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Palabras para la jubilación

Breve discurso para el acto de jubilación celebrado el 24 de mayo de 2013 en la sala de actos del Instituto Puig Castellar

PALABRAS PARA LA JUBILACIÓN

1. Gracias. Gracias, ésa tiene que ser la primera palabra porque es probablemente de las más hermosas. Gracias por haber venido. Gracias a los que han intervenido por lo que han dicho (Agustina Rico, Carles Gil, Diego Arroyo, Mercè Romaní, Mercè Pau, Juanjo Leyva, Merche López de Coca, Olga Hernández, Germán Madrid, Sandra Ginel, Noelia Lorenzo y Míriam Pérez) y gracias a los que no habéis hablado pero estáis aquí. Gracias también a quienes hubieran querido y no han podido venir hoy.  

...Y ahora, como soy de lengua y literatura y lo habitual en las jubilaciones es hablar de algún tema relacionado con la propia especialidad (muchos de vosotros recordaréis, por ejemplo, las últimas lecciones, magistrales y eruditas, que dieron en esta misma sala, con motivo de su jubilación, el 12 de diciembre de 2008, Josep Mercadé, que habló de las luces y sombras de una investigación sobre el ajedrez en la literatura, y Mercè Romaní, que habló de la honestidad intelectual aplicada a la investigación filológica sobre el Poema de Mio Cid), yo, que no soy especialista de nada, comentaré diez palabras (tantas como dedos, porque son los dedos de las manos la base del sistema decimal, el de base 10) y por eso empiezo ahora con la primera, la palabra: gracias, y lo haré al modo que hacemos a veces los profesores de lengua cuando damos clase, señalando su etimología y algunos de sus significados. (De hecho, concibo el comentario de estas diez palabras como una especie de repaso de algunos temas de los que hemos tratado en clase.)

La palabra gracias deriva del latín, de gratia, que se refiere a lo que es grato y agradable. Además de conservar esa connotación positiva, en castellano esa palabra se ha cargado de muchos otros significados. Pensemos, por ejemplo, que no es lo mismo hacer gracia, que caer en gracia o que tener gracia, ni que maldita la gracia. La palabra gracia puede referirse tanto a las cualidades de una persona (cuando decimos de alguien que “tiene mucha gracia”) como a lo que nos hace reír o, incluso, en la religión cristiana, al don que concede Dios a los que se han bautizado. Pero yo aquí, al decir gracias, quiero referirme al sentido de esa palabra cuando sirve para mejorar el mundo, para hacerlo más amable, para unirnos a los otros, incluso a los desconocidos que nos han hecho un pequeño favor al decirnos la hora por la calle cuando se la hemos preguntado o al servirnos un café en la cafetería de la esquina. Como me siento muy honrado por esta celebración, que quizá no merezco tanto como vosotros mi agradecimiento, quiero destacar que a lo largo de los años he recibido del Puig y de su gente mucho más de lo que yo puedo haber dado, y este acto, muestra de vuestra generosidad, viene a corroborarlo. En esta casa, entre vosotros, he aprendido algunas lecciones de vida, y una de ellas la formuló el poeta griego Seferis: “La vida es lo que damos”.

2. Recordar. Esta palabra viene también del latín, de cor, corazón, por lo que cuando decimos recordar estamos diciendo “volver a traer o a pasar por el corazón”, por lo mismo que cuando decimos de alguien, por ejemplo, de don Quijote, que está cuerdo (palabra que  asimismo deriva de cor), queremos significar que está en su sano juicio, es decir, que vive en armonía con su corazón. Ahora quiero acordarme, es decir, volver a traer al corazón, muy especialmente a Sebastián López, que no puede estar hoy con nosotros por encontrarse todavía en Can Ruti, pero que sé que nos manda un abrazo a todos —él, tan generoso y tan desprendido siempre. Y también quiero recordar a otras personas que nos dejaron hace tiempo: a inolvidables profesores y amigos como Luis Varela, Raúl Ruiz, Antonio Segarra, Luisa Vives, Ana Córdoba, María Pau y Rosa Fernández; a queridísimos alumnos, como Mónica Moreno, Agustín Santafé, David Botello, Marta Riofrío y otros que seguramente olvido; a padres del AMPA, como Antonio Calvo y Dolores García; a personal no docente, como el Sr. Rubio, y a señoras de la limpieza como Antonia y Eugenia. Conservamos de todos ellos viejos y entrañables  recuerdos que nos hacen seguir queriéndolos. Así que el acto de hoy, más que para celebrar mi jubilación, tiene que servir para fortalecer o revivir los vínculos de esta gran familia que somos la gente del Puig, entre los que seguimos aquí y los que ya no están con nosotros.

