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Howard Carter

Comentaris de diferents vídeos sobre temes i personatges històrics del món mediterrani

Vídeos

 

Howard Carter: triunfo y tesoro

 

Howard Carter: triunfo y tesoro, vídeo de la serie “El Antiguo Egipto”. Editado por Canal de Historia y el Museu Egipci de Barcelona. 1998. Duración aproximada: 60 minutos.

 

[En este vídeo se cuenta la historia de Howard Carter, el descubridor de la tumba de Tutankamón.] De pequeño, Howard era un niño enfermizo y solitario. Era el menor de once hermanos. Su padre era conocido entre las clases altas de su localidad (en el Reino Unido) como un artista famoso por sus cuadros, en los que mostraba la flora y la fauna de los alrededores. Howard heredó su talento para el dibujo y, ya de pequeño, era un gran dibujante.

Gracias a los contactos de su padre, Howard Carter pudo ir con Flinder Pliting a una expedición a Egipto, donde dibujaría las piezas que se encontraran. Más tarde, el señor Maspero lo contrató para proteger las ruinas del Alto Egipto, donde se encuentra, por ejemplo, el templo de Abu Simbel. Tiempo después lo ascendieron a vigilante en el Bajo Egipto que era, si cabe, una tarea más difícil, pues en el Bajo Egipto se encuentran algunos de los monumentos más famosos de Egipto, por ejemplo, las pirámides de Gizeh. Pero Carter tuvo un percance con unos turistas y le despidieron por no querer dar la razón a los turistas (él era muy cabezota).

Cuando estalló la Primera Guerra Mundial, Carter colaboró con su país, Inglaterra, ya que sabía hablar perfectamente el árabe, pero no se sabe si su papel fue importante.

Soltero, sin ningún amigo y sin empleo, Howard Carter se estaba hundiendo cuando conoció a Lord Carnarvon. Los dos tenían el mismo sueño: excavar en el Valle de los Reyes. Así que Carnarvon pagaría todos los gastos en caso de que hubiera excavación. Comenzaron por pedir los permisos para poder excavar, pero tuvieron que esperar porque ya había un equipo en el valle, y lo estaban removiendo de arriba abajo para encontrar lo que todos querían, una tumba de un faraón olvidado con lo más importante, su fortuna.

Cuando por fin el Valle era suyo, contrataron a cien hombres. Como no encontraban nada, Carnarvon compró un canario para animar al equipo. Después de cinco años excavando en el mismo lugar y cuando el tiempo y el dinero se estaban agotando, se descubrió un escalón que daba paso a toda una escalera. Por fin, después de 30 años de duro trabajo en Egipto, Howard Carter descubrió lo que prometía ser una tumba. Envió un telegrama a Carnarvon, quien, el 23 de noviembre de 1922, ya estaba allí con su hija. Llegaron a una pared cubierta de sellos reales con el nombre de Tutankamón. Después de esa pared había toda una sala llena de tesoros recubiertos de oro. Cuando se informó al Gobierno egipcio, éste puso una fecha de inauguración y hasta esa fecha no podían seguir adelante. Ansiosos, hicieron un agujero en la pared para poder observar lo que había dentro: en todas las fotos aparece un cesto que tapa el agujero. El Gobierno egipcio, al ver tanta riqueza, decidió que nada de lo que se encontrara saldría del país. El día de la obertura, en febrero de 1923, a Carnarvon le picó un mosquito (algo después, sufría constantes ataques de fiebre y neumonía, hasta que se murió).

El día que se descubrió la tumba, al canario del equipo le picó una cobra y murió. Y el día que murió Carnarvon, todas las luces se apagaron de golpe y, con todo un mar de distancia, en Inglaterra, su perro se puso a aullar hasta que cayó en el suelo y también murió.

Otra vez solo, Carter tuvo que luchar contra el Gobierno egipcio para poderse llevar las piezas encontradas, responder a las preguntas de los periodistas sobre la posible maldición de la tumba… Nadie estaba contento de cómo Carter manejaba la situación.

