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Antoni Mussons, un compañero y profesor machadiano

A la memoria de Antoni Mussons

Antoni Mussons, un compañero y profesor machadiano

 

A la buena gente se la conoce en que resulta mejor cuando se la conoce. Probablemente tenía razón Bertolt Brecht hablando, pensando y sintiendo en términos generales. En el caso de Antoni, con total seguridad, sin atisbo para ninguna duda. Era aún mejor, mucho mejor, cuando se le conocía un poco.

Yo le conocí en 1982, cuando llegué al Instituto, al Puig. A los pocos días de dar clases. No recuerdo en qué circunstancia concreta. Tal vez oyera a alguien hablar de Gauss, Newton, Euler o Einstein y me acercara sorprendido a ver qué decía. Las matemáticas, menos la física por mi incompetencia, nos sirvieron de puente de unión. En su caso, desde un conocimiento sólido de la materia y de su historia; en el mío, desde el punto de vista de un diletante, muy interesado en el tema pero lejos, muy lejos, de su saber y de sus reflexiones propias. Pensaba siempre, cosa en absoluto fácil, con su propia cabeza.

Al poco, un curso o dos cursos después, organizamos un seminario sobre el teorema de incompletud de Gödel. Antoni estaba fuertemente interesado en uno de los grandes resultados de la lógica matemática del siglo XX. Sus implicaciones filosóficas le interesaban profundamente. No era ni es para menos. Cuando hablaba del tema, yo no siempre era capaz de seguirle por los senderos que transitaba e incluso, en algún caso, me atrevía a transitar por senderos paralelos e incluso divergentes. Nunca me reprochó mis indocumentadas disidencias.

Sea como fuere, aquellas tardes, aquellas conversaciones que solíamos mantener en el seminario de filosofía con Manel Pau y Ginés, creo que Miguel Candel también vino a algunas de las reuniones, fueron demostración el término no le hubiera gustado a Antoni en este caso— de su talante, de su profundidad lógica, matemática y filosófica, de su saber, de sus inquietudes, de su rigor. Yo me las daba entonces, como casi todos los jóvenes había venido a llevarme la vida por delante, de tener mucha información lógico-formalista en mis venas y en mis neuronas pero tendría que haberme visto mudo o hilvanando dos oraciones inconsistentes— cuando Antoni me preguntaba, en concreto, amb paper i llapis, sobre deducciones básicas de la lógica proposicional, de la cuantificacional de primer orden, sobre todo, de deducciones de lógicas de órdenes superiores. No sudaba tinta, no. Sudaba ignorancia que él, por supuesto, siempre disculpaba. Això és una mica complicat, Salva. Em parlem el proper dia, tranquil. De paso, lo recuerdo muy bien, me regaló un día un artículo de uno de los grandes filósofos y lógicos del siglo XX, uno de los trabajos que más me han impactado. “Paradox” es el título del escrito. W. O. Quine es su autor.

Pero Antoni no sólo era un científico y filósofo muy notable sino que, además, era un ciudadano concernido y comprometido. Su actuación durante la huelga, aquella larga huelga del profesorado de finales de los ochenta, fue ejemplar. No siempre estuvo de acuerdo con algunas de las decisiones tomadas pero siempre y “siempre” es siempre como diría Tarski, un lógico que él también leyó— estuvo a la altura de las circunstancias y aceptó lo que mayoritariamente habíamos decidido. De paso, como siempre, sin decirlo pero haciéndolo, nos mostró, nos enseñó sin dándoselas de nada— a saber a qué atenernos en tiempos ciertamente interesantes y turbulentos. Como casi todos, por supuesto.

Su marcha del Instituto, su vuelta a Girona, fue un golpetazo para mí y para tantos otros compañeros. No concebía el Puig sin él y sabía que ya no sería lo mismo, que inevitablemente hablaríamos y discutiríamos menos. La distancia no es el olvido pero dificulta los encuentros.

Pero, afortunadamente, no fue así. Compartimos cenas y encuentros en casas de amigos y amigas comunes. Como siempre, manifestándose como lo que era, una excelente persona, alguien bueno en el buen sentido de la palabra de la que ya nos había hablado Antonio Machado, un poeta que tenía su nombre y a quien nunca vivió como externo a él, como poeta de “otra cultura”.

En uno de esos encuentros me regaló su “gran obra”, tres tochazos sobre la física del siglo XX, que él manejaba formalmente como quien maneja las operaciones aritméticas fundamentales. Fue entonces cuando supe que Antoni también había estudiado Físicas. Mi admiración por él creció 1.917 kilómetros. Me pidió mi opinión. ¿Mi opinión? Pobre de mí. Le leía y apenas entendía dos páginas de cada diez (soy muy generoso conmigo en este cómputo). Por si faltara algo, cada capítulo, cada apartado de sus libros estaba acompañado de una reflexión poético-místico-filosófica en correspondencia con el tema tratado, que yo, en mi cortedad analítico filosófica, era incapaz de entender o saborear. ¿Cómo era posible inferir B de A y luego C y más tarde D e incluso X y Z? ¿Cómo hablar de la belleza y bondad del Universo a partir del principio de incertidumbre de Heisenberg? Me las hizo pasar canutas pero aprendí, de nuevo aprendí, que atreverse a pensar, como aconsejaba Kant, es atreverse a pensar, no repetir cosas trilladas mil veces dichas. Y Antoni, como buen kantiano, se atrevía. ¡Y tanto que se atrevía!

Pero si tuviese que escoger un momento “AM” en mi vida, sin ocultar mis diferencias con algunas de sus últimas posiciones políticas identitarias, el siguiente sería el momento. Fue el 19 de en noviembre de 2007, creo no equivocarme. Gregorio López Raimundo había fallecido pocos días antes. Intentamos hacerle un merecido homenaje en la plaza de Sant Jaume. Poca gente, muy poca gente. Los tiempos habían cambiado y no para mejor. De repente vi a Antoni, que entonces vivía en algún pueblo de Girona de cuyo nombre no puedo acordarme. Le saludé, le abracé, y torpemente, muy estúpidamente le pregunté: “Però Toni, què fas tu aquí?”. Sin pretenderlo, sin ninguna mala intención, se lo dije pensando en la distancia recorrida, le insulté. Su respuesta estuvo a la altura de su espíritu, como hubiera dicho de él, de su grandeza de siempre: "Què faig aquí preguntes? Salva, per favor! On hauria d’estar sinó?”. Me quedé mudo y lloré por mi torpeza. Toni, generoso y humano como siempre, me abrazó. ¡No pasa nada, nada de nada!

Intuyo y creo intuir bien que Antoni, que seguro que nos lee esté donde esté, lo leía todo, coincidirá conmigo en que la intersección la metáfora le hubiera gustado esta vez— de su vida y la del que fuera secretario general del PSUC no era vacía. Estaban llenas de compromiso y de buen hacer. Ambos pretendieron, desde diferentes senderos, algo muy parecido: que tras esta noche oscura de dura y peligrosa crisis civilizatoria despuntara una humanidad más justa, más propiamente humana, más fraternal, más solidaria en una Tierra verdaderamente habitable y para todos, en vez de, como dijera otro ciudadano comprometido, un inmenso rebaño de individuos aislados, insolidarios, ruidosos y manipulados, habitantes de un inmenso e irresponsable estercolero químico, farmacéutico y radiactivo.

 

 Salvador López Arnal

Barcelona, 7 de octubre de 2016

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