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Tres estampas de la vida

Tres imágenes de la vida en Santa Coloma

 

Tres estampas de la vida  en Santa Coloma

Ocho minutos

Vivo en la montaña de Santa Coloma, cerca de Can Franquesa. Por una parte, me encanta este lugar: te asomas, y los días claros puedes llegar a ver la playa; por otra, no me gusta: para llegar a mi casa tengo que subir unas cuestas interminables. Siempre me ha encantado sentarme delante de mi escritorio y mirar por la ventana, así que, ahora, miro por la ventana y pongo por escrito lo que veo.

13.43 h. Veo a un hombre subir por una de las escaleras del bloque de enfrente, sale a la calle y sube por la cuesta.

13.45. Bajan dos chicos por esas mismas escaleras.

13.45. Pasa un coche blanco por la calzada.

13.46. Pasan muchos coches, uno detrás de otro.

13.48. Pasa un niño con un paraguas en la mano, corriendo calle abajo.

13.49. Le siguen una niña y otro niño unos segundos más tarde; también llevan paraguas.

13.50. Pasa un autobús.

13.50. Una mujer va hacia abajo.

13.50. Otra mujer cruza a la acera de enfrente, en bata, y tira la basura al contenedor.

13.51. Un hombre algo mayor sube la cuesta apoyándose en un paraguas muy grande.

Davinia García (1º de Bachillerato)

 

 

Mi ciudad

Cuando empiezo a escribir esta redacción sobre Santa Coloma, me quedo totalmente bloqueada. Observo lugares de mi ciudad y no me dicen nada. Así que decido dejarlo. Un trabajo más, uno menos...

Para relajarme un poco, entro en la habitación de mi hermano. Le tomo prestada la colección de Celtas Cortos... y, de repente, me vienen a la mente recuerdos. Recuerdo lo mucho que echo de menos mi pueblo. Es una curiosa costumbre llamarlo así, mi pueblo, ya que, de nosotros, sólo mi padre nació allí, pero después de tantos años ya lo he hecho mío.

Aunque durante algunos años no he querido ni oír hablar de pasar un mes allí, al final he descubierto el encanto de ser totalmente libre en un lugar donde el único peligro es pasarse alguna noche con el alcohol (ja, ja, ja...).

Pero bien, volviendo al tema de la redacción, el paisaje más bonito que he visto, el paisaje que realmente me dice algo, es el del muelle de mi pueblo, donde, desde niña, he jugado, he nadado... Sin duda alguna, era al atardecer, a la hora de volver hacia el pueblo, cuando un escalofrío me inundaba... El sol se esconde por detrás del puente, el cielo se vuelve naranja, lila... Un paisaje hermoso, sin duda. Desde mi orilla, la orilla española, veo las montañas azules en Portugal, y sé que ningún ser humano sería capaz de distinguirlas, de saber si son portuguesas. Es el momento de burlarse de los nacionalismos... Pero, para ser sincera, no recuerdo ese tipo de estupideces cuando subo a la muralla a ver el espectáculo. Me pregunto si alguien más se sentirá igual que yo, si sentirá al igual que yo esa sensación de paz, de tranquilidad.

No puedo ni quiero negar mis raíces, y aunque me considere catalana y ame esta tierra, mi corazón está dividido entre Salamanca y Portugal, y cuando viajo desde Barcelona a tierras charras, inevitable es también contemplar y sentir algo mías las tierras de Castilla.

Tal vez no sea esto lo que el profesor de Literatura me pidió, pero yo me he limitado a recordar otros paisajes, no los que recorro al ir y venir al instituto o al trabajo, sino los que más nítidamente recuerdo, los que se grabaron en mi corazón.

Noelia Méndez (1º de Bachillerato)

 

 

Esperar en Santa Coloma

 

Estoy sentada en la puerta de una tienda de ropa; dentro está mi hermana con su novio, comprando una chaqueta. Me he quedado fuera, sentada en un escalón. Ante mí pasa una mujer llevando de la mano a dos niños. Uno de ellos lleva una bolsa en la mano y se pelea con su hermano por no dársela. También veo a un hombre de unos cuarenta años, muy bien vestido, habla por el teléfono móvil. Al fijarme atentamente, detrás de él distingo a una chica que, por la cara que pone, no está muy contenta. En el banco de enfrente, en el parque, observo a dos hombres de unos 60 ó 70 años, ambos parecen muy contentos a juzgar por sus caras sonrientes. Están mirando a un perro que juega con su dueño, un joven de unos 20 ó 25 años. El perro que pasea es bastante grande. Un niño muy pequeño se le acerca para acariciarlo, pero una mujer que parece la madre se asusta y se levanta angustiada rápidamente del banco para coger a su hijo. El dueño del perro la tranquiliza y el niño puede acariciarlo. La mujer, muy apurada, se justifica ante el joven.

Sale mi hermana de la tienda. Por su cara, parece enfadada. Óscar, su novio, sale después, con cara de cansancio. No llevan ninguna bolsa. Deduzco que a mi hermana no le ha gustado ninguna chaqueta y que Óscar empieza a estar cansado de ir de tienda en tienda.

Núria Prats (1º de bachillerato)

[Aquests escrits van estar publicats a la revista Sota el cel del Puig, núm. 2, febrer de 2001.]