Prensa y literatura

Artículo publicado en Enseñar literatura en secundaria, libro coordinado por Glòria Bordons y Anna Díaz-Plaja. Editorial Graó (Serie Didáctica de la lengua y la literatura, núm. 214), Barcelona, 2006.

Prensa y literatura

 

Francisco Gallardo Díaz

IES Puig Castellar

(Santa Coloma de Gramenet)

 

1. El periodismo

 

Las crónicas de sucesos de los periódicos y la novela picaresca son dos subgéneros narrativos que no guardan gran parecido formal y, sin embargo, tienen algún antepasado común, los avvisi (avisos),  hojas manuscritas cuyos autores, verdaderos profesionales del reporterismo, eran conocidos en la Italia renacentista como menanti, novellanti o gazzetanti[1].  Uno de los más famosos menanti fue Pietro Aretino (1492-1556), llamado azote de príncipes por las noticias escandalosas que incluía en sus avvisi.

En el siglo XV no era infrecuente transmitir información sobre sucesos raros o curiosos mediante ese tipo de hojas, como respuesta a las solicitudes de eclesiásticos, gobernantes y hombres de negocios. A partir de 1454, con la aparición de la imprenta, se abaratan los costes de producción y aumenta la difusión de los avvisi. Lázaro de Tormes, por ejemplo, escribe una de esas cartas para comunicarle a su corresponsal —a quien llama Vuestra Merced— noticias sobre sus orígenes y motivos para justificar su caso —su interesada ceguera hacia el trato supuestamente íntimo que su mujer mantiene con el Arcipreste de San Salvador.

            Los avissi, aunque fueran encargos de quien podía pagarlos, respondían a una demanda de información, a una necesidad ancestral de saber lo que les pasa a otros. No fueron, sin embargo, la primera manifestación del espíritu del periodismo: si queremos buscar los orígenes más remotos de la prensa y de la figura del periodista, tenemos que remontarnos a Heródoto, quien ha sido calificado, con razón, como el  primer periodista de la historia (Kapuscinki, 2003).

            Heródoto tiene las cualidades que se les requieren a algunos periodistas: disposición para viajar a los lugares más apartados, curiosidad por lo que pasa más allá del ámbito cotidiano, capacidad para observar y escuchar lo que los demás puedan contar, falta de prejuicios étnicos y, sobre todo, vocación de informar verazmente. Muchos reporteros contemporáneos nuestros, entre ellos Ryszard Kapuscinski o Robert D. Kaplan,  tienen un afán profesional similar. Tanto Kapucinski como Kaplan, aunque desde posiciones ideológicas distintas, escriben sus reportajes  después de haber contrastado su información y de haber conversado con la gente más diversa, sean caciques locales, funcionarios o sirvientes.

            Las cualidades periodísticas que pone en evidencia Heródoto no son comunes a todos los precursores. Muchos de los redactores de los murales que recogían las hazañas imperiales (los llamados actuari), como otros analistas e historiadores de la antigua Roma, escribían para promover una causa; eran meros propagandistas. Como lo serían algunos juglares en la Edad Media o, más tarde, en Inglaterra, Milton, Defoe y Swift, autores muy representativos del periodismo partidista de su tiempo.

            Aunque la prensa se institucionalizara entre 1600 y 1650 gracias a la aparición de numerosas publicaciones tendenciosas, el primer diario nació con vocación de imparcial. El Daily Courant nació en 1702 (el 11 de marzo) con una única finalidad: transmitir noticias de manera objetiva, una finalidad distintiva del periodismo anglosajón frente al latino, tradicionalmente más proclive a incurrir en comentarios o valoraciones subjetivas. Su influencia, como la de los otros medios, es difícil de ponderar.

En 1712 Londres tenía medio millón de habitantes, y de su población adulta sólo un 10% sabía leer; los periódicos alcanzaban una tirada global de unos 44.000 ejemplares, pero no debe olvidarse que cada ejemplar podía ser leído por varios lectores, pues existía la costumbre de reunirse en los cafés para leer las noticias y comentarlas públicamente. Por eso no extraña saber que, ante el progresivo abaratamiento de la prensa, el gobierno estableciese el impuesto Timbre, con el que trató de impedir el avance de un medio cada vez más popular y, por tanto, más influyente. Muchas publicaciones tuvieron que cerrar por no poder hacer frente a semejante gravamen, entre ellas la prestigiosa e imitada The Spectator, que habían fundado Richard Steele y Joseph Addison en 1711.

            En el siglo XIX, con la invención del telégrafo (1837) y del teléfono (1875), el periodismo amplió sus posibilidades comunicativas hasta convertirse en un fenómeno de masas. Al mismo tiempo, algunos editores astutos, como Joseph Pulitzer (1847-1911), supieron rentabilizar las empresas periodísticas con nuevas fórmulas (bajo precio, lenguaje sencillo, presentación llamativa y, sobre todo, claves para conseguir la identificación del lector con su periódico).

Desde que existen periódicos no ha habido acontecimiento histórico de relevancia que no haya sido recogido como noticia. Esto ha llevado a mitificar la profesión del periodista, a considerarlo a menudo como un héroe por estar en la primera línea de los hechos aunque fueran bélicos. Pongamos por  caso John Reed, autor de famosos reportajes sobre las revoluciones mexicana y soviética. En la presentación de Diez días que estremecieron el mundo, recuerda una de sus normas: “En la contienda mis simpatías no fueron neutrales. Pero al relatar la historia de aquellos grandes días, me he esforzado por observar los acontecimientos con ojo de concienzudo analista, interesado en hacer saber la verdad.”

