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Los secretos del Mar Rojo de Henry de Monfreid

Los secretos del Mar Rojo de Henry de Monfreid


La publicación de este libro tiene su historia. Una mujer aborda a un editor en la Feria del Libro de Zarauz con un manuscrito encontrado por ella entre los papeles de su hermano, Luis Claramunt, un pintor que había muerto hacía poco tiempo. Manuscrito, en sentido literal, de una  traducción de Los secretos… con ilustraciones y un prólogo hechos por el  pintor; todo ello fruto de su pasión por las narraciones de Monfreid. Ella, Victoria, que es médico y vive en Zarauz, se encargaría de pasar el texto a ordenador. No era la primera vez que abordaba a un editor. Con ayuda de su hermana, Elena, una pianista que vive en Barcelona, llevaba ya bastantes intentos fallidos, pero esta vez, ¡oh milagro! el editor escuchó, leyó y disfrutó…

Hay muchos pintores que se han llevado bien con la escritura y la lectura. Tenemos el caso de Dalí, más recientemente el de Barceló y el de tantos otros. Pero la escasa presencia de Monfreid y de su obra en los ambientes literarios y, en consecuencia, en los medios de comunicación de este país es un misterio (por cierto hay una edición de Grijalbo del año 1978; no he podido ver ni tocar ningún ejemplar pero sé que existe). Claramunt habla de “premeditado olvido”, lo cual implica intenciones aviesas, intereses contrarios… Nada de esto he podido encontrar en mis pesquisas y estoy convencida de que las razones de dicha ausencia son de orden literario. Las expondré, pero antes quiero decir en qué consiste la obra y quién es Henry de Monfreid.

Los secretos del mar Rojo es la primera obra de Monfreid, publicada en 1931 a los 52 años; después le seguirían los otros 74 libros. Se trata de un relato autobiográfico, por tanto escrito en primera persona, sobre sus navegaciones, negocios y correrías por el mar Rojo en los años justo anteriores a la Primera Guerra Mundial. Se basa en los cuadernos de a bordo y, sobre todo, en las cartas que escribía a su esposa, Armgart, una pintora alemana. Este origen en apuntes sobre el terreno contribuye, sin duda, a la vivacidad del estilo, un estilo austero, directo, sin adornos. Además, el libro está escrito rigurosamente en presente. Al lector le parece, a veces, estar acodado en la borda del barco. Un crítico de su época decía que el estilo de Monfreid era como su físico: sin un gramo de grasa. En efecto, Monfreid era fuerte, pero muy delgado y ágil. Y le vemos desde la primera página discutiendo y enfrentándose con la autoridad colonial francesa (el libro tiene la estructura abierta, típica de los libros de viajes, pero es muy coherente pues empieza como he dicho y acaba cuando el héroe es apresado por la autoridad). En cambio, se integra totalmente en las poblaciones que lo acogen (“…lo que me duele es saber la opinión que esta gente tiene de los europeos, y hago lo posible para que no me cuenten entre ellos”): habla árabe, viste con turbante, come su comida, navega en un tipo de velero africano llamado butre y se hace llamar Abd-el-Haï (servidor del viviente).

El libro tiene poder plástico (no es de extrañar que nos llegue de la mano de un pintor) y transmite una gran vitalidad; el placer del comercio, por ejemplo. Vemos una ceremonia de regateo con su mediador y su código de señales y las lamentaciones rituales. También vemos una operación quirúrgica. Monfreid nos describe al brujo operador como a un hombre joven con el pelo crespo, como es natural, largo, teñido de rubio y todo él vestido de forma estrafalaria. Se trata de coser tejidos internos —el estómago, me parece— y lo hace por medio de unas termitas carnívoras que tienen unas pinzas muy potentes. Al acercar el insecto de forma adecuada, éste clava las pinzas y es inmediatamente decapitado por el brujo. Se repite la maniobra las veces que haga falta y queda un cosido con grapas naturales, de las que el cuerpo asimila bien. El autor nos transmite también el embrujo de las perlas —momentos que constituyen los párrafos más líricos del libro—, y, al mismo tiempo, la terrible dureza de su recolección: se buceaba sin ningún aparato auxiliar. Monfreid podría calcular, viendo hermosos escotes de europeas con sus collares de perlas, el número de vidas que habían costado esas joyas.

