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El movimiento antinuclear y mientras tanto

 

Salvador López Arnal

 

Comunicación para las Jornadas sobre “Los movimientos sociales y su incidencia”. Universitat Pompeu Fabra, 11, 12 y 13 de diciembre d 2013.

 

***

Pero la causa más básica está en la energía productiva liberada por la gran industria incluso en medio de las catástrofes (sin olvidar ya hoy la degradación del medio natural) que produce su organización en forma capitalista.

Manuel Sacristán (1970)

 

Romper la continuidad con el pasado, querer comenzar de nuevo, es aspirar a plagiar al orangután, señaló Ortega [1]. Los ex colaboradores de Materiales no querían romper la continuidad con el pasado. Nada de eso. Querían ampliarla, revisarla y documentarla.

En la información acerca del nacimiento de mientras tanto, se señalaba en la “Carta de la redacción” del primer número de la revista [2], se afirmaba en el apéndice que la orientación de la entonces nueva publicación roji-verde-violeta era sustancialmente la misma que había mantenido Materiales, “aunque con la clarificación y la sedimentación debidas a la evolución de ciertos problemas durante estos dos últimos años." La evolución no había sido precisamente para mejorar y había llevado a una situación contradictoria que tenía precedentes de mal augurio. Los siguientes:

La crisis mundial del capitalismo se extendía y enquistaba. Los nudos de aquella crisis no eran muy distintos de nuestra situación actual: desde hechos económicos básicos -el cansancio de los motores del crecimiento en la época de los “milagros económicos”: la dificultad para llevar a cabo la reestructuración del capital fijo, el estancamiento con inflación, el paro de magnitud considerable y de raíz estructural manifiesta, la crisis monetaria- hasta fenómenos de disgregación cultural que culminaban “en una exacerbación de la insolidaridad individualista hasta llegar a la institución de la violencia verbal y física como forma corriente de relación en la vida cotidiana” pasando por un poblado conjunto de dificultades políticas que podían considerarse como una crisis del estado, “la cual no sólo arruina la ideología del estado-providencia o estado del bienestar que fue la gloria del capitalismo restaurado con la eficaz ayuda o incluso el protagonismo de los partidos de la II Internacional”, absurdamente llamada socialista matizaba la carta, sino que hasta permitía pensar, “por el estallido de los nacionalismos y particularismos en las tres monarquías más antiguas del occidente europeo”, que se estaba debilitando la legitimación del estado burgués o de la Edad Moderna precisamente en las tierras en las que había nacido.

Además de ello, la gestión de la crisis estaba dando pie a “un proceso de recomposición de la hegemonía ideológico-cultural burguesa”. La contradicción era tan áspera que resultaba paradójica aunque tenía una explicación bastante sencilla: aquella profunda crisis básica capitalista, “además de afectar a los países del socialismo que se llama a sí mismo "real" en la medida, mayor o menor, en que éstos son elementos parciales y todavía subalternos del sistema capitalista mundial”, coincidía con una crisis de la cultura socialista (incluida la tradición libertaria) confundida por “la crisis de una civilización de la que no se distancia suficientemente (caso de los grandes partidos obreros), o reducida a una marginalidad casi extravagante y, a menudo, funcional” al rasgo del sistema que Herbert Marcuse, entonces en la Universidad de California, había llamado “tolerancia represiva”.

El mal momento de la cultura socialista tenía una consecuencia más que negativa y de particular importancia: la incapacidad de renovar la perspectiva de revolución social. Empero, precisamente porque la crisis de la civilización capitalista era radical, la falta de perspectiva transformadora radical facilitaba “la reconstitución de la hegemonía cultural burguesa al final de un siglo que asistió por dos veces a su resquebrajamiento por causa de las guerras mundiales que desencadenó”. Lo que era crisis de la economía y la sociedad capitalistas se veía superficial e interesadamente como “desastre de la forma más reciente de ese sistema social, su gestión keynesiana y socialdemócrata”. La identificación de la gestión socialdemócrata del capitalismo con el socialismo facilitaba “un rebrote ideológico capitalista, a veces financiado discretamente por alguna gran compañía transnacional.”