Si en la Primera Guerra Mundial y en la Revolución rusa la prensa desempeñó un papel informativo preponderante, después, ante otros grandes acontecimientos, tuvo que aprender a  convivir con los nuevos medios, especialmente la radio y la televisión, capaces de transmitir información de manera más inmediata. Este reto le ha supuesto acentuar algunos de sus rasgos distintivos actuales: por ejemplo, la presentación de noticias acompañadas de análisis y comentarios.

La vieja dicotomía del periodismo entre informar y formar ha quedado superada. Podemos enterarnos por televisión, radio, Internet o el móvil de hechos procedentes de cualquier lugar del planeta en el mismo momento en que están sucediendo; ahora bien, tener opinión propia sobre esos hechos requiere tiempo, reflexión, cierto grado de recelo y… la posibilidad de frecuentar un periodismo más interpretativo. “La Vanguardia no se hace responsable de la opinión de sus lectores. Pero sí de que la tengan”, dice un eslogan publicitario de ese diario.

Frente al descubrimiento de un nuevo medio, no faltan nunca las voces apocalípticas que anuncian la desaparición de los anteriores. Esto pasó ante la llegada de la imprenta: muchos creyeron que se avenía el fin de la letra manuscrita y, sin embargo, en el siglo XVI proliferaron más que nunca los libros de caligrafía y los avvisi manuscritos convivieron durante algún tiempo con los impresos. En nuestros días, los libros impresos en papel no se han visto afectados por la aparición de libros en formato de CD-Rom ni los periódicos por el uso de Internet.

Los viejos medios se enriquecen con los recursos técnicos de los nuevos. Los periódicos se publican también en versión electrónica y los lectores se aprovechan de las ventajas de cada soporte según las circunstancias del momento. Nos enteramos de las noticias que publica el periódico digital al leerlas en la pantalla del ordenador; pero las interpretamos con más atención al leerlas sobre el papel.

 

           

2. Escritores periodistas y periodistas escritores

 

El matrimonio entre literatura y periodismo no ha sido siempre tan indivisible como hoy. En la historia de la literatura, no han faltado descalificaciones para algunos escritores por haber escrito en periódicos. Los motivos de estas críticas se amparaban en supuestas razones éticas o estéticas.

La palabra gaceta, según Corominas, antes que de la moneda del mismo nombre, derivaría de gazza, ‘urraca’ en italiano, “por la verbosidad mentirosa de las gacetas”; no hablemos ya de los gacetilleros, pues tampoco la palabra connota prestigio. Los escándalos derivados de montajes informativos por parte de reporteros sin escrúpulos golpearon recientemente a The New York Times y a The Washington Post, pero estos casos son anécdotas y no merman la credibilidad general del medio.

Las argucias filosóficas y estéticas para descalificar a Camus por periodista no se sostienen: “no sólo trató de hacer pensar sino también de conmover sin truculencia, con hermosa sencillez” (Savater). Para los aficionados a la jerga filosófica, la claridad del Camus periodista podía ser un demérito; pero sólo para ellos, no para el lector corriente.

En cualquier caso, ni los prejuicios ni las descalificaciones han impedido a muchos escritores ser periodistas ni a numerosos periodistas ser escritores (la simbiosis es tan perfecta en algunos casos, que se hace difícil determinar qué fue primero). A veces, en efecto, muchos escritores han recurrido al periodismo para defender una causa política y para influir más directamente en la opinión pública. Es el caso del poeta John Milton, quien, en tiempos de gran agitación política y de furibundas polémicas, publicó libelos en inglés y en latín en defensa del divorcio, contra la censura y favor del regicidio. O de Jonathan Swift, quien, según parece, se jactaba de que un artículo suyo —“La conducta de los aliados”— hubiera sido decisivo para acabar con una guerra.

Daniel Defoe, fundador y casi único redactor de The Review, tiene igualmente gran interés para los estudiosos de la interdependencia entre prensa y literatura. No sólo porque fuera víctima de la censura —una constante en las relaciones entre prensa y poder político—, ni porque la desaparición de su Review le obligara a buscar una nueva profesión y a ejercer como novelista (tenía siete hijos), sino porque trasladó al terreno de la ficción acontecimientos reales previamente difundidos por la prensa y dio origen con ello a un nuevo tipo de relato: Diario del año de la peste, El año del gran viento y, especialmente, Robinson Crusoe. Una leyenda pretende que Defoe, para escribir esta última novela, llegó a entrevistar a Alexander Selkirk, náufrago en una isla desierta frente a las costas de Chile, pero numerosos indicios hacen pensar que ni como periodista ni como novelista acostumbraba a contrastar sus informaciones.

Entre los españoles, un autor en el que confluyen con gran autenticidad los intereses creativos y periodísticos es Mariano José de Larra, fundador de periódicos satíricos y autor de artículos en los que manifiesta su confianza en la verdad por amarga que sea y su desazón ante quienes pretenden manipularla. Su periodismo comprometido (patriótico) dejará una fuerte huella moral en autores y publicaciones posteriores.

Las relaciones entre literatura y periodismo conocen un nuevo capítulo a partir de 1836, cuando aparece en un periódico francés, Le siècle, la primera novela de folletín (“roman feuilleton”). La moda de publicar novelas de folletín se extenderá rápidamente por toda la prensa europea y norteamericana.

