Tres variaciones sobre un paquete cerrado

Tres relats diferents amb un mateix motiu

Primera variación

Llegó a mi casa un hombre que yo no conocía y dejó un paquete cerrado a ni nombre. Fui corriendo a abrirlo, pero la cinta aislante que había a su alrededor no facilitó mucho la tarea. Al final, cogí unas tijeras y con ellas todo fue más sencillo. Quité la tapa del paquete y dentro pude ver un libro. Lo cogí y miré lo que ponía. Al principio no vi más que números sin sentido, pero luego me di cuenta de que eran números de lotería ¡y encima de fechas futuras! Cuando conseguí calmarme, miré en el libro el número que se anunciaba como premiado para el día siguiente. Lo apunté, cogí el dinero suficiente y me fui a comprar el boleto.

Tras pasar veinte minutos llegué a la administración de lotería más grande que conocía. Entré y pedí el boleto, pero ¡no lo tenían! Lleno de desesperación, me fui a otra administración, también bastante grande, a ver si allí tenían el número que yo buscaba, pero tampoco lo encontré allí. Mi única esperanza era la administración que estaba al lado de mi calle y allí, donde menos me esperaba que estuviese, lo encontré.

Iba yo tan feliz con mi número de lotería cuando, de pronto, un viento feroz me quitó de las manos mi querido boleto. Lo perseguí; al final paró en medio de la carretera, y cuando parecía que no se iba a mover de allí, un coche que pasó a toda pastilla lo hizo volar por los aires otra vez, y su destino fue entonces peor de lo que se podía esperar, se coló por una cloaca.

Las administraciones de lotería ya habían cerrado y yo no podía comprar otro boleto igual. Pensé: “Al menos me queda el libro con más resultados”. Así que, cuando llegué a casa, fui a mirar el próximo número que tocaba, pero ¡ya no estaba allí! No estaba ni el libro ni el paquete. Así que pensé que ese hombre, tal como vino a darme ese paquete, vino para quitármelo.

José Luis Álvarez Culebras (1º de ESO, grupo B)

Segunda variación

Llegó a mi casa un hombre que yo no conocía y dejó un paquete cerrado a mi nombre. El paquete contenía... ¡la joya más grande y valiosa de la Tierra! En ese momento yo era el hombre más feliz del mundo. Yo sabía que era verdadera porque toda mi vida la he dedicado a las joyas, algo que me encantaba. Vendí la joya y con el dinero que me habían dado por ella empecé a gastar y a gastar, hasta que me lo gasté todo. Al cabo de una semana tenía la casa llena de trastos y cosas nuevas inutilizables, hasta que llegó un hombre a mi casa. Era el mismo hombre que me había traído el paquete con la joya,  me dijo:

—Por favor, ha habido un error, ¿podría devolverme el paquete que le entregué hace una semana?

—No lo tengo —dije yo.

—¿Cómo que no lo tiene? —dijo el hombre enfurecido.

—No, no lo tengo —dije yo.

—¡Cómo que no lo tiene! —dijo el hombre enfurecido.

—No, no lo tengo. La joya que había dentro la vendí, y con el dinero que me dieron me he comprado todas estas cosas —dije yo señalando toda la casa.

—¡Pero si la joya era falsa! —respondió el hombre.

—Pe, pe... Pero, entonces, ¿cómo es que la he vendido? —dije yo tartamudeando, y pensé:

—¡Noooo! Todos estos años ligado a las joyas y ahora resulta que no sé nada de ellas.

Tuve que devolver todos los objetos que había comprado, y con el dinero que me habían dado por los objetos, compré de nuevo la joya.

Alba Calvo (1º de ESO, grupo A)

 

Tercera variación

Llegó a mi casa un hombre que yo no conocía y dejó un paquete cerrado a ni nombre. Ese paquete me llamaba la atención y, cuando lo miraba, también me aterrorizaba. Por fin me decidí a abrirlo. Fui directo al paquete y lo abrí.

¡Era un puzzle en 3 D de unas escaleras repletas de llamas!

—Oiga, señor, ¿tengo que firmar en algún lado?

El hombre se había marchado.

Cada día, después del colegio, hacía un poco del puzzle. Después de una