Sin réplica material ni ideal de un movimiento obrero cuyas organizaciones mayoritarias estaban tan identificadas con muchos valores capitalistas como lo estaban la parte no minoritaria de las clases trabajadoras a la que representaban, las clases dominantes pasaban “a una ofensiva llena de confianza (y no meramente represiva) que nadie habría previsto hace diez años”. La ofensiva arrancaba de la esfera de la producción material –“con una política económica de sobreexplotación y un programa de fragmentación y atomización de la clase obrera en nuevos dispositivos industriales”-, se articulaba en el plano político con éxitos perceptibles –“el más importante de los cuales, la despolitización, se está logrando con la colaboración tal vez involuntaria, pero, en todo caso, torpe hasta el suicidio, de las organizaciones obreras”-, se arropaba con “el florecimiento de una apología directa e indirecta del dominio, la explotación y la desigualdad social por parte de intelectuales que vuelven a hacerse con una orgullosa autoconsciencia de casta”, y tendía a eternizarse mediante una "solución" final de las luchas sociales: “el incipiente aparato represivo de nuevo tipo justificado por el gigantismo del crecimiento indefinido” (cuya manifestación más conocida, en absoluto única matizaban, eran las centrales nucleares) e instrumentado por “los ordenadores centrales de los servicios policíacos de información”.

No fue la única vez que la industria atómica aparecía en esta carta fundacional de 1979. Hubo más:

Con las anteriores hipótesis generales, intentaban entender la situación y orientarse en su estudio. El paisaje que dibujaban era oscuro, muy oscuro. “Pero, precisamente porque es tan negra la noche de esta restauración, puede resultar algo menos difícil orientarse en ella con la modesta ayuda de una astronomía de bolsillo”. En el editorial del primer número de Materiales, la revista hermana, habían escrito que sentían "cierta perplejidad ante las nuevas contradicciones de la realidad reciente" [3]. Convencidos de que las contradicciones aludidas tres años antes se habían agudizado, se sentían entonces un poco menos perplejos “respecto de la tarea que habría que proponerse para que tras esta noche oscura de la crisis de una civilización despuntara una humanidad más justa en una Tierra habitable, en vez de un inmenso rebaño de atontados ruidosos en un estercolero químico, farmacéutico y radiactivo”.

La tarea, que no se podía cumplir con agitada veleidad irracionalista “sino, por el contrario, teniendo racionalmente sosegada la casa de la izquierda”, consistía en renovar la alianza ochocentista del movimiento obrero con el conocimiento científico. Podía ocurrir que los viejos aliados tuvieran dificultades para reconocerse. Habían cambiado mucho: por una parte, la ciencia, “porque desde la sonada declaración de Emil Du Bois Reymond -ignoramus et ignorabimus, ignoramos e ignoraremos”, llevaba ya asimilado un siglo de autocrítica (“aunque los científicos y técnicos siervos del estado atómico y los lamentables progresistas de izquierda obnubilados por la pésima tradición de Dietzgen y Materialismo y Empiriocriticismo no parezcan saber nada de ello”), y por otra el movimiento obrero porque los que vivían por sus manos y sus mentes eran ya entonces “una humanidad de complicada composición y articulación”.

La tarea se podía ver de varios modos, según el lugar desde el que se emprendiera. Consistía en conseguir que los movimientos ecologistas, que se encontraban sin atisbo de duda, entre los portadores de la ciencia autocrítica de aquel fin de siglo, se dotaran de capacidad revolucionaria, no integradora o laudatoria de un sistema mínimamente corregido. Consistía también en que los movimientos feministas, “llegando a la principal consecuencia de la dimensión específicamente, universalmente humana de su contenido”, decidieran fundir su innegable y esencial potencia emancipadora con la de las demás fuerzas de libertad, o finalmente en que las organizaciones revolucionarias clásicas comprendieran “que su capacidad de trabajar por una humanidad justa y libre tiene que depurarse y confirmarse a través de la autocrítica del viejo conocimiento social que informó su nacimiento”, no para renunciar a su inspiración revolucionaria ni para perderse “en el triste ejército socialdemócrata precisamente cuando éste, consumado su servicio restaurador del capitalismo tras la segunda guerra mundial, está en vísperas de la desbandada”, sino para reconocer que ellos mismos, los que vivían por sus manos, por sus mentes, por su trabajo, habían “estado demasiado deslumbrados por los ricos, por los descreadores de la Tierra”.