El 2 de marzo de 1939, Howard Carter murió, sólo con su sobrino al lado. Un triste final para el egiptólogo más conocido de la historia.

Alba Cano Gallegos (1r d’ESO)

 

 

Ajenatón. El rey hereje de Egipto

 

Ajenatón: el rey hereje de Egipto, vídeo de la serie “El Antiguo Egipto”. Editado por Canal de Historia y el Museu Egipci de Barcelona. 1998. Duración aproximada: 60 minutos.

 

[En este vídeo se cuenta la historia de Ajenatón, un faraón que gobernó Egipto desde el 1377 hasta el 1360 a. C.] Su nombre, de pequeño, era Amenofis IV. Subió al trono de faraón cuando era adolescente. Hasta entonces se crió bajo los cuidados de los sacerdotes porque su padre no le hacía mucho caso. Inmediatamente después de subir al trono, se casó con Nefertiti. Ya comenzaba a pensar que Atón el era padre de todos los dioses y que todos los demás no servían para nada. Y se rebautizó con el nombre de Ajenatón, que significa “Atón está satisfecho”. Se puso a destruir los templos de los demás dioses y a transformarlos en templos de Atón. Podemos pensar que Ajenatón fue el primer monoteísta de la historia o humanista por pensar que el disco solar da la vida a todo lo demás (lo que es verdad). Celebraba fiestas que sólo se podían celebrar si se llevaba más de quince años de faraón, pero que él celebraba para dar publicidad a su nueva religión.

A partir del periodo amarnense (cuando subió al trono Ajenatón), todo empezó a cambiar, por ejemplo el arte: nunca antes en una escena se había representado a un faraón en una actitud tan relajada, jugando con sus hijas y sentado con su esposa. En la pintura mandó seguir un nuevo estilo artístico: no quería nada de lo que se había utilizado hasta entonces.  En todas las estatuas aparece con una silueta femenina, con los dedos muy largos y la cara estirada. (Algunos estudiosos creen que tenía el síndrome de Marfan, una enfermedad en la que se estiran las extremidades y se ponen los ojos saltones.) O tal vez se le representaba así porque era éste un nuevo estilo de escultura, ya que él quería romper con todo lo anterior. Algunos incluso se preguntan si era un hombre o una mujer.

Los sacerdotes de la ciudad de Tel-Amarna, donde él había estado de pequeño, se pusieron furiosos y el faraón fundó una nueva ciudad, Amenofis, sólo para Atón, en un terreno en el que hacía 46 grados.

El antiguo Egipto estaba entre dos países que estaban en guerra, Nubia y Siria, así que Ajenatón tenía que elegir a cual de los dos apoyar, pero se había obsesionado tanto con Atón, que no hacía caso a nadie. Egipto estaba entonces ante una grave situación económica, pero Ajenatón se dedicaba a borrar el rastro de los otros dioses y no empleaba el dinero que le quedaba en lo que lo tenía que gastar.

Se empezaron a dibujar estelas en las que el faraón aparecía con otro faraón, al que él mismo había nombrado. Así que eran dos faraones en actitud cariñosa. ¿Acaso Ajenatón había salido del armario? Hasta que se descubrió que el faraón que aparecía con él era su propia mujer subida a la categoría de faraón. Con ella tuvo seis hijas y de esas hijas sólo dos tuvieron hijos.

En el siglo XIV a. C., desaparece la familia sin dejar rastro. ¿Asesinados, muertos, desaparecidos…?

En esa ciudad, Amenofis, que Ajenatón quiso dedicar a Atón, se encontró una tumba con una momia que contenía el sello de la familia con un cadáver con caderas de mujer… también pudiera el de Ajenatón, porque en las estatuas se le representa con caderas femeninas… Todo es un misterio.

Alba Cano Gallegos (1r d’ESO)

 

Los íberos, príncipes de Europa

 

Los íberos, príncipes de Europa, vídeo producido y emitido por TVE2 a raíz de la exposición del mismo título que se pudo ver en la Fundació La Caixa de Barcelona.


