultivado la hermosa cultura del acuerdo en la disensión. De este modo, se han publicado textos o editoriales, más o menos representativos, que, en algún número posterior, han sido matizados o discutidos si alguno de nosotros lo ha visto necesario o conveniente.

En octavo lugar, el premio que la revista ha convocado anualmente ha ayudado a alimentar, y de qué hermosa manera, los materiales publicables. Debo insistir en las características del certamen: todo concursante tiene premio por participar y los diez mejores artículos en opinión del jurado -jurado en el que Miguel Martínez, Eduard Gadea, De la Fuente, siempre De la Fuente, han sido moléculas prometeicas- han sido otorgados sin jerarquía y sin estimular la competitividad, aunque sí desde luego la competencia.

En noveno lugar, el diseño de la portada no ha sido cosa de escasa importancia. En este punto, las ayudas de Benito Marcos, especialmente de Benito Marcos, de José Juan Palazón,  de Josep Barriendos, de Mónica Franco, sin ninguna extraña vinculación familiar, de Mª. Rosa Perea y de algunos alumnos como Noelia Muñoz Marín  o Cristóbal Cortés Górriz, son inolvidables. No me extrañaría, espero conjeturar sin riesgo, que en alguna ocasión, más pronto que tarde, Jo què sé recibirá algún premio de diseño en alguna sofisticada reunión que agrupe a la buena flor y nata de la comunidad diseñadora.

Para finalizar esta breve relación, tal vez haya que señalar que la revista ha mezclado creativamente, sin ningún sectarismo ni dogmatismo lingüístico, catalán y castellano y ha intentado siempre un lenguaje asequible pero no vulgar.

Como todo decálogo que se precie este merece ser resumido en dos sentencias: divulgar filosofía, pensamiento crítico y asuntos afines con dignidad y hacerlo comunitariamente, no como pesada y sísifa carga, sino con epicúreo goce.

No debería finalizar este apartado sin señalar algunos problemas que, como ocurre en todo proyecto humano que tenga aspiraciones de tocar realidad, han surgido también durante estos años. Tampoco aquí el camino ha sido estrictamente paradisíaco, sin manzana tentadora. En primer lugar, la calidad de algunas, pocas aportaciones, que tal vez hubiera tenido que cuidarse o trabajarse algo más. En segundo lugar, la presencia de escasos textos con contenido propiamente filosófico. ‘Opinión’ aquí ha remitido a casi todo, aunque deba destacarse la presencia en algún  número de excelentes artículos filosóficos que incluso se atrevieron con la refutación de la argumentación cartesiana de la existencia de Dios. En tercer lugar, el incumplimiento de algunas fechas por motivos no controlados ni controlables. En cuarto lugar, la escasa presencia de la revista en algunos institutos de la ciudad y, finalmente, la escasa, escasísima, por no decir nula, colaboración de algunos profesores de algunos institutos donde no sólo no se ha señalado al alumnado la conveniencia de escribir en y para la revista sino que incluso se ha negado a repartirla entre ese mismo estudiantado. No se me ocurren posibles motivos. Pascalianamente es sabido que el corazón tiene motivos que la razón desconoce.

Empero, debo decirles que mi posición respeto a la revista es, en estos momentos, algo distinta. Creo que es necesario o, como mínimo conveniente, en Santa Coloma una revista de opinión general, no de orientación básicamente filosófica, que recoja trabajos de todos los ámbitos, amparándose fundamentalmente, aunque no únicamente, en els treballs de recerca o de investigación con los que los estudiantes finalizan su etapa preuniversitaria. Aquí debería caber todo, desde artículos de historia hasta comentarios sobre un poema de Foix o un trabajo matemático sobre las últimos desarrollos de la teoría de la supercuerdas o sobre la búsqueda infatigable e inacabable de los primos de Mersenne. Como decía un excelente profesor que tuve en el viejo Bachillerato superior, la matemática o la ciencia natural, bien entendida, es la mejor de las humanidades.

El título de la publicación, en mi opinión, sin ser asunto sustancial, debería  cambiarse igualmente. Debo confesarles que de la misma forma que creo que no es la hora ahora de nominaciones como Peral, tierra enrojecida o torrente embrujado para designar los IES, tampoco Jo què sé es el mejor título posible o concebible. No sé cuál es pero yo apuntaría, sin pólvora, en otra dirección. Por ejemplo, Amb bones i solidàries raons, De nada en demasía, Para que no habite el olvido o Es quan escric que hi veig clar. Desde luego, no emprendería batalla alguna, incluso pacífica, por ninguno de ellos.

En cambio, sí que creo que tengo una excelente candidatura para la dirección de esta revista que no debería excluir otras publicaciones propias de cada instituto pero que sí debería aunar esfuerzos con objetivos más comunitarios. La presidencia de honor de la revista, sin duda, debería estar en la mismas manos, y en el mismo ser, que tiene la presidencia de esta mesa -Mercé Romaní- y la dirección más ejecutiva, sin ser ningún misterio, debería ser trinitaria y estar compuesta por la terna Pere de la Fuente, Paco Gallardo y Carles Gil. No sólo porque son excelentes personas, excelentes amigos y no menos excelentes animadores culturales, sino por dos razones de mayor peso. En primerísimo lugar, porque son lectores exquisitos, amantes gozosos de la cultura y, en segundo lugar, por una razón algo más alambicada.

Admitiendo mi error, yo procuro cultivar lo menos posible la herencia heideggeriana. Me hablan del rector de Friburgo y me pongo clandestino. Sin embargo, hay un maravilloso aforismo que aprendí en mi lejana juventud y al que suelo volver inconscientemente en repetidas ocasiones. Dice así: “El lenguaje es la casa del ser y el hombre es su guardián”. Debo confesar que yo no creo que el lenguaje sea la única casa del ser o que el Ser se nos muestre básicamente a través de él, que dicho por Heidegger es muy probable que lenguaje refiera únicamente al griego clásico o al alemán, con menosprecio ostensible del resto de idiomas y de hablas, y, sabiendo las curiosas inclinaciones políticas de Heidegger, uno lee guardián y se pone pálido. Pero, por esta vez, sigamos al poeta y olvidémonos del resto de la historia... y pelillos a la mar. Sin duda, el lenguaje es necesario para que el ser pueda mostrarse en ocasiones y cuidar ese preciado bien no es vana tarea. Pues bien, para ello, Paco, Pere y Carles no sólo son candidatos excelentes sino que son mis candidatos preferidos. Lo confieso, son mis hombres en La Habana y, desde luego, en Santa Coloma de Gramenet.