Todas lo anterior, se señalaba finalmente en la carta, se tenía que decir muy en serio. La risa irrumpía más tarde, cuando se comparaba la tarea necesaria con las fuerzas realmente disponibles. Las suyas, las del colectivo editor de mientras tanto, alcanzaban “sólo para poner cada dos meses noventa y seis páginas a disposición de quien quiera reflexionar con nosotros acerca de todo lo apuntado” [4]. Quienes de verdad tenían la palabra eran “los movimientos potencialmente transformadores, desde las franjas revolucionarias del movimiento obrero tradicional hasta las nuevas comunidades amigas de la Tierra”, los entonces nuevos movimientos sociales. Cuando unas y otras coincidieran en una nueva alianza, sólo entonces, se abriría una perspectiva esperanzadora. Mientras tanto, ellos intentarían entender lo que pasaba y allanar el camino, “por lo menos el que hay que recorrer con la cabeza”.

No fue ese el único camino que allanaron. Abonaron también el que hay que recorrer con los pies, con el alma, con la movilización y con la discusión colectiva. También ese les tuvo como protagonistas y activistas. Entre esos senderos, me gustaría referirme brevemente, con las injusticias que esta aproximación parcial obliga a cometer, al movimiento antinuclear en sus páginas, sin apenas referirme a un gran movimiento social como el fue el protagonizado por el CANC, el Comité Antinuclear de Catalunya. Un ejemplo de ese activismo con declarada arista anti-cientificista [5]

Estábamos en Ginestar, cerca de Vandellós, en un acto antinuclear, señalaba Sacristán. La mesa que iniciaba la discusión con unas ponencias se componía mayoritariamente de activistas anti-nucleares. Todos menos un físico amigo.

En un momento dado de la discusión, el físico se puso a explicar el ciclo del combustible nuclear como algo sencillo y sin problemas. Se le recordó que el problema del almacenamiento final de los desechos no está resuelto ni en la práctica ni siquiera en la teoría, porque hasta las técnicas que a veces se presentan como panaceas -la vitrificación, por ejemplo- siguen siendo objeto de discusión y duda. El físico reconoció que así es pero añadió en seguida que todos los problemas se resolverían dada la potencia de las compañías explotadoras, y que, además, era inútil seguir polemizando, porque los poderes que van a imponer la energía nuclear son tales que los que nos oponemos no haremos más que perder el tiempo. En boca de ese físico, que es una excelente persona, esas palabras no eran una grosería, sino un consejo bien intencionado para que no siguiéramos perdiendo el tiempo. Parece claro que la única fuerza de ese argumento es la del poder.

 

En su opinión ésa es otra de las raíces de la inhibición de muchos científicos, entre ellos los economistas, respecto del movimiento ecologista.

Ellos no eran en todo caso antinucleares puros sino antinucleares revolucionarios. Así se expresaba Sacristán sobre este asunto en una entrevista pocos días antes de una importante manifestación ciudadana [6]:

Ni yo ni mis compañeros del Seminario de Metodología de la Facultad de Económicas somos antinucleares puros, sino antinucleares sobre la base de un pensamiento revolucionario. Porque la lucha contra las nucleares y ecológica tiene la importancia de ser en este momento lo que Lenin llamaba “el ataque al eslabón más débil” y es por donde debemos atacar aquellos que creemos que hay que detener este modelo de crecimiento. Así, el problema de la energía pasa a ser un problema estratégico. (...) EE.UU. no sería lo que es sin el despilfarro energético.

 

Ni tampoco, desde luego, los entonces países del Este europeo socialista, aunque allí tuvieran más correctivos y una cierta colectivización.