Es una obra crítica con el colonialismo, por lo menos con sus métodos. Veamos una estampa  típicamente colonial. El protagonista está en Assab, un pequeño puerto con una penitenciaría, bajo dominio italiano. Allí sólo viven dos europeos, el comandante y el doctor, y están enfadados entre sí, no se hablan. Los presos son somalíes y se las han arreglado —no se nos cuenta cómo— para dormir casi todo el día; así pasan la mayor parte del tiempo de su cautiverio ausentes de algún modo. En la escena que sigue hablan de un panka, un abanico de los que se cuelgan del techo y son accionados tirando de una cuerda:

“Dejo al buen doctor con su siesta. Puede dormir sin moscas grcias al panka, pero me ha contado que había tardado mucho en encontrar la manera de que el prisionero no se durmiera al mismo tiempo que él. Probó con el revólver. ‘Nada mejor —me dijo— para poner en pie a alguien dormido que una detonación’. A pesar de ello, el negro acabó por acostumbrarse. Decidió después colocar una jarra de agua colgada del techo con un cordel pasado a través de una polea. El encargado del panka debe sostener el cordel con la mano; si se duerme y suelta el cordel, recibe en la cabeza el contenido de la jarra. Sin embargo, llegó a poder dormir sin soltar el hilo. Había que levantarse para cortarlo. Por fin, al cabo de un mes, encontró el truco: un taburete alto de cuatro pies, al que se le ha serrado uno, le sirve de pedestal al paciente. Despierto y alerta, la máquina se sostiene; no obstante, si sobreviene una ligera somnolencia y el balanceo del cuerpo le hace perder el equilibrio, entonces el desgraciado se precipita al suelo con gran estruendo. Contemplo un momento a este joven prisionero que durante tres horas ejercerá de estilita sobre su escabel, y me acuerdo de las cosas que se cuentan de la antigua esclavitud.”

Vivimos, en fin, las dificultades y emociones de sortear tempestades y hombres, distinguiendo los amigos de los enemigos. Sería una novela de corte romántico si no fuera por la gran contención de los sentimientos que, sin embargo, están representados: la amistad, la lealtad, el odio, la piedad. De lo que no hay nada es de amor y sexo. Probablemente se deba a que la obra está basada, como hemos dicho antes, en las cartas que el autor escribía a su mujer y ciertos temas preferiría no tocarlos. El libro más bien tiene una grandeza clásica. El lector se hace pequeño ante un héroe que está muy por encima de sus posibilidades, pero huele una libertad extraordinaria y la vive leyendo.

¿Y Henry de Monfreid? ¿Quién era?


Henry de Monfreid nació el 14 de noviembre de 1879 y murió el año 1974, es decir, vivió 95 años. Sus lugares de infancia fueron, por una parte, el chateau Saint Clément o Sant Climent en Corneilla-de-Conflent, frente al Canigó. Esta era la casa del padre, que provenía de la abuela, así como el apellido, una abuela casi tan intrépida como su nieto. Por otra, la familia de la madre era propietaria de un balneario en La Franqui, un pueblecito de la costa mediterránea cercano a Perpiñán. Así que Monfreid era  catalano-francés. Su padre era pintor, amigo de Gauguin, tan amigo que, al marchar éste a los mares del sur, le dejó sus cuadros y después, desde Tahití, le iba mandando sus obras para que las comercializara. Además, Daniel de Monfreid, así se llamaba el padre, se enamoró de la amante que Gauguin había dejado al partir y vivió con ella el resto de sus días. A los 31 años Henry siguió el ejemplo de Gauguin, dejó Europa; aunque, más en concreto, siguió los pasos de Rimbaud, pues se fue a Djibuti en la Somalia francesa y también vivió en Etiopía, y algunos años en Kenia. Treinta y cinco años estuvo en el África oriental con frecuentes idas y venidas a Francia. En Francia vivió los siguientes treinta y pico años de forma algo más sedentaria.