[En este vídeo se recogen diversas entrevistas y reportajes con especialistas sobre el legado artístico y cultural de los íberos.]  En 1990, el servicio de arqueología de la Diputación de Girona, realizó excavaciones en un campo de cultivo donde se había encontrado el yacimiento de un poblado ibérico. Se encontraron dos casas íberas con 9 compartimentos muy grandes. Se encontró una especie de granero donde los antiguos iberos guardaban las semillas de trigo.
La alimentación básica de los iberos era grano molido (se molían los granos con el molino rotatorio). También se prensaban las aceitunas. Y se utilizaba el aceite para los candiles y en la alimentación.  Los iberos conocían la cerveza y el vino. Al estar ese poblado junto al mar, se ha sabido que sus habitantes practicaban la pesca de atunes. Se han encontrado, además de anzuelos, redes y arpones, pesas de los telares y herramientas del campo.
Aquellos iberos fabricaban con el torno cerámica para cocinar y para utilizarla como adorno. Eran expertos con el telar y en la fabricación del vino. Difundieron los metales, sabían cómo hacer más resistentes sus armas…
Utilizaban el oro, pero no conocieron el intercambio con moneda hasta la llegada de los griegos, que venían a comerciar.
Las ciudades iberas estaban muy defendidas por grandes murallas. En Ullastret, por ejemplo, se encuentra una de las mejores murallas reforzadas, de más de 900 metros. En el poblado ibérico de Perpiñán, existen alineaciones de piedras de 30 cm de altura que servían para entorpecer los movimientos de ataque de los enemigos.
El promedio de vida de los iberos era de 34 años. Incineraban a los muertos, guardaban las cenizas en un tarro al lado de la tumba definitiva  y creían que los lobos acompañaban al difunto en su viaje al más allá.
Los iberos escribían sobre plomo y sobre cerámica. Como se puede ver en las pinturas de las cerámicas, la música, la danza y los juegos tenían mucha presencia en la vida de los iberos. En cuanto a las ofrendas o ex votos, por los que se ha podido conocer mejor la vida de los iberos, se han encontrado miles en Despeñaperros (Jaén), y las piezas más bonitas, más enterradas bajo tierra, porque el arte fue decayendo. Las obras de los iberos influyeron mucho en Picasso y en otros artistas.

Virginia Zaldívar Puigmal y Marta Rodríguez Iglesias (2n d’ESO)

 

Los Diez Mandamientos

Los Diez Mandamientos, vídeo de la película producida y dirigida por Cecil B. de Mille para la Paramount (1956). Intérpretes: Charlton Heston, Yul Brynner, Anne Baxter, Edward G. Robinson, Ivonne de Carlo, Debra Pager.

 

La película empieza con la historia de la esclavitud del pueblo de Israel por los egipcios. Los esclavos esperaban que un libertador los salvara de la esclavitud, pero el faraón Ramsés I no quería permitirlo y ordenó que todos los niños judíos recién nacidos en Egipto fuesen matados, pero un niño fue metido en una canasta y lanzado al Nilo para que la corriente lo llevara lejos de la muerte. Aquella corriente llevó al niño a la orilla en que Bithia, la hija del faraón, descansaba. Bithia encontró la canasta e hizo suyo al niño; el secreto de que lo había encontrado sólo lo conocían ella y Memnet, su criada.

Pasan los años y Moisés ya no es un niño. Había conquistado Etiopía y eso le había hecho ganarse el respeto del faraón y de Nefertari, su futura esposa cuando el faraón Sethir, hijo de Ramsés I, y de Bithia muriese. Pero Moisés tenía un rival, Ramsés, al que le habían ordenado construir una ciudad y, como había tenido problemas, le habían encomendado esa misión a Moisés, quien dirigió la construcción de la ciudad tratando de comprender siempre a los esclavos. Por ejemplo, una mujer hebrea quedó atrapada bajo un bloque de piedra y una amiga suya fue a avisar a Moisés, quien  salvó a la esclava y le dio comida. Además, les concedió a los esclavos un día libre a la semana. Ramsés convenció al faraón de que Moisés era un traidor y lo llevó a ver la obra que estaba dirigiendo, pero lo único que consiguió fue convencerle para que pensara en Moisés como su sucesor. Entonces apareció Nefertari, la mujer de la que Moisés estaba enamorado. Nefertari se enteró de quién era hijo Moisés y él también acabó sabiéndolo, por lo que empezó a trabajar y a comportarse como un verdadero esclavo. Pero Nefertari lo descubrió trabajando de esclavo y trató de conseguir que renunciara a esa vida y volviera a ser príncipe de Egipto. Moisés no aceptó y, en cambio, salvó a un esclavo de las manos de un capataz de obra al que tuvo que matar. Pero antes tuvo que hablarle al faraón de su traición; le dijo que ahora adoraba a un Dios distinto.

Moisés fue desterrado de Egipto y anduvo por el desierto. Llegó a un pueblo y allí conoció a Sephora, una mujer con la que acabó casándose. Él se hizo pastor y ella le explicó que en una montaña cercana se hallaba su dios. Él decidió ir allá en busca de respuestas. Subió al monte y se encontró con una zarza ardiendo que no se quemaba. Le dijo una voz que era el dios de sus padres, de Abraham y de Isaac, y le ordenó que fuese el libertador del pueblo hebreo, que liberase a los judíos que estaban de esclavos en Egipto. Moisés aceptó y le dijo a su mujer que volvía a Egipto a liberar al pueblo de Israel.

Moisés se presentó delante de Ramsés, que era el marido de Nefertari, a la que él había rechazado cuando se marchó de Egipto, y le dijo que liberase a su pueblo. Al ver que no daba resultado, hizo una demostración del poder de Dios transformando el cetro que le había dado Ramsés al expulsarlo en una serpiente. Los sacerdotes egipcios invocaron a sus dioses e hicieron aparecer dos serpientes, pero la de Moisés se las comió.

Luego Dios mandó todo tipo de plagas sobre Egipto, como la de las langostas. Por último, los que creían en Dios tenían que marcar la puerta de su casa con sangre de cordero, y los primogénitos de esas familias no morirían, pero los primogénitos de los que confiaran en los dioses egipcios sí morirían. Así fue. El hijo del faraón cayó muerto y su padre, Ramsés, perdido entre la ira y la venganza y cegado por el dolor, dejó salir al pueblo hebreo de Egipto. Luego estuvo orando a Osiris, el dios egipcio de los muertos, esperando que le devolviera a su hijo del mundo de los muertos, pero como vio que sus dioses no hacían esos milagros, se puso al frente de su ejército y se fue a buscar a los judíos que se iban a la tierra que Dios les había prometido, una tierra sin cadenas. Los hebreos estaban en las orillas del mar Rojo, acorralados por el ejército egipcio que se les acercaba. Dios los protegió por un tiempo con una pared de fuego que impedía el paso de los egipcios. Mientras, los hebreos abucheaban a Moisés porque los iba a llevar a la muerte, pero él puso su cetro sobre las aguas del Mar Rojo y el mar se abrió dejando paso a un camino. Los hebreos pasaron. Cuando el fuego se consumió, el ejército se dispuso a hacer exactamente lo mismo que los hebreos, pero el mar se volvió a cerrar cuando los egipcios entraban por el camino.

Los hebreos llegaron de nuevo cerca de un monte. Moisés subió al monte y los hebreos empezaron a impacientarse. Moisés llevaba 40 días en el monte. Algunos de los suyos decidieron volver a Egipto y volver a creer en sus dioses. Los demás, se quedaron y pudieron conocer los Diez Mandamientos que Dios le había entregado a Moisés…

Celeste Muñoz Martínez (2n d’ESO)

[Aquests comentaris van estar publicats a la revista Sota el cel del Puig, núm. 14, maig de 2003.]