Las páginas del folletín incluían, en un principio, capítulos de novelas, además de artículos políticos, de costumbres, poesías, etc.; pero, ante las exigencias del público, ese espacio fue acaparado por la novela. La fórmula de impresión y distribución de la novela de folletín se entrecruza con la de la novela por entregas, ligeramente anterior. Dickens, por ejemplo, empleó ambas fórmulas.

En cualquier caso, la novela de folletín contribuyó a aumentar la tirada de algunos diarios y acarreó, de paso, numerosas consecuencias literarias. Para empezar, algunos autores tuvieron que ajustarse a los gustos y convenciones literarias de la clase media para poder llegar a un público más amplio. Otro efecto más trascendente es el que observa McLuhan (1968) sobre Edgar Allan Poe y Dickens: al tener que escribir una historia en función del final para llegar a sorprender al público, ambos narradores la imaginan de atrás hacia delante, lo que conlleva una mirada simultánea sobre toda la composición. Ésta, concluye McLuhan, es una de las repercusiones de la tecnología de la prensa sobre los procesos mentales.

La afición de los lectores al estilo periodístico produjo una nueva decantación: los autores más alejados de ese estilo (por ejemplo, Melville) no tuvieron la misma acogida entusiasta que otros más periodísticos (caso de Mark Twain).

Con Mark Twain nos situamos de nuevo ante un autor en el que resulta difícil separar los componentes periodísticos y literarios. Sus obras literarias están escritas con la misma agilidad y desenvoltura con que escribía sus artículos periodísticos. Mientras era buscador de oro en las tierras del Oeste, pasó de ser periodista a narrador; no inventaba nada: le bastaba con describir el espectáculo de su entorno (vaqueros, aventureros, charlatanes, etc.). Añadía, eso sí, su punto de vista descarado y humorístico, lo mismo que cuando escribió Un yanqui en la corte del rey Arturo, el desprejuiciado relato de su viaje a Europa.

Hemingway admitía que Huckleberry Finn estaba en el origen de la literatura norteamericana moderna. Tanto él como su coetáneo Dos Passos son periodistas novelistas, reporteros audaces, viajeros impenitentes. Además de escribir expresivas crónicas de guerra, ambos extraen de su experiencia periodística materiales para sus novelas. Por quién doblan las campanas no hubiera podido escribirse si Hemingway no hubiese sido corresponsal en España. La visión fragmentada y discontinua del mundo que ofrece la prensa tiene su parangón en Manhattan Transfer y en la trilogía USA, novelas en las que, a modo de collage, aparecen recortes de periódicos, frases publicitarias, etc., una técnica, en fin, que rompe con la linealidad narrativa clásica.

  Si en la tradición anglosajona encontramos numerosos periodistas novelistas, en la tradición francesa no faltan los novelistas que recurren al periodismo para difundir sus ideas y, en definitiva, para intervenir en los asuntos públicos. Un caso notorio es el de Zola, quien publica su carta manifiesto “Yo acuso” (“J’accuse”) en L’Aurore, el 13 de enero de 1898. Zola denuncia los prejuicios del estado mayor francés, defiende la inocencia de Dreyfus (militar judío acusado de traición) y consigue, en definitiva, la revisión del caso después de un sonado escándalo.

La persistencia de la censura en algunos países bajo regímenes dictatoriales ha llevado muchas veces a los periodistas a tratar de buscar asuntos sin gérmenes políticos para entretener a los lectores, según explica el propio Gabriel García Márquez a propósito de cómo escribió su Relato de un náufrago, publicado en catorce entregas consecutivas en El Espectador de Bogotá en 1955, poco después de ocurrido el naufragio narrado. La publicación de este reportaje supuso un escándalo político, la difamación del protagonista y el exilio del reportero. García Márquez es, por otra parte, uno de los pioneros en la fusión de técnicas literarias y periodísticas: Crónica de una muerte anunciada y Noticias de un secuestro lo atestiguan.

Otro ejemplo notable de relato inspirado en sucesos lo tenemos con A sangre fría (1966), de Truman Capote, la primera novela periodística, basada precisamente en una noticia aparecida en el New Yorker algunos años antes, en 1959. A lo largo de seis años Capote estuvo investigando sobre el asesinato en un pueblo de Kansas de la familia Clutter, un matrimonio de granjeros y de sus dos hijos adolescentes. Su investigación le lleva a interrogar a la gente del pueblo y a los propios asesinos, que acabarían siendo ahorcados. Al contrario que en otros relatos periodísticos, en éste el autor rompe la linealidad, da entrada a una gran variedad de registros lingüísticos y se abstiene de juzgar moralmente a sus personajes. Literatura y periodismo se funden en un género nuevo. En definitiva, si con Mark Twain la agilidad del periodismo renovó el estilo literario, con Capote algunas de las estrategias narrativas más innovadoras irrumpieron en el periodismo norteamericano. 

 

 

3. La recepción de la prensa en el aula

 

En los programas de Lengua de la secundaria actual la Literatura tiene un papel diferente del que tenía en la enseñanza tradicional. Ahora se habla de un nuevo enfoque. Algunas de sus características consisten, según Cassany (1997), en conceder más importancia a la comprensión e interpretación de los textos, en perseguir la formación a costa de la información, en ofrecer textos de más actualidad y  considerar literatura otras formas de expresión más populares (obras para niños y jóvenes…), en estimular las habilidades creativas de los alumnos y, sobre todo, en adoptar una relación lengua-literatura más flexible.