Su pasión principal fue el mar y la navegación. En segundo lugar, el comercio. Y digo en segundo lugar porque si se le ofrecía un negocio por tierra muchas veces lo dejaba pasar. Comerció, siempre que le fue posible, legalmente o si no, traficó, con café, con perlas, con armas, con hachís, incluso con alpargatas, con l’espardenya catalana en concreto. Hay un pedido de 8.000 pares d’espardenyes a Perpiñán (me he quedado con las ganas de saber si le fue bien el negocio). Quizás pensó que sería el calzado ideal para las poblaciones de África oriental. De hecho él mismo usó siempre este calzado (un día se presentó en una fiesta con smoking y espardenyes). Aparte de la escritura, sus otras aficiones fueron el piano —Armgart le había enseñado a tocarlo y lo practicó mucho, especialmente en sus últimos años— y la pintura. También había sido su mujer quien le había enseñado algunas técnicas. Durante la Segunda Guerra mundial, en momentos en los que no tenía acceso a los bancos, se puso a pintar y descubrió que sus pinturas se vendían bien entre los soldados ingleses y sudafricanos. A partir de entonces pintó y vendió sus pinturas con cierta frecuencia.

Monfreid tendía a las amistades populares. La más sólida fue la amistad con Abdi, un somalí que entró a formar parte de su tripulación cuando tenía entre los quince y los veinte años, fue su segundo de a bordo y ya no le abandonó hasta que murió a los cincuenta, más o menos. En este caso, amistad y servicio se confunden en lo que sería un papel cercano al de escudero. El escritor también cultivó amistades de artistas y de intelectuales. Por ejemplo, fue amigo de Jean Cocteau, de Teilhard de Chardin… Hay una anécdota curiosa de este jesuita, paleontólogo, “darwinista”: escribió a un amigo que tenía un cargo importante en el partido comunista francés, Vaillant-Couturier, para pedirle que usara sus relaciones con las autoridades de la Unión Sovética para conseguir que el gobernador de Turkistán dejara entrar a su amigo Monfreid en el país y le facilitara el comercio del hachís. Pero ninguna sustancia pudo tumbar a Monfreid, que fue un hombre de acción. Diseñó y construyó él mismo, con ayuda de trabajadores somalíes, varios veleros. Uno de ellos costó muchos esfuerzos pues se hizo con maderas que había que traer de lejos y cuando no hacía mucho de su botadura, naufragó. Con gran entereza Monfreid se propuso enseguida diseñar y construir otro todavía más hermoso y de mayor envergadura. Éste fue el Altaïr, su velero emblemático. Además montó una fábrica de electricidad y otra de pasta italiana en Etiopía, que funcionaron bastantes años hasta que las tuvo que dejar por los avatares de la Segunda Guerra.

Ya mayor se encontró con que unos amigos académicos le animaron a que solicitara el ingreso a la Académie. En las tres votaciones que hubo, le faltó siempre algún voto. Los académicos más artistas, Malraux por ejemplo, le apoyaban, pero los más puramente académicos decían: “¿No era pirata? Pues que sea pirata” Quizás temían que convirtiera la casa de la institución en un fumadero de opio o que cambiara el bronce de las lámparas por latón. El hecho es que Henry de Monfreid murió como un pirata. No me refiero a la muerte en sí, que le sobrevino a la vuelta de París, un día que había ido a leer relatos suyos a obreros de la Citroën (estas cosas se hacían mucho en los años setenta) y que había aprovechado para vender algunos libros, naturalmente; volvió al pueblo en su 2CV, con su traje de pana, como casi siempre, se acostó a dormir y ya no se levantó. Me refiero a la herencia.

