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Los tres cerditos

Tres variaciones sobre el cuento de Los tres cerditos

Primera variación

 

Había una vez, una familia de cerditos muy pobre que vivía en medio de un campo muy verde, en un pueblecito asturiano. Los hijos eran tres, todos muy diferentes. El mayor se llamaba Borjamari, y era muy trabajador y servicial. El segundo, Jose, era bastante trabajador, pero un poco gandul, y el último, Dinio, era muy vago, andaba siempre tirado por los sillones y nunca hacía nada de nada, además era bastante maleducado. Un día sus padres, algo mayores para trabajar, les dijeron a sus hijos:

—Hijos, creemos que ya es hora de que busquéis una faena porque nosotros no podemos trabajar a nuestra edad…

—Sí, papá, ya hace algún tiempo que estoy buscando —contestó Borjamari.

—Bueno, papá, yo también empezaré a buscar —dijo Jose.

Pero Dinio no contestó… Se había quedado dormido en el sillón mientras miraba la tele…

—¡Dinio! —le gritó su madre—. ¿Has escuchado algo de lo que hemos dicho?

—¿Eeh?, ¿qué dices? No me rayes, mamá… Ahora que había pillado el sueño… Zzzzz… —y se quedó dormido.

—¡Tendrás morro! ¡Levántate!

—Sí, vale, ya me levanto…

—Mañana mismo te vas con tus hermanos a buscar trabajo, ¿vale? ¡Y no quiero excusas!

Y así fue. Al día siguiente los tres cerditos cogieron sus motos y se dirigieron a Barcelona para buscar trabajo.

Dinio, después de buscar y buscar, como no encontró trabajo, decidió dedicarse a robar carteras y bolsos en las Ramblas. Jose decidió dedicarse a “adivinar el futuro” por 60 € la hora. Y a Borjamari no le costó nada conseguir trabajo porque decidió montar su propio negocio de calcetines de lana de montaña. Pero con lo que no contaban Dinio y Jose era con lo de la lobocía. Como eran de pueblo, no sabían qué era eso, habían escuchado algo, pero no sabían qué era.

Un día, Dinio salió del motel de mala muerte en el que dormía para ver si robaba unos cuantos bolsos a los guiris y alguna cámara de fotos… Pero la lobocía estaba dando vueltas por allí y le pillaron en plena faena… Dinio se dio cuenta y salió corriendo, con tal mala pata que tropezó en el bordillo de una acera y cayó de morros. Lo arrestaron, se lo llevaron “palante” a la comisaría y lo encerraron a la espera de juicio.

Jose, el pitoniso, tenía montones de denuncias por timo y fraude y por haber pegado al presentador de un programa de televisión al que le habían invitado. También lo detuvieron y lo encerraron en la cárcel.

Borjamari, al enterarse por las Noticias de las desgracias de sus hermanos, decidió ayudarlos. Gracias a las ganancias de su negocio, pudo pagar las fianzas, pero no lo hizo porque sí, lo hizo para darles una lección a sus hermanos: ya que querían ganar mucho dinero con el mínimo esfuerzo, los puso a trabajar en su tienda de dependientes hasta que le pagaran la fianza y luego buscarían otro trabajo, pero al menos ya no robarían ni timarían, porque no siempre lo más fácil y rápido es lo mejor.

Alba Botello Taravilla (4º B)

 

 

Segunda variación

 

Hace ya mucho tiempo, en un país muy lejano pero muy rico, vivían tres hermanos con sus padres. Uno de los muchachos, de dieciséis años solamente, Carlos, trabajaba con su padre, como sus otros dos hermanos, de mecánico en el pequeño negocio del padre. Carlos no era muy agraciado físicamente, más bien era discreto, pero lo que más llamaba en él la atención de las chicas eran sus ojos azules, además era muy buena persona y bastante inteligente. Por otro lado estaba Matías, el mediano, que tenía veintiún años y, físicamente, llamaba la atención más que su hermano pequeño, y además tenía una voz preciosa. Y por último estaba Gustavo, de 23 años, que era muy conocido entre las chicas, sobre todo por su cuerpo bien formado.