            En la práctica, algunos de los objetivos de este enfoque didáctico incluyen el análisis de la prensa en la clase de Literatura de forma sistemática, por ser éste “un recurso inagotable por la variedad de materiales y temas que ofrece” (Cassany, 1997).

Por otra parte, ante la triste constatación de que el porcentaje de lectores de prensa en España es de los más bajos de Europa (el 35,8% de la población mayor de catorce años, la penúltima posición entre los países de la Unión Europea[2]), la Asociación de Editores de Diarios Españoles ha tratado en diversos momentos a lo largo de los últimos años de establecer programas de introducción de la prensa en el aula en cooperación con las autoridades ministeriales. La organización del curso “La prensa escrita, otro recurso para el fomento de la lectura” (Madrid, noviembre de 2003) y la simultánea publicación del volumen La prensa escrita, recurso didáctico (2003) serían dos muestras de esta cooperación.

            Algunos periódicos, por su parte, no han esperado el inicio de ninguna campaña ministerial para empezar a buscar lectores de prensa en las escuelas y han ido creando en los últimos años sus propios programas didácticos.

            La empresa editora de El Periódico de Catalunya lleva a cabo dos proyectos. Uno consiste en la edición de El Periódico de l’estudiant, que se distribuye gratuitamente en los centros educativos; otro es el programa “El Periódico a l’escola”, que promueve visitas guiadas de escolares a la redacción del diario y una serie de actividades que culminan en la composición de un periódico de aula, con maquetación similar a la del diario promotor y con noticias del propio centro o de su entorno.

            La Vanguardia viene convocando concursos de redacción entre estudiantes de ESO y enseñanza secundaria postobligatoria. La campaña supone enviar gratuitamente durante varias semanas diarios a un grupo escolar previamente inscrito. En clase se leen y se explican las noticias más interesantes y, posteriormente, los alumnos escriben un artículo sobre alguno de los hechos comentados. Los objetivos didácticos del programa son tres: leer noticias, comprender lo leído y expresar por escrito una opinión.

            El País promueve entre estudiantes de secundaria la creación de periódicos digitales (El País de los Estudiantes) y edita y envía material de apoyo a todos los centros participantes (suplementos que recogen propuestas de ejercicios). El programa pretende despertar el interés de los alumnos por la actualidad y potenciar su capacidad de reflexión y expresión crítica.

            El Mundo edita un suplemento  que se envía gratuitamente con el diario a todos los centros inscritos, “Aula”, dedicado a una materia distinta cada día, en el que aparecen, además de fichas divulgativas y sugerencias de trabajo, redacciones y comentarios de alumnos de secundaria.

             La experiencia demuestra que los jóvenes, en general, reciben con gusto los periódicos gratuitos. Ahora bien, nada es lo que era. Los periódicos no se limitan a informar de las últimas noticias; también las interpretan. A veces, cuando se recibe el periódico en el aula, los alumnos ya están al tanto de algunas informaciones: la televisión, Internet o los móviles las transmiten mucho más rápidamente. Sin embargo, el contexto en el que se difunden las noticias cambia de un medio a otro y, por tanto, también su efecto sobre la conciencia o los hábitos mentales del receptor.

            Para convertirse en un lector crítico de prensa, el alumno tiene que aprender a diferenciar la pretensión informativa de la persuasiva, la información objetiva de la ideología o los intereses a los que el periódico sirve. La tarea, sin embargo, no es fácil: requiere un clima propicio en el aula y habilidad docente para crearlo.

Leer prensa les parece aburrido a muchos jóvenes, algo así como ver crecer la hierba. Otros medios de comunicación les resultan más atractivos, por su celeridad y por exigir un menor esfuerzo intelectual. El tempo narrativo de los productos de Hollywood ha colonizado la retina y las mentes de gran parte de los receptores de información de todo el mundo. Pero de poco sirve lamentarse; tratemos de vivir y de enseñar bajo la sombra del viejo adagio: el aprendizaje está en pugna con el apresuramiento. Tratemos, pues, de formar lectores de prensa críticos. Las recetas didácticas son numerosas; ninguna acaso de validez universal.

La prensa no es un espejo que refleje la realidad por completo; ningún periódico trae todas las noticias posibles; cada uno selecciona las suyas. La selección se basa en unos criterios y los criterios, frecuentemente, responden a unos intereses, los de la empresa editora. Si pedimos a los alumnos que miren por la ventana del aula y que describan después lo que hayan visto, cada uno seleccionará una parcela de la realidad observada de acuerdo con su sensibilidad. Uno se habrá fijado en la forma de las nubes; otro en los desconchados del edificio de enfrente; el de más allá en la marca de los coches o en los peatones que cruzan el semáforo de la esquina… Cada periódico, como cada alumno, proyecta su mirada sobre lo que pasa en el mundo. Los hechos son los mismos, pero ni a todos nos interesan los mismos hechos ni les damos todos la misma interpretación.

Repasar con los alumnos los titulares de cuatro o cinco diarios del mismo día ayuda a situar la mirada, a enfocarla críticamente. Podríamos tomar las portadas del lunes 15 de marzo de 2004, el día siguiente a las elecciones al Parlamento español, pero el contraste entre los titulares resultaría muy obvio. Además, los periódicos no sólo informan e interpretan; también pretenden conmover al lector, comunicarle un estado de ánimo. Y cuando se trata de analizar ciertos asuntos con los alumnos más vale acogerse al distanciamiento; la ética profesional así nos lo exige.