Dentro de la estrategia de la energía, la fisión nuclear parece ser la solución que proponen a medio plazo y por ahí hay que atacar, así como en los frentes del feminismo, de la superación de la competitividad, etcétera. Además, esta lucha tiene la ventaja de que es fácilmente comprensible y movilizadora para amplios sectores de la población.

 

Basta ojear los primeros números de mientras tanto para darse cuenta de la importancia del nudo antinuclear entre los objetivos esenciales de la publicación. En el número 1 se publicó un excelente trabajo de Eduard Rodríguez Farré: “Incidencia de la industria nuclear sobre la salud” [7]; en el 4 (mayo-junio de 1980, pp. 78-96), otra gran aportación de este enorme científico franco-barcelonés sobre “La circulación mundial de materiales radiactivos”. En ese mismo número Sacristán escribía en una nota editorial en apoyo de una campaña desnuclearizadora:

El Centro de las Naciones Unidas para el desarme lleva a cabo una campaña iniciada a partir del período extraordinario de sesiones de la primavera de 1978. Esta campaña, animada en Barcelona por la Asociación de Amigos de las Naciones Unidas, se inspira en el Documento final de aquel período extraordinario de sesiones... La campaña del Centro para el Desarme de la ONU tiene, como casi todas las iniciativas y acciones de organismos de esa naturaleza, la virtud de una buena información y el defecto que supone la imposibilidad de profundizar en el análisis causal de los males sociales y políticos sin herir susceptibilidades de parte… La Campaña para el Desarme Nuclear y la Fundación Bertrand Russell por la Paz han escogido un camino más definido políticamente para promover la resistencia contra la reanimación de la Guerra Fría.

 

La campaña se basaba en la propuesta urgente y necesaria de establecer una zona europea no-nuclear.

mientras tanto se suma a esta campaña, cuya primera declaración se reproduce en apéndice a este número. El principal iniciador de la campaña el historiador inglés E. P. Thompson, ha publicado un folleto titulado Protest and Survive (en réplica a un folleto oficial del gobierno británico titulado Protect and Survive) que aparecerá en el número 5 de mientras tanto.

 

El artículo de E.P. Thompson apareció en los números 5 y 6 de la publicación. Fue traducido por el entonces director de la publicación. Concluía Sacristán señalando que se había dicho ya muchas veces, con toda razón, que el problema ecológico-político más grave era el constituido por el armamento nuclear. Al adentrarnos en un nuevo período de tensiones graves, en un nuevo período de la caliente guerra fría, ese problema se convertía directamente en el de la supervivencia de la especie.

De eso hablaba precisamente con detalle Francisco Fernández Buey [FFB], en un artículo publicado en dos partes, en los números 3 y 4, “Sobre la crisis y los intentos de reformular el ideario comunista”.

En la primera parte del trabajo [8], FFB señalaba los dos riesgos principales de la encrucijada civilizatoria: Hiroshima y Harrisburg, boma e industria atómica. Un indicio de la gravedad de la situación, sostenía, era la reaparición de constantes informes e investigaciones que trataban de establecer las consecuencias, desde un punto de vista cuantitativo, de un conflicto nuclear entre los Estados Unidos y la ex Unión Soviética.

Así, por ejemplo, en junio de 1979 fue dado a conocer un informe redactado por la Oficina para las Evaluaciones Tecnológicas (organismo dependiente del Congreso de Estados Unidos de Norteamérica) en el que calculando a partir del supuesto de un ataque simultáneo contra Detroit y Leningrado se barajaban cifras del orden del cuarto de millón de muertos y del medio millón de heridos irrecuperables en ambas ciudades.

 

Sea como fuere, señalaba el autor de Escritos sobre Gramsci, la peligrosa novedad de la situación radicaba en que aun en el caso de que las tendencias contrarias a la guerra se impusieran y en el supuesto de que se lograra reducir al mínimo “la posibilidad de un accidente como el que narraba Stanley Kubrick en Doctor Strangelove”, no por ello se habrían eliminado todos los riesgos de autodestrucción de la especie human en la era nuclear. Además de los desequilibrios ecológicos (FFB citaba el cambio climático entre ellos), quedaban los efectos mediatos e inmediatos que tendría sobre las poblaciones el uso civil de la energía nuclear. El listado de riesgos y peligros de ese uso están magníficamente descritos en los párrafos siguientes de su artículo. El segundo de ellos, a título de ilustración, era el siguiente:

El uso de la energía nuclear como fuente energética prioritaria representa una vinculación de la actividad civil al complejo industrial-militar cualitativamente nueva y, por consiguiente, la posibilidad d extensión del dominio de éste sobre el conjunto de la sociedad.