Poco tiempo después de la muerte, se reunieron sus posibles herederos: los cuatro hijos (un quinto había muerto), la última esposa (era de Perpiñán; se llamaba Villaroge), los hijos de ella, las hermanas de ella, que vivían en casa de los Monfreid también, los hijos de una hermana, un joven del pueblo, que la pareja Monfreid había adoptado sin papeles de por medio y que los últimos años le hacía de chófer y de ayuda personal, al que quería mucho, etc. Allí estaban todos con un especialista en peritar cuadros de Gauguin, pues el legado del padre de Henry en cuadros de este artista era una de las partes principales del tesoro. Se encontraron con que todos los cuadros eran falsos. Resulta que tiempo atrás Monfreid había entrado en contacto con un copista suizo muy bueno, que le había ido copiando los cuadros. Los verdaderos fueron vendidos y sustituidos por los falsos. Nadie había notado la diferencia. Los presentes dirigieron su atención, después, a otra parte del tesoro. Sabían que el difunto era poco amigo de los bancos y que había comprado lingotes de oro, los había metido en un cofre y enterrado en el jardín de su casa. Se encontraron el cofre abierto y vacío. Parece un final de novela de corsarios que diga: CONTINUARÁ. Próxima entrega: EL MISTERIO DE LOS LINGOTES DE ORO.

Volvamos ahora  a la pregunta que al principio he dejado en el aire: ¿A qué se debe la escasa presencia de este autor, de su obra, en los ambientes literarios y, en consecuencia, en los medios de comunicación de este país? Hay que tener en cuenta que los autores importantes, paisanos suyos y estrictamente contemporáneos, con más o menos vicisitudes en la pubicación de sus obras, han tenido una buena recepción. Así ha sido en el caso de Malraux, Céline, Drieu la Rochelle, etc., y no digamos, Antoine de Saint-Exupéry. Incluso ha sido así en el caso de Blaise Cendrars, autor de libros de aventuras con cierto componente autobiográfico, el más equiparable a Monfreid. Unos de derechas, otros de izquierdas. La figura de Monfreid es incómoda para unos y otros, pero el santoral de escritores está repleto de vidas poco ejemplares. Las razones de la escasa presencia aquí tienen que ser de orden literario. En primer lugar, el estilo. Un estilo seco, directo, antirretórico por excelencia, resulta antiliterario y es tenido en menos. En segundo lugar, hay un problema de género. Los libros de viajes ocupan un lugar marginal con respecto a la novela: la estructura es abierta, no hay argumento, no suele haber personajes redondos, en el sentido de psicológicamente complejos. Por último, conviene tener presente que el tipo de héroe o antihéroe que ha caracterizado la literatura del siglo XX es un personaje neurótico, que se mira a sí mismo, es introspectivo, y se siente frágil en su relación con el medio. Hay que reconocer que probablemente sea el tipo de personaje que mejor nos represente. En cambio, el héroe Monfreid mira hacia fuera. Si alguna deriva psicológica sufre, es el quijotismo. Resulta por ello anacrónico, en el sentido de quedar fuera del tiempo, a pesar de que trata temas como la colonización, la venta de armas, etc., cuyas consecuencias están dolorosamente presentes. Tiene razón Claramunt cuando emparenta el libro que nos ocupa con las crónicas de Indias, especialmente con Bernal Díaz del Castillo. Esas historias de soldado viejo, escritas en lenguaje llano y expresivo se leen al cabo de los siglos mucho mejor que los escritos de los autores elegantes de su época. Despreciar o tener en poco  este tipo de literatura me parece cortedad de miras, sin más. Así que felicitemos al editor por haber sabido ver lo que tenía entre manos .      

Ex professora

 

[Aquest article va estar publicat al núm. 31 de la revista Sota el cel del Puig, maig de 2009.]