3. Azar.  La palabra azar procede del árabe y significaba “flor”. Entró en el castellano para referirse a una de las caras de los dados que estaba adornada con una flor; luego sirvió para referirse al dado mismo y posteriormente fue tomando el sentido de “casualidad” que tiene ahora.

“Dios no juega a los dados”, decía Einstein, y con ello quería decir que lo que ocurre en el universo obedece a ciertas leyes físicas y que estas leyes no pueden romperse arbitrariamente ni adaptarse a nuestro capricho o a nuestras necesidades del momento. Pero a la vez decimos que son fruto del azar aquellos sucesos cuya causa no sabemos reconocer. Por su parte, los poetas surrealistas prefirieron hablar de azar objetivo para referirse a las coincidencia inesperada de dos hechos, lo que la persona desea y lo que el mundo le entrega, como cuando nos encontramos por la calle con alguien de quien veníamos hablando o en quien estábamos pensando. Una sincronicidad.

Ahora quiero evocar un hecho de esas características, un hecho emocionalmente intenso y con larga proyección temporal. Ocurrió el 26 de octubre de 1979, el día en que llegué a este instituto por primera vez. Antes de ese día yo había trabajado de metalúrgico, de empaquetador de periódicos, de auxiliar administrativo en Correos, de peón de albañil, de corrector tipográfico y de profesor en dos centros, uno privado y otro municipal. Pero como el verano de 1979 había ganado las oposiciones libres, tenía que elegir centro donde ejercer. Así que nos reunieron la mañana de aquel día a los opositores en la Delegación del Ministerio de Educación  (todavía no existía el Departament d'Educació) y nos presentaron una lista con las plazas vacantes de cada materia. Elegí el Institut Eugeni d'Ors del barrio de San Roque, pues por entonces yo vivía en Badalona y tenía dos amigos en ese instituto. Me fui en autobús a San Roque (por entonces el metro no llegaba hasta allá) y cuando llegué el director me dijo que mi plaza ya se la habían asignado a un profesor interino. Esas cosas, queridos amigos, pasaban entonces. Bien. No importa, me dije. Al mal tiempo, buena cara. Volví a la Delegación, expliqué el caso y me ofrecieron elegir de nuevo. Ya quedaban pocas plazas vacantes de mi asignatura, entre ellas la de un instituto de Santa Coloma, el nuestro. Aquella tarde llegué a nuestro instituto y conocí primero a Amparo Rallo, que era la secretaria, y después a Antoni Mussons, que era el director. Aunque yo era profesor de lengua y literatura castellana, por un error administrativo de nuestra Delegación la plaza que ocupé aquel año no era de esa materia, sino de otras materias afines (de latín y filosofía). Y así, dando clases de latín y filosofía fue como conocí a algunos de los que esta tarde estáis aquí. Por azar.

4. Ojos. He dicho antes que la palabra gracias sirve para unir, pero, por supuesto, hay muchas maneras de unir a una comunidad, como hay muchas maneras de expresar agradecimiento. Por ejemplo, con la sonrisa o con la mirada.

Uno de los motivos más frecuentes en la poesía española de todos los tiempos es el de los ojos, el de la mirada. Si nos fijamos en las jarchas, por ejemplo, allí tenemos una memorable:
            
            Tanto amor, tanto amor,
            amado, tanto amor.
            Enfermaron mis ojos
            y me duelen con dolor.

Como vemos, la muchacha que se lamenta aquí ha enfermado de tanto llorar por amor. Los ojos, la parte más sensible del rostro, expresan y encarnan ese sufrimiento.

De la misma manera, en los primeros versos del Poema de Mio Cid, encontramos:

            De los sos ojos tan fuertemientre llorando
            tornava la cabeça e estávalos catando,
            vio puertas abiertas e uços sin cañados,
            alcándaras vazías, sin pielles e sin mantos
            e sin falcones e sin adtores mudados.

Y estos versos también nos resultan admirables, porque nos presentan a un guerrero que llora a pesar de que tantas veces se nos haya dicho que “los hombres no lloran”, aunque este hombre no llora por los mismos motivos que la mujer de la jarcha; llora por motivos políticos: llora porque ha sido desterrado.

En otro poema célebre, un madrigal de Gutierre de Cetina, poeta castellano del s. XVI, se dice:

            Ojos claros, serenos,
            si de un dulce mirar sois alabados,
            ¿por qué, si me miráis, miráis airados?
            Si cuanto más piadosos,
            más bellos parecéis a aquel que os mira,
            no me miréis con ira,
            porque no parezcáis menos hermosos.
            ¡Ay tormentos rabiosos!
            Ojos claros, serenos,
            ya que así me miráis, miradme al menos.

