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Mi amigo Antonio

A la memoria de Antonio Mussons

Mi amigo Antonio


Ha mort un home extraordinari, un home de paraula. Probablement no li agradaria que parléssim ara d'ell com d'un home extraordinari —no li agradaven els elogis, ni tampoc de la mort com un adéu definitiu ell tenia les seves pròpies creences sobre la vida i sobre la mort, les havia plasmat al seu testament intelectual, Vat Xan: La física del segle XX, un camí cap a una visió espiritual del món, i davant la mort d'alguna persona estimada feia servir freqüentment una fórmula de condol i consol extreta d'aquest llibre:

Els éssers que hem vingut a l’existència, les muntanyes, els rius, l’univers i també nosaltres, som de la mateixa matèria que els somnis, com canta el poeta, rínxols dins de l’oceà infinit, sense forma ni temps, origen de tot el que hi ha, on ens movem, vivim i retornem cada dia que passa, tot creant la memòria sorgida del temps que hem viscut, vivim i viurem. I és des d’aquesta memòria, que brolla únicament de la nostra vida, que serem eternament somniats dins la consciència d’aquell oceà.

Conocí a Antonio Mussons el 26 de octubre de 1979, cuando, como profesor recién llegado al instituto Puig Castellar de Santa Coloma de Gramenet, tuve que presentarme al director del centro. La bondad, la nobleza de corazón y otras de sus muchas cualidades se descubrían a simple vista: enseguida se advertía que era un hombre en el que se podía confiar plenamente. Antonio no caía en la tentación de la arrogancia, no se daba importancia a sí mismo y trataba a los profesores novatos —mi caso en aquel momento— con el mismo respeto y la misma cordialidad que a los profesores más veteranos. En los claustros de profesores, sabía contestar a las críticas con paciencia y generosidad, de manera didáctica, sin tratar de imponerse. Antes que vencer en los debates prefería convencer, y lo hacía, si era posible, con ayuda de poemas, de metáforas y de pensamientos que delataban que detrás de su formación científica anidaba un espíritu de fuertes inclinaciones artísticas y espirituales.

Si el profesor de matemáticas nos explica, por ejemplo, que “la raíz cuadrada de -1 es un número muy discreto, que no se muestra en público, pero está ahí dentro del corazón” o que “la raíz cuadrada es un símbolo generoso que puede dar refugio dentro de sí a cualquier número sin decir nunca que no a ninguno” (Yoko Ogawa, La fórmula preferida del profesor), sabemos que está utilizando imágenes cordiales que se dirigen no solamente a nuestra comprensión intelectual sino también a nuestra imaginación y a nuestra sensibilidad. Antonio como profesor era así: sabía que el verdadero conocimiento no puede expresarse nunca de manera fría y solemne, y menos ante alumnos de bachillerato, que son, por edad, seres apasionados.

Cuando el otro día, Max, nuestro hijo, que actualmente es médico en Ginebra, se enteró de que Antonio había muerto, nos envió enseguida un mensaje de condolencia muy sentido en el que recordaba que cuando él tenía diez años, Antonio, que sabía de su interés por las matemáticas, le regaló unos libros de álgebra simple en cuya dedicatoria le decía que esperaba que descubriese la armonía de las estrellas a través del maravilloso lenguaje de las matemáticas. Y así fue: Antonio sabía estimular vocaciones y despertar el espíritu científico y el afán de saber en todas las personas con las que conversaba. Concebía la vida como un camino hacia el conocimiento y, por consiguiente, como un diálogo interminable con sus semejantes, con la naturaleza y con el universo. 

En 1991, Antonio, por razones familiares, tuvo que dejar nuestro instituto para vivir en Quart, y todos los que lo queríamos nos sentimos más solos. Luego, para anular los efectos de la distancia, vinieron los encuentros en casa de Amparo, en la nuestra o en casa de otros amigos, y su puntual asistencia a todos los actos de confraternización de nuestro instituto (jubilaciones, aniversarios...). En cualquier ocasión se comprobaba que para él los encuentros eran una simple excusa para la conversación y para disfrutar de la amistad. Era un apasionado de la amistad (¡qué feliz era cuando estaba con los amigos!). Cuando surgían divergencias entre nosotros (a propósito de la dualidad letras/ciencias, del valor existencial del arte, de cuestiones de ética o de política, etc.), Antonio trataba siempre de resolver en la síntesis las ideas opuesta —era, ya lo hemos dicho, un hombre de palabra y, sobre todo, trataba de preservar la amistad como un valor sagrado, pues, efectivamente, él creía sagradas las relaciones humanas. 

Esta visión sagrada de las relaciones humanas la condensaba en el permanente agradecimiento que manifestaba hacia sus padres. Cada año, en mayo, con motivo de su cumpleaños, Antonio iba a Montserrat, un "lugar mágico por su belleza y, sobre todo, por lo que representa para mí, pues en Monistrol se conocieron mis padres durante la guerra y en Montserrat pasaron su luna de miel. Gracias a la guerra yo existo, pues por ello mi padre no viajó al Congo como médico y por su trabajo en el hospital de Montserrat conoció a mi madre" (decía en una carta suya del 21 de mayo de 2016).

El viaje que su padre no llegó a hacer al Congo, Antonio lo realizó por él, de la misma manera que cuando viajó a Gabón fue llevado por su admiración por la obra humanitaria del fundador del hospital de Lambaréné, el doctor Albert Schweitzer, con quien compartía su filosofía de "reverencia por la vida". Su inquietud espiritual lo impulsó tanto a recorrer todos los lugares que se citan en el Nuevo Testamento como aquellos otros más inaccesibles que pisaron Buda, Milarepa o Gurdjieff, y su amor por las tierras vírgenes lo llevó a conocer la obra de los grandes exploradores y a viajar varias veces a la Antártida, Alaska, Groenlandia o la península de Kamchatka. Antonio fue un viajero incansable en busca de la verdad y de la belleza, y muchos de esos viajes por países remotos constituyen hitos en su evolución personal: le sirvieron para consolidar la certeza de que el recorrido de la física del siglo XX es un camino hacia una visión espiritual del mundo.

Aunque entusiasta ante las nuevas evidencias científicas, por ejemplo, la detección indirecta de las ondas gravitatorias ("cuya detección es siempre indirecta, aunque se haya observado en la Tierra, a través de sus efectos y ya se hizo anteriormente al medir los cambios de frecuencia de un púlsar", según comentaba), por ser un fenómeno que conocía y había estudiado en profundidad a partir de las ecuaciones de Einstein, creía que los conocimientos científicos pueden ser estériles si no sirven para estimular la vida  ("en mis últimos caminares por la vida veo claro que la mayoría de saberes y de conocimientos resultan superfluos y que sólo importan unas pocas cosas que son las que comunican la paz y la alegría a nuestro ser").

Todas las cosas que se han dicho en su honor hoy, aquí, en su funeral, las que podrían decirse y las que se dirán estos días pueden ayudarnos a recordar mejor a Antonio y a compartir nuestros recuerdos con otras personas, pero no pueden abarcarlo ni definirlo en todas sus dimensiones. Compartió con nosotros muchas de sus experiencias, ideas y emociones, y ahora solo podemos darle las gracias por lo mucho que aprendimos de él y por todo lo que le debemos como maestro y como amigo. 

Paco Gallardo

2 de octubre de 2016

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