Comparemos las portadas del martes 23 de marzo de 2004 de cuatro diarios: “El ejército israelí mata al jeque Yasín. Ira palestina por el asesinato del líder de Hamás” (El Periódico de Catalunya), “Israel asesina al líder de Hamás y pone a los palestinos en pie de guerra” (El País), “Sharon alimenta la espiral del terror asesinando al jeque Yasín” (El Mundo), “Israel asesina al líder de los integristas palestinos” (La Vanguardia). Aunque muchos alumnos tengan sentimientos y opiniones sobre el conflicto entre israelíes y palestinos, esos titulares le permitirán al profesor plantear tranquilamente algunas preguntas: “¿Qué diferencia hay entre matar y asesinar? “¿Qué significa espiral del terror?”, “¿Es lo mismo decir Israel que Ejército israelí?” “¿Es lo mismo decir Hamás que integristas palestinos?”, “¿Cómo hubierais titulado vosotros la noticia?”, “¿En qué titular no se menciona la palabra Israel? “La reacción palestina ¿se interpreta igual en todos los titulares?”, etc.

 Para que los alumnos salgan de la pasividad receptiva ante los titulares de prensa no basta con una sola sesión; el profesor tendrá que ser reiterativo con este tipo de ejercicios si quiere lograr algún resultado. Eso sí, tendrá que resistirse a menudo a la tentación de opinar si no quiere caer en el mero adoctrinamiento. Si pregunta sobre palabras y matices y consigue que los alumnos respondan a sus preguntas de manera ordenada y respetuosa, habrá empezado a formar lectores críticos de prensa.

            La portada es la cara del periódico, lo primero en lo que el lector se fija; por eso es tan reveladora de lo que la empresa editora considera importante. Esto significa que en el periódico no sólo se emplean palabras para transmitir información; también se manejan otros códigos no verbales cuya interpretación exige un cierto entrenamiento. Por ejemplo, el código espacial. Una noticia no tiene el mismo valor colocada en portada que en un lugar poco visible. El espacio concedido a una información responde a un criterio, a un orden. A las noticias de las páginas impares se les concede más importancia que a las de las pares; a las de la mitad superior de la página, más que a las de la mitad inferior, etc. El tamaño de los titulares, el número de columnas, la presencia o ausencia de elementos ilustrativos… son signos de ese código que el lector debe aprender a interpretar. Así que ya podemos empezar una segunda serie de preguntas: “¿Por qué la noticia sobre el naufragio de la patera aparece en portada en este periódico y en este otro no?”, “¿Cuántas columnas dedica ese periódico a tal información?”, “¿Por qué este periódico no dirá nada de ese naufragio?”, etc.

            Otro elemento que debe ponerse a consideración de los jóvenes lectores: la identidad de los informantes, en qué fuentes se ha basado el periodista para escribir su reportaje. ¿Qué fuente ofrece mayor credibilidad? Una información sobre los supuestos efectos nocivos de un fármaco que sólo recogiera el punto de vista de la empresa fabricante sería una información sesgada, incompleta. Se transmite información con lo que se dice, pero también con lo que se silencia: si no se da voz a quienes sufrieron las consecuencias de haber tomado dicho fármaco o a quienes lo denunciaron, se le está haciendo propaganda gratuitamente a la empresa farmacéutica.

            Los ejercicios de lectura y comentario oral de lo leído no tendrían sentido si los alumnos no fueran advirtiendo el peso de la connotación en ciertas palabras. “El líder del PSC emplaza a Zapatero a llevar el AVE hasta el aeropuerto de El Prat” (La Vanguardia, 23 de marzo de 2004), “Maragall exige que el AVE tenga estación en el aeropuerto de El Prat” (El País, 23 de marzo de 2004): ¿qué connota la palabra exigir?, ¿qué la palabra emplazar?, ¿sería lo mismo haber dicho: “Maragall pide…”? Las respuestas a estas preguntas, como en los ejercicios anteriores, tienen que darlas los alumnos; al profesor tiene que bastarle con plantearlas: son ellos quienes tienen que aprender, y se aprende haciendo: leyendo, pensando, hablando, escribiendo…

            Para muchos profesores los objetivos de leer y comentar prensa en el aula no deben cumplirse con el comentario oral y la comprensión crítica, aunque eso ya sea mucho. La prensa tiene que servir para plantear preguntas sobre la compleja realidad contemporánea: si leemos en clase una noticia sobre los últimos disturbios en Kosovo, los alumnos deberían investigar (por ejemplo, buscando en Internet) sobre lo ocurrido en esa provincia en los últimos años, saber ubicarla en el mapa, conocer algo de su dolorosa historia, etc.

            Otros profesores prefieren proponer comentarios de texto escritos sobre algún artículo o, incluso, tomar el periódico de información general como un referente para elaborar una revista escolar, una publicación de los propios alumnos, con noticias y comentarios sobre la vida estudiantil, el entorno del centro, creación literaria, etc. En este caso, como ocurre con la prensa diaria, cada vez son más los centros que tienen dos versiones de la revista escolar: una sobre papel y otra electrónica, a veces con marcadas diferencias (en las versiones digitales no suelen predominar los textos, sino las imágenes, la animación y las propuestas interactivas).

            Efectivamente, las nuevas tecnologías y las propuestas didácticas de las empresas periodísticas van facilitando la incorporación de la prensa en la enseñanza. Si el centro no está inscrito en ningún proyecto de prensa y escuela, siempre quedará el recurso de visitar las páginas digitales de los principales diarios para leer, comparar y aprender. La profecía de McLuhan se ha cumplido; nuestros alumnos se han integrado en el aula sin muros de la aldea universal.