 

Las propuestas para la revisión del ideario, en un contexto a veces poco dado a cambios en la tradición, eran expuestas en la segunda parte del trabajo [9]. Eran razones a favor de un comunismo crítico y radicalmente ecologista, entonces muy minoritario. De hecho, las dos reconsideraciones comunistas que FFB consideraba más interesantes y con más audiencia a finales de los años setenta, la de Harich y Bahro, parecían insuficientes en algunos de sus puntos. De su perspectiva sistémica, de su ya entonces consideración por un planteamiento próximo a “la tercera cultura” en estas temáticas, es muestra este paso conclusivo de su reflexión:

Por consiguiente, las propuestas o modelos alternativos ecologistas, no meramente técnicos, tienen que contar con más datos que los ecológicos y principalmente con datos económico-sociales, militares y políticos.

 

La concreción de los programas energético-económicos alternativos se hacía imprescindible.

No es casual, por todo ello, que en el número 120 de la revista de noviembre de 2013, el último editado, se publique un excelente artículo de Xavier Bohigas: “Una ojeada al terrorismo nuclear”, ni que una cita de Barry Commoner, de El círculo que se cierra, un científico muy admirado por Manuel Sacristán, Francisco Fernández Buey y Joge Riechmann, se destaque en la página web de la publicación:

Cuando se persigue el origen de uno cualquiera de los problemas del medio ambiente, salta a la vista una verdad ineludible: las causas radicales de esta crisis no las hallamos en la interacción de hombre y naturaleza, sino en la interacción de los hombres entre sí. Esto es, que para resolver la crisis del medio ambiente hay que dejar resueltos el problema de la pobreza, de la injusticia racial y de la guerra: que la deuda que tenemos contraída con la naturaleza —que es la medida de la crisis ecológica— no pueda ser enjugada persona a persona, usando envases reciclables o poniendo en práctica hábitos ecológicamente sanos, sino que hay liquidarla con la vieja moneda de la justicia social.

 

En suma, concluía Commoner, a la paz con la naturaleza debe antecederla una paz entre los seres humanos. Y sin exclusiones.

 

Notas:

[1] Tomado de Esteban Pinilla de las Heras, En menos de libertad, Anthropos, Barcelona, 1989, p. 157.

[[2] De discusión colectiva, la autoría del escrito es de Manuel Sacristán. Puede verse ahora en Pacifismo, ecologismo y política alternativa, Barcelona, Público-Icaria, 2009, pp. 48-53. No es imposible ni siquiera improbable que Francisco Fernández Buey colaborase de algún modo en la redacción final del texto.

[3] Desde la perplejidad fue el título de un libro imprescindible de Javier Muguerza, un amigo, querido y admirado, de ambas publicaciones

[4] Para mucho más por supuesto, erraban por modestia en esta afirmación

[5] “¿Por qué faltan economistas en el movimiento ecologista?”, Pacifismo, ecologismo y política alternativa, ed cit, pp. 63-73

[6] Manuel Sacristán, o el potencial revolucionario de la ecología”, Tele-eXpres, 2-6-1979, p. 5

[7] mientras tanto, 1, 1979, páginas 45-58, base de trabajos posteriores. Véase por ejemplo, Ciencia en el ágora, El Viejo Topo, Barcelona, 2012.

[8] Francisco Fernández Buey, Sobre la crisis y los intentos de reformular el ideario comunista”, mientras tanto, nº 3, marzo-abril de 1980, pp. 91-114.

[9] mientras tanto, número 4, mayo-junio de 1980, pp. 43-76.

 

Fuente: http://www.upf.edu/moviments/_pdf/lopezarnal.pdf