Y me gustaría llamar la atención sobre este último verso: “Ya que así me miráis, miradme al menos”, porque nos recuerda que hay algo que puede ser más cruel que el enfado o la ira,  y es la indiferencia. Que los ojos del otro no nos miren, que el otro nos trate como si fuéramos cosas que ni merecen ser miradas.

En otro poema, éste de Garcilaso de la Vega, se dice:

            En tanto que de rosa y azucena
            se muestra la color en vuestro gesto,
            y que vuestro mirar ardiente, honesto,
            enciende al corazón y lo refrena...

Nos encontramos aquí con la fuerza magnética de los ojos: una mirada ajena puede encender el deseo, pero también serenar, tranquilizar el corazón más ardiente e impetuoso.

Y dice Miguel Hernández:

            Mis ojos, sin tus ojos, no son ojos,
            que son dos hormigueros solitarios...

... Con lo que parece señalar que los ojos encuentran su sentido cuando miran lo que desean y se encuentran con la mirada amada.

Y, por último, César Vallejo, en “Los heraldos negros”:

        ...vuelve los ojos locos, y todo lo vivido
        se empoza, como charco de culpa, en la mirada.
        Hay golpes en la vida, tan fuertes. ¡Yo no sé!

... Nos advierte que el dolor de vivir se acumula en la mirada como un pozo sin fondo, como si en la mirada quedaran registradas las huellas de nuestra existencia de una manera más sensible que en cualquier otro órgano.

Así que con esta breve muestra sólo quería señalar que la amplia diversidad de los sentimientos humanos podría estudiarse a partir de las referencias a los ojos en la literatura.

5. Deslocalización. ¡Qué palabra tan fea, Dios mío! Efectivamente, los profesores de lengua a veces comentamos versos y palabras hermosas, pero otras veces nos toca aclarar palabras sobre lo que pasa en la calle, pues tratamos de enseñar para la vida. En fin, se llama deslocalización al proceso de trasladar empresas y negocios desde los países desarrollados a países del Tercer Mundo donde la mano de obra es más barata y donde, frecuentemente, los trabajadores carecen de derechos laborales.

En la tragedia de Daca (Bangla Desh) del pasado 24 de abril (hoy hace exactamente un mes), cuando se hundió un edificio de ocho plantas en el que trabajaban miles de trabajadores textiles, murieron por lo menos 1127 personas y resultaron heridas 2437. La última de las personas rescatadas con vida de entre los escombros es Reshma Begum, una costurera de 19 años, que permaneció sepultada durante diecisiete días: “Durante todos esos días, sólo comí cuatro trozos de galleta y bebí un poco de agua”, dijo.

http://www.thestar.com/content/dam/thestar/news/world/2013/05/13/bangladesh_factory_collapse_seamstress_who_survived_17_days_in_rubble_i_never_thought_of_coming_back_alive/reshma_begum.jpg

¿Nos basta con que algunas empresas, entre ellas empresas españoles, pacten lo que ellas llaman “mejoras de seguridad” para el futuro cuando más de 1100 personas han muerto sepultadas bajo los escombros? ¿Por qué no se aplican las condiciones laborales de Occidente y los derechos internacionales a los trabajadores de los países del Tercer Mundo? ¿Por qué los periódicos españoles tardaron más de dos semanas en ofrecer en sus portadas información sobre esta tragedia?

6. Desahucio. Otra palabra nueva, otra palabra fea, otra palabra que hemos tenido que explicar frecuentemente a los alumnos, incluso para recordarles cómo se escribe. De la palabra desahuciar los diccionarios daban normalmente tres significados:

1. Declarar a un enfermo incurable y sin esperanza.
2. Quitar las esperanzas a una persona.
3. Obligar a un inquilino o arrendatario a abandonar su casa.

Y, curiosamente, estos tres significados, como consecuencia del mayor uso social, han invertido su orden, y la tercera acepción resulta ser ahora la primera. En realidad, la palabra desahucio puede asociarse a otras palabras con prefijo negativo; por ejemplo, desvergüenza, la desvergüenza que tuvieron bancos y notarios al aceptar contratos abusivos a sabiendas de que no era moralmente aceptable... Y así vamos viendo que al hablar de lengua y literatura estamos hablando también del estado del mundo.