 

 

4. El lenguaje del periodismo

 

A muchos españoles les preocupa el mal uso de la lengua en los periódicos. Lo confirman dos hechos: el alto número de quejas  sobre ese motivo que envían al correspondiente Defensor del Lector y lo mucho que se han vendido en los últimos años algunos libros sobre el lenguaje del periodismo. El éxito de este tipo de publicaciones se inició en 1977 con el Libro de estilo del diario El País, pero el género tiene una brillante y larga tradición.

El alemán Tobias Peucer estableció en 1690 un modelo de lengua para periodistas que todavía sigue vigente: “La ‘lexis’ o elocución y estilo de las noticias no debe ser ni la de los oradores, ni la de los poetas: aquélla retarda al lector ávido de noticias, ésta lo perturba y no expone las cosas con suficiente claridad”, por consiguiente, el lenguaje periodístico debe tener tres cualidades: pureza, claridad y concisión. “En cuanto a la disposición del texto, [Peucer] proponía atenerse a las seis conocidas circunstancias que son siempre de esperar en una acción: autor, hechos, causa, modo, lugar y tiempo” (Barrera, 72).

La primera norma general sobre uso del idioma del Libro de estilo de El País no difiere apenas de la de Peucer: “El propósito al redactar cualquier noticia es comunicar hechos e ideas a un público heterogéneo. Por tanto, el estilo de redacción debe ser claro, conciso, preciso, fluido y fácilmente comprensible, a fin de captar el interés del lector” (El País, 1996).

A ciertos lectores pueden no bastarles esas características para interesarse por un texto y acaso necesiten otras, como la agilidad (la sucesión de hechos, no de descripciones), la rápida acumulación de imágenes y de efectos, el cambio de ritmo, la variedad de recursos formales, la plasticidad, etc. Ortega y Gasset, por ejemplo, le reprochaba a Baroja exceso de abstracción, de rotundidad y falta de plasticidad a la hora de caracterizar a sus personajes; si se dice de alguien que “es un canalla”, el lector mal puede imaginarse cómo se manifiesta esa condición moral si no se le añade ningún detalle ilustrativo. Y todo relato, también el periodístico, debe ser preferiblemente plástico, imaginable, para poder impresionar más certeramente la sensibilidad del lector.

En cualquier caso, las características de estilo de un texto periodístico no pueden desligarse del género al que pertenece ni del público al que se dirige. Un criterio clasificatorio diferencia entre géneros informativos (la noticia, el suelto, el informe, etc.) y géneros de opinión (el artículo, el editorial, la crítica, las cartas al director, etc.), según el grado en que predomine la información objetiva sobre los hechos o la valoración que de ellos hace el redactor. Los géneros interpretativos o mixtos (la noticia-comentario, el reportaje, la entrevista, la crónica…) se sitúan a medio camino de los otros dos.

En general, el estilo más neutro y denotativo se reserva para los textos informativos, en los que la originalidad expresiva podría ser un estorbo, y el estilo más personal y connotativo, para los textos de opinión y de recreación literaria. El estilo neutro casa bien con la objetividad, exige concisión (la palabra justa) y sugiere verosimilitud (apariencia de verdad); el estilo personal es una plasmación de la subjetividad, permite la ambigüedad (empleo de figuras literarias) y trata de ganarse al lector por la vía afectiva.

El lenguaje del periodismo se caracteriza por su permeabilidad: absorbe, asimila y difunde con gran facilidad clichés y fórmulas procedentes de diferentes registros (el literario, el administrativo, el oral…), de diferentes lenguas (galicismos, anglicismos…), de las tendencias de moda y de las innovaciones técnicas (neologismos…). Nuevas acepciones se añaden a palabras de siempre como consecuencia de traducciones apresuradas de las noticias de agencia, y los vigilantes de la lengua se sienten obligados a defenderla de impurezas (las cartas al Defensor del Lector se centran mayoritariamente en usos lingüísticos indebidos, en el plano léxico y en el plano gramatical). Los dardos de Lázaro Carreter han sido recogidos y vueltos a lanzar una y otra vez por lectores preocupados por el porvenir del español. Pero, aunque el fenómeno del cambio lingüístico no se pueda frenar ni regular por completo, los libros de estilo de los periódicos cumplen su función; son referencias para los periodistas y para los lectores que quieran reflexionar sobre otros modos de nombrar las cosas.

 

 

5. Análisis y comentario de textos periodísticos

 

Los suplementos educativos de algunos diarios y ciertos manuales (La prensa escrita, recurso didáctico) nos recuerdan, por si hiciera falta, que la prensa puede y debe leerse regularmente desde la perspectiva de cualquier materia escolar. Sin embargo, en muchos centros de secundaria son los profesores de Lengua, cuando no los del área de Sociales, los encargados de planificar y llevar a cabo los programas de prensa en el centro. Esta práctica ha hecho que la mayor parte de modelos de análisis y comentario de textos periodísticos tenga un marcado carácter lingüístico y que, en algunos casos, más que comentar textos periodísticos se comente sólo la lengua de esos textos.

