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Quatre textos literaris sobre les classes de matemàtiques

Textos literaris extrets del llibre de Carlos Lomas (La vida en las aulas)

 

Quatre textos literaris sobre les classes de matemàtiques

(Textos extrets del llibre La vida en las aulas, recull de Carlos Lomas, Editorial Paidós.)

  • “Después venía la clase. Con el señor Bernard era siempre interesante por la sencilla razón de que él amaba apasionadamente su trabajo. […] Era el único de la escuela que había conseguido una linterna mágica y dos veces por mes hacía proyecciones sobre temas de historia natural o de geografía. En aritmética había instituido un concurso de cálculo mental que obligaba al alumno a ejercitar su rapidez intelectual. Lanzaba a la clase, donde todos debían estar de brazos cruzados, los términos de una división, una multiplicación o, a veces, una suma un poco complicada. ‘¿Cuánto suman 1.267+691?’. El primero que acertaba con el resultado justo ganaba un punto que se acreditaba en la clasificación mensual.” (Albert Camus, El primer hombre, editorial Tusquets, Barcelona, 1995.)

 

  • En aritmética, [don Pedro] calificaba con unas piedrecitas de río que nadie sabía de dónde se procuraba y que eran inimitables por la forma lenticular y por su transparencia encendida por vetas azules de luz. A quien se aprendía bien una lección le daba una piedrecita, y a quien no, se la reclamaba con la mano ortopédica, y si no tenía ninguna, se la apuntaba al debe. ‘¡A ver, voluntarios para la lección1’, decía don Pedro. Pero ocurría que los alumnos más aventajados no se animaban a salir por no arriesgarse a perder alguna de sus muchas piedrecitas, y los medianos tampoco porque, si tenían por ejemplo cuatro, era más fuerte el miedo a quedarse con tres que la esperanza de llegar a cinco, de modo que la final siempre acababan saliendo los que, al no tener nada, nada tenían tampoco que perder. Meses hubo en que no lograban desatascarse de la misma lección. ¡Cosas de la pedagogía!” (Luis Landero, Caballeros de fortuna, editorial Tusquets, Barcelona, 1996.]

 

  • Los ángeles colegiales

Ninguno comprendíamos el secreto nocturno de las pizarras

Ni por qué la esfera armilar se exaltaba tan sola cuando la mirábamos

Sólo sabíamos que una circunferencia puede no ser redonda

Y que un eclipse de luna equivoca a las flores

Y adelante el reloj de los pájaros.

Ninguno comprendíamos nada:

Ni por qué nuestros dedos eran de tinta china

Y la tarde cerraba compases para al alba abrir libros.

Sólo sabíamos que una recta, si quiere, puede ser curva o quebrada

Y que las estrellas errantes son niños que ignoran la aritmética.

Rafael Alberti, Yo era un tonto y lo que he visto me ha hecho dos tontos.

 

  • Un constructor de ecuaciones

Yo tenía un profesor de matemáticas que nos obligaba a jugar con las ecuaciones. Nos ofrecía los resultados y a partir de éstos nosotros teníamos que presentarle las ecuaciones de las cuales aquéllos acababan derivándose.

X igual a 7

E igual -3

Z igual 6,5

Con tales datos había que conseguir una ecuación. Llamábamos a ese ejercicio “construcción de ecuaciones”, todos le temíamos porque francamente nos ponía a prueba como ningún otro.

Qué se valoraba. No, desde luego, la complicación por la complicación; ni la gratuitas tramas que ambicionaban oscuridad, ya que para conseguir eso bastaba anegar el ejercicio con fracciones muy controladas o multiplicar por mil cada cifra de tal manera que obtuviéramos números demasiado altos a los que habría que simplificar para que nos depararan los resultados que buscábamos.

El profesor dejó claro que valoraría, más que cualquier otra cosa, la imaginación. Claro que nosotros no podíamos comprender cómo en una disciplina tan poco dada al malabarismo como las matemáticas se nos iba a exigir que derrocháramos imaginación. Y es que por entonces aún no sabíamos que imaginación y malabarismo se contradicen.

Cada vez que escribo un poema tengo la sensación de estar construyendo como entonces ecuaciones a partir de unos resultados que me ha ofrecido la realidad.

Los resultados que la realidad nos propone no pueden ser muy variables: amor, desasosiego, temor a la muerte, repugnancia por el paso del tiempo… Los de siempre. Meros números a partir de los cuales uno ha de presentar sus ecuaciones vertebradas desde abajo, desde los resultados.

Creo que las matemáticas y la poesía tienen bastante que ver (y no sólo porque Felipe Mellizo haya dejado escrito que el poema que más le ha emocionado en su vida ha sido el desarrollo de la ecuación de Einstein, cosa que a mí no puede sorprenderme más que le hecho de que a alguien le emocione uno de los últimos poemas de José Ángel Valente): creo que tanto las matemáticas como la poesía pretenden expresar lo que existe mediante lo que no existe, o sea, mediante esos elementos que proceden de la imaginación.

El fantástico base por altura partido por dos no pasa de ser un producto de la imaginación, es cierto, pero no lo es menos que para calcular el área de nuestro jardín triangular lo más económico sería operar con esta fórmula.

De la misma manera puede ser cierto que el verso “la noche es interminable cuando se apoya en los enfermos” no pase a ser una abstracción si lo analizamos con el bisturí de la razón, pero en sus nervios ese verso guarda —para mí al menos— la expresión exacta de lo que en las noches de insomnio me sucedes (y ya sé que expresar lo que a uno le sucede no sirve par mitigar dolores ni angustias, pero uno confía e que llegue a paliarlos).

Así pues mis poemas lo que persigue es plantear un serie de ecuaciones cuyos resultados ya me había facilitado la realidad. Porque si el deseo —como quería Cernuda— es una pregunta cuya respuesta nadie conoce, la realidad es un montón de respuestas a las que el poeta debe plantearle sus preguntas.

Juan Bonilla, “Un constructor de ecuaciones”, en José Luis García Martín, Selección nacional. Última poesía española, Gijón, Llibros del Pexe, 1998.

[Aquests quatre textos literaris extrets del llibre de Carlos Lomas, La vida en las aulas, van estar publicats al núm. 27 de la revista Sota el cel del Puig, març de 2007.]