7. Goya. Algunos de los recuerdos más hermosos que conservo relacionados con el instituto tienen que ver con las excursiones. Una excursión que dio en su momento mucho de sí fue la que durante años hacíamos a Soria con los alumnos de COU (primero la habíamos probado Rosa y yo con nuestra hija María). Salíamos de Santa Coloma el viernes por la mañana, llegábamos a Belchite, en la provincia de Zaragoza, y allí, entre las ruinas que quedaron como testimonio de la Guerra civil, evocábamos algunos acontecimientos de esa tragedia. Más tarde visitábamos el Museo del Grabado de Goya, y entre los grabados siempre había alguno en el que nos deteníamos y nos llamaba la atención. Por ejemplo, fíjense en éste, “Tú que no puedes”.


http://commons.wikimedia.org/wiki/File:Museo_del_Prado_-_Goya_-_Caprichos_-_No._42_-_Tu_que_no_puedes.jpg?uselang=es

 

El título es la primera parte de un refrán: “Tú que no puedes, llévame a cuestas”. Este grabado, el número 42, pertenece a la serie de los Caprichos, y dentro de ésta, más concretamente a las Asnerías, y, como ha recordado Juan Pedro Quiñonero (España, una temporada en el infierno, nº 2), representa “una parábola de la vida cívica española de la época gobernada por asnos […] Los ciudadanos doblan sus espaldas para ser montados por unos asnos que clavan sus espuelas en el vientre y el encorvado lomo de los hombres condenados a llevar a cuestas a las acémilas que los gobiernan”. De este grabado, como de otros, se han destacado dos ideas: a) Que los caballeros son en este caso las verdaderas caballerías, y b) Que los pobres y clases útiles de la sociedad llevan todo el peso de ella y a los verdaderos burros a cuestas. Los hombres representan aquí a España, mientras que los burros representan a los políticos en general y, más particularmente, a dos, a Caballero y a Urquijo. Con el primero de los burros Goya se refiere irónicamente al ministro Caballero, que sustituyó a Jovellanos en 1798, durante el reinado de Carlos IV de Borbón (popularmente llamado El Cazador, ya podéis imaginar por qué). Jovellanos, un intelectual ilustrado, había sido ministro de Justicia desde noviembre de 1797 a agosto de 1798 y había intentado reformar la justicia y acabar con la influencia de la Inquisición, pero sólo pudo estar 9 meses de ministro, y luego fue sustituido por Caballero, que tiró abajo todo lo que Jovellanos había reformado. Y el segundo personaje era Urquijo, hombre altivo y contradictorio, que aunque pertenece al sector ilustrado había destituido a Jovellanos. Así que mirando este grabado podemos entender la relación entre gobernantes y gobernados en la España del siglo XIX sobre la que ironiza Goya y acaso también en la de nuestros días.
 
8. Machado. En esas excursiones, cuando dejábamos atrás Fuendetodos y el Museo del Grabado, nos dirigíamos al albergue de Veruela o al de Borja, según. donde pasábamos parte de la noche leyendo versos en voz alta en medio del bosque. Al día siguiente, el sábado, visitábamos la ciudad mudéjar de Tarazona, las iglesias románicas de Soria, las ruinas de Numancia... y los paisajes por donde transcurrió parte de la vida de Antonio Machado. Llevábamos flores a la tumba de Leonor y leíamos poemas junto al Duero:

        Al olmo viejo, hendido por el rayo
        y en su mitad podrido,
        con las lluvias de abril y el sol de mayo
        algunas hojas verdes le han salido.
        ¡El olmo centenario en la colina
        que lame el Duero! Un musgo amarillento
        le mancha la corteza blanquecina
        al tronco carcomido y polvoriento.
        No será, cual los álamos cantores
        que guardan el camino y la ribera,
        habitado de pardos ruiseñores.
        Ejército de hormigas en hilera
        va trepando por él, y en sus entrañas
        urden sus telas grises las arañas.
        Antes que te derribe, olmo del Duero,
        con su hacha el leñador, y el carpintero
        te convierta en melena de campana,
        lanza de carro o yugo de carreta;
        antes que rojo en el hogar, mañana,
        ardas de alguna mísera caseta,
        al borde de un camino;
        antes que te descuaje un torbellino
        y tronche el soplo de las sierras blancas;
        antes que el río hasta la mar te empuje
        por valles y barrancas,
        olmo, quiero anotar en mi cartera
        la gracia de tu rama verdecida.
        Mi corazón espera
        también, hacia la luz y hacia la vida,
        otro milagro de la primavera.