            Uno de los modelos posibles (“Textos periodísticos”, en Análisis y comentario de textos, 1994), propone primero un análisis y después un comentario general. El análisis se desarrollaría en ocho apartados:

            1. Localización (fecha en que fue publicado el texto, lugar, etc.); 2. Determinación del tema central (o idea principal); 3. Esquematización de la estructura interna (la distribución del contenido); 4. Esquematización de la estructura externa (título, entrada, noticia…); 5. Reconocimiento del nivel morfosintáctico y léxico; 6. Comprensión del componente icónico; 7. Identificación del contenido ideológico, y 8. Valoración global.

            Aplicar un esquema de análisis tan minucioso lleva necesariamente a una comprensión tan completa del texto, que haría innecesario el comentario. Pero debe decirse que el análisis se propone como un entrenamiento hasta alcanzar un grado de habilidad suficiente como para poder pasar directamente del texto al comentario, sin ningún ejercicio previo de apoyo.

            Otros modelos, acaso con una perspectiva más especializada, proponen un análisis retórico para la columna personal (Gómez Calderón, 2004), como consecuencia de “los abundantes procedimientos literarios presentes en su codificación, ajenos al estilo estrictamente periodístico”. La urdimbre teórica para este tipo de análisis la aporta la Teoría de la Argumentación. La confrontación con el texto pasaría por cinco etapas.

            1. Consignación de datos hemerográficos (autor, medio, fecha, etc.); 2. Intellectio (determinación del asunto o tema); 3. Inventio (reconocimiento de los argumentos que emplea el autor para convencer a los lectores); 4. Dispositio (distribución de los argumentos a lo largo del texto; estructura interna); 5. Elocutio (recursos estilísticos, léxicos, intertextualidad, etc.).

            En este modelo de análisis no se plantea una segunda fase de comentario, pues se entiende que a medida que se van reconociendo los diferentes componentes del texto se va explicando la relación que guardan con el conjunto.

            Hasta aquí venimos hablando de comentarios de texto completos; comentarios que tratan de abordar el texto desde diversas perspectivas. Sin embargo, como concesión al escaso tiempo de que se dispone, el profesor tendrá en ocasiones que limitarse a requerir análisis o comentarios de texto parciales, dedicados a la estructura, a la lengua o al contenido.

            Los análisis de la estructura se aplican con frecuencia al género informativo, especialmente a las noticias, en cuya redacción suelen darse los seis tipos de circunstancias que concurren en los hechos (el sujeto, el caso, la causa, el modo, el tiempo y el lugar). Como la noticia presenta una estructura formal muy característica (el titular, la entrada y el cuerpo), aprender a diferenciar estas partes no representa gran dificultad para los alumnos de primer ciclo de Secundaria. En un segundo momento se pueden pedir más precisiones: a) distinción de los elementos que forman el titular (antetítulo, cabeza y sumario); b) clasificación de titulares por su relación con la noticia, por su estructura sintáctica, su intencionalidad o su grado de objetividad; c) identificación del tipo de estructura del cuerpo (de pirámide invertida, piramidal y mixta), etc. 

En cuanto a los contenidos, suelen trabajarse mediante cuestionarios de comprensión, pero para verificar si se ha entendido lo leído  también pueden servir los esquemas en que las ideas de la noticia aparezcan expresadas con categorías (causa, consecuencia, antecedentes, etc.).

            Todos estos ejercicios de análisis pueden derivar en otros de redacción de noticias en los que se apliquen esquemas similares a los de los textos comentados. Los alumnos darían así un paso más en el desarrollo de sus habilidades expresivas; de receptores pasarían a ser emisores.

 

 

 

 

 

6. El columnismo

 

Cuando se lee el mismo diario con asiduidad resulta fácil encontrar lo que se busca. Se agradece que las diferentes secciones no cambien de lugar, que cada una esté en su sitio. La vida puede estar sometida al azar, pero el periódico que refleja algunos fragmentos de lo que cada día ocurre mantiene un orden.

Algunos lectores tienen hábitos singulares; no empiezan a leer el periódico por la portada, sino por la sección que más les interesa. Se acostumbran de tal manera a su diario, que les incomoda verse obligados a comprar otro distinto. Cada lector se convierte en asiduo de un periódico por diversos motivos: por identificación con la línea editorial, por el formato, por la presentación, por el interés que le merecen determinados colaboradores, etc.

Todas las empresas periodísticas intentan reforzar la identificación entre el lector y su periódico mediante diferentes procedimientos. Por ejemplo, defendiendo los principios ideológicos que considere mayoritarios entre sus suscriptores y asiduos. O mediante la inclusión en su nómina de colaboradores que puedan inspirar confianza o interés a ese público.

En los géneros de opinión el autor dispone de mayor libertad formal que en los informativos, y en algunos subgéneros como la columna, así llamada por su forma de presentación, el autor puede adoptar un estilo abiertamente literario. “La mayoría de los diarios suele tener uno o más columnistas, como ocurre en El Mundo o en ABC. Otros periódicos son reacios a utilizar la columna de política o sociedad y la sustituyen por la literaria o el artículo de fondo, como es el caso de El País y La Vanguardia” (López Cubino y López Sobrino, 2002).

            La columna gusta por su brevedad. Este rasgo formal condiciona fuertemente el estilo; obliga a la síntesis, a la condensación. A la contundencia expresiva. El columnista carece de espacio físico para los argumentos;  le basta con sostenerlos con elegancia retórica. Por eso recurre a la elipsis, a la ambigüedad.  Ahora bien, con tanta presuposición, no es difícil obtener complicidad: el lector entenderá siempre lo que confirme sus creencias o sus sospechas.

            El columnista, por contrato, se siente obligado a tener ideas originales en un plazo fijo, pero no siempre las tiene. Por eso se pregunta Sorela “qué buscan en un columnista sus lectores: ¿Un pensamiento en marcha o una ristra de muletillas que les confirme en sus prejuicios?” En cualquier caso, más que ideas propias lo que nadie les niega a los columnistas es estilo: cada uno tiene su timbre y su tono. Cada uno tiene su voz.

De algunas canciones nos gusta sólo su letra; de otras sólo su música (o algo que se le parezca). Con los columnistas ocurre lo mismo. En cualquier caso, la afición por ciertos columnistas tiene algo de adictiva; queremos seguir oyendo su voz aunque sintamos que se repiten y que ya no nos aportan nada. Sólo por la fuerza del amor… o de la costumbre (también es verdad que a algunos les retiramos la afición rendidos por esa misma inercia). La tesis de Sorela  es que el periódico no sólo no teme la repetición sino que la busca. Aunque el columnista habitual se repita, siempre será más rentable y controlable que el novedoso; ya no hay que irle recordando cada día cuáles son sus límites.

            Las discusiones sobre el columnista favorito no se parecen a las futbolísticas, suelen discurrir por cauces más amables. Los hay que prefieren a Quim Monzó, otros a Màrius Serra; unos se inclinan por Maruja Torres y otros por Eduardo Mendoza; éstos por Joan Barril y aquéllos por Josep Mª Espinàs. Seguiremos discutiendo sobre gustos.     

 

7. Una propuesta didáctica

 

La columna de Juan José Millás aparece cada viernes en la contraportada del diario El País desde 1990, siempre con su voz inconfundible (sobriedad estilística, hiperrealismo, humor, gusto por lo aparentemente paradójico…). Cada columna de Millás tiene valor propio, pero, al mismo tiempo, podría ser un capítulo desgajado de alguna de sus novelas.

            En Juan José Millás se fusionan inseparablemente la literatura y el periodismo (algunos de sus reportajes han acabado convirtiéndose en libros de denuncia, como el reciente Hay algo que no es como me dicen, sobre el caso de Nevenka Fernández, víctima de acoso sexual). De hecho, el cruce de géneros que empezó practicando en sus articuentos, mezcla de cotidianeidad y ficción, se trasvasó al resto de su obra y dio origen a una nueva poética (Valls, 2000).

Igual que intuyen algunos personajes de Cortázar, para Millás la vida está en otra parte. Así lo querían Rimbaud y Carroll; así lo querían los surrealistas. El mundo de las apariencias nos somete a un equívoco permanente: hacernos creer que es real cuando sólo se trata de una pesadilla atroz. La literatura nos deja entrever por algunos intersticios en qué consiste ese otro mundo en el que quisiéramos vivir y del que parece que nos vayamos alejando progresivamente, un mundo al que por pereza llamamos irreal o fantástico, pero que nos habita con un grado de intimidad que sólo podemos medir por el peso de nuestros deseos.

“Rebusca Millás en la prensa como si hurgara en un estercolero o en un taller de desguace, intentando dar con bocados de realidad, con un un pedazo de cualquier cosa que no haya perdido la capacidad de significar algo” (Valls, 2000). Y precisamente de esa búsqueda parte una de nuestras propuestas didácticas con sus articuentos. Se trata de desandar su camino. Proponemos tomar una de sus columnas, la más reciente, y encararla al hecho de actualidad que la inspiró. Observar de qué manera la ha transmutado hasta convertir una anécdota o información periodística en literatura, cómo la realidad se ha hecho ficción. Un mero ejercicio de literatura comparada: “Busca las diferencias entre este texto (la noticia) y este otro (el articuento de Millás). Señala qué es lo que ha inventado el autor y trata de explicar los motivos de su invención.”

Antes hemos hablado de hiperrealismo. Como Kafka, Millás se recrea contemplando los élitros de algunos insectos, sus apéndices, los ojos calidoscópicos de las moscas. Su mirada se detiene en los detalles, en ese vasto universo donde unas veces reside Dios y otras el Diablo. Identificar el punto de vista desde el que escribe algunos de sus articuentos para tratar de imitarlo puede ser un ejercicio estimulante. Primero nuestros alumnos tendrían que definir cuál es el punto de vista que adopta en la columna del último viernes (un esquizofrénico, un hombre asediado…) y luego escribir una historia bajo ese mismo punto de vista.

Se puede tomar la primera frase de un articuento de Millás (por ejemplo, “13.15. Todos los tripulantes de los compartimientos sexto, séptimo y octavo pasaron al noveno”), pedirles a los alumnos que continúen la historia y luego, cuando la hayan escrito, darles a leer la continuación que le dio Millás en “Escribir II”. La sorpresa puede ser mayúscula, pero de la sorpresa también nace el conocimiento.

En fin, si estos ejercicios no bastaran para que nuestros alumnos se aficionaran a la letra o a la música de Millás, todavía podríamos recurrir a otro. Les pediríamos que accedieran a su página web:

http://www.clubcultura.com/clubliteratura/clubescritores/millas/artimenu02.htm

Que navegaran por ella. Que participaran en el fórum de los millanófilos. Tal vez así advirtieran que, más allá de Internet, al otro lado de la pantalla y de la realidad virtual, hay otra forma de vida. Literatura es uno de sus muchos nombres y Millás uno de sus representantes.

           


[1] Palabra derivada de gazzeta, moneda veneciana de escaso valor, precio de un avvisi.

[2] Datos de 2003 recogidos por Ignacio M. Benito (2003).

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