Pero los tres tenían algo en común: su pasión por los coches. El que mejor los manejaba era Carlos; el que más sabía, Matías, y el que los arreglaba mejor, Gustavo.

Carlos conoció a una chica que llevó su coche a arreglar y le pareció muy simpática, pero como normalmente pasaba, pensaba que se iba a fijar en Matías o, tal vez, en Gustavo. Pero no: se fijó en él, en Carlos. Cuando fue a recoger su coche al cabo de unos días, le dio su número a Carlos y le dijo que, cuando pudiera, la llamase para verse y conocerse mejor.

Al cabo de unos meses, Carla (así se llamaba la chica) y Carlos eran ya pareja.

En una conversación que tuvieron, Carlos le desveló la pasión que sentía por las carreras de coches y Carla se acordó de que un socio de la empresa  de su padre, que era un hombre muy rico, estaba metido en el mundo de las carreras. Y así fue como Carlos empezó a correr con coches de Fórmula 1. En ese tiempo que había transcurrido, Matías seguía igual, pero Gustavo había conocido a una chica de la que Carlos pensaba que no era un buen partido para su hermano, pues según las averiguaciones que había hecho sobre ella sabía que tenía problemas con el alcohol y las drogas, y tenía miedo de que su hermano cayera en lo mismo.

Cada uno siguió con lo suyo: Carlos, en las carreras, con lo que ganaba mucho dinero y por eso se había independizado; Matías, de mecánico y, además, había comenzado a estudiar en una academia, y por último, Gustavo empezaba a caer en los problemas de su novia.

Pasaron dos años y Carlos era muy famoso, iba por todo el mundo. Un día que estaba preparando una carrera, lo llamó Matías diciéndole que todo seguía igual, pero que Gustavo estaba metido en problemas y tenía muy mal aspecto.

Carlos decidió averiguar lo que ocurría. Gustavo estaba metido en negocios de drogas y se había hecho adicto. Carlos fue a hablar con su hermano mayor y tomó la decisión de llevarlo a una clínica de desintoxicación para que se recuperase.

Al cabo de tres o cuatro años, Gustavo ya estaba recuperado del todo. En ese tiempo, su padre había sufrido un infarto y había fallecido. Su madre tomó la decisión de entrar en una residencia de ancianos. Y Matías se quedó al frente del negocio de su padre y obtenía muchos beneficios. Carlos seguía con lo suyo, pero decidió ayudar todavía más a su hermano y le propuso que fuera su manager. Gustavo se alegró tanto de la propuesta, que se puso a llorar y a darle las gracias por todo lo que le había ayudado.

Carolina Vega Llobera (4º B)

 

 

Tercera variación

 

Éranse una vez tres cerditos que vivían miserablemente en un país en el que no había para comer ni medicinas para las enfermedades.

Un buen día, los tres cerditos decidieron poner fin a esta situación y emigraron a un país de esperanza en el que sí había para comer, había trabajo y se vivía mucho mejor. Cogieron una patera y se echaron al mar en busca de un mundo mejor. El viaje resultó una pesadilla envuelta en hambre, frío, cansancio y muchas calamidades más, pero, por fin, llegaron a su destino tan esperado. Cuando llegaron, construyeron tres chabolas en la ladera de una montaña junto a una ciudad, se dispusieron a encontrar trabajo y, por fin, lo encontraron en una plantación de hortalizas.

El trabajo era de doce horas diarias bajo un sol abrasador y su sueldo era ridículo y les llegaba para alimentarse mínimamente. Pero, un buen día, se llevaron la peor sorpresa, se presentó en las chabolas un lobo feroz que pertenecía a la policía y les dijo que serían deportados a su país por no tener los papeles en regla. Los tres cerditos se atrincheraron en una de las chabolas, pero un refuerzo de lobos policías consiguió penetrar en el interior y sacarlos ferozmente.

Los pobres cerditos fueron deportados a su país, su viejo infierno. Allí se propusieron no olvidar su sueño y, según cuentan, tras intentarlo varias veces, consiguieron burlas a los lobos policías, y ahora viven en aquel país con el que habían soñado.

Daniel Rodríguez Moreno (4º B)

[Aquestes variacions van estar publicades a la revista Sota el cel del Puig, núm. 12, gener de 2003.]