Como sabemos, ese milagro de la primavera que pedía Machado, la curación de Leonor, no se realizó. Y cuando ella murió, Machado volvería a Andalucía, después otra vez a Castilla, y más tarde, con la Guerra civil, al exilio. Lo hemos contado muchas veces. Murió el 22 de febrero  de 1939 en Colliure, Francia, donde está enterrado y donde tantas veces visitamos su tumba.

De Machado aprendimos una nobleza muy distinta de la de los personajes que retrató Goya en el grabado que hemos comentado. Por eso pudo escribir con toda honestidad y coherencia aquellos otros versos:

        Y cuando llegue el día del último viaje
        y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,
        me encontraréis a bordo, ligero de equipaje,
        casi desnudo como los hijos de la mar.

9. Ushebti. En los últimos años no hemos ido ni a Soria ni a Colliure, sí hemos ido, en cambio, con los alumnos de 1º de ESO al Museo Egipcio de Barcelona, y les ha encantado, y cuando los alumnos disfrutan aprendiendo, el profesor, lógicamente, también disfruta. Y una de las cosas que más admiraban en esta visita era ver ushebtis y conocer su significado. Esta palabra egipcia significa «los que responden» y es el nombre de unas estatuillas que, en el Antiguo Egipto, se depositaban en la tumba del difunto. La mayoría estaban hechas de cerámica, madera o piedra. Servían para trabajar por el difunto en la otra vida. Si uno por ser muy rico podía costearse poner en su tumba tantos ushebtis como días tiene el año, eso significaba que ya no trabajaría más en la otra vida, porque cada ushebti trabajaba un día al año. Como vemos, los egipcios tenían ya una visión negativa del trabajo y preferían no tener que seguir trabajando en el más allá. En realidad, esta visión negativa del trabajo tiene su pequeña historia. En nuestra tradición cultural primero está la historia bíblica. En el Paraíso terrenal el demonio disfrazado de serpiente les planteó a Adán y Eva un dilema: ¿qué preferís? ¿comer de este fruto que os ofrezco y tener libertad o renunciar a comerlo y tener felicidad eterna? Adán y Eva, según parece, escogieron la libertad, aunque eso les supusiera fatigas y trabajo.  Además, en castellano tenemos que la palabra trabajo deriva de tripalium, un antiguo instrumento de tortura formado por tres palos. De ahí, que la palabra trabajo desde muy antiguo tenga asociado el significado de sufrir. Y por eso mismo algunos oponen al trabajo la jubilación, porque la palabra jubilar, por derivarse de júbilo, significa lanzar gritos de alegría por haberse retirado del trabajo, aunque de hecho cada uno vive la jubilación a su modo, unos con alegría, otros con nostalgia y otros como una nueva oportunidad.

10. Alumnos. La palabra alumno deriva del latín alere, que significa alimentar, por lo que un alumno sería una persona que ha sido alimentada o nutrida por otras con más conocimiento y experiencia (en la Antigua Roma se llamaba alumnos a los que habían sido criados por otros). Por esa razón, por esa contribución a su formación, después de los padres son acaso los profesores quienes más se alegran de los reconocimientos de sus antiguos alumnos. Cuando somos niños quizás todos hemos pensado alguna vez que a las personas que vamos conociendo seguiremos viéndolas siempre y que nadie desaparece del todo de nuestra vida. Luego, el curso de los acontecimientos se va encargando de dejar ese deseo en su justa o injusta medida, y a muchas personas que queríamos no volvemos a verlas nunca. Por mi parte, a lo largo de los años he ido guardando las orlas con las fotografías de los alumnos de cada grupo. Mirando estas orlas uno puede pensar qué habrá sido de tantas vidas: ¿qué habrá sido de Fulanito, que estaba siempre distraído en clase y al que no conseguiste convencer de que tenía que estudiar? ¿Qué camino habrá seguido Zutanito, tan trabajador, tan entusiasta? ¿Qué habrá hecho aquella chica tan sonriente, siempre alegre a pesar de las reprimendas? ¿Qué habrá sido de aquel con quien un día te enfadaste y le dijiste algo que no tendrías que haberle dicho? ¡Son tantas las miradas, tantos los recuerdos, tantas las palabras...! ¡Es imposible retenerlo todo! Antonio Machado, para acabar citándolo otra vez, lo dijo: “Todo pasa y todo queda”. Pasa el agua del río pero el río —el cauce— queda. Pasan los alumnos, lo que vivieron, lo que aprendieron en las aulas, en la pequeña familia que se forma cada vez que un profesor o una profesora entra en el aula. Pero algo de eso seguramente queda: la prueba viviente sois vosotros. Gracias por estar aquí.

Francisco Gallardo Díaz

Santa Coloma, 24 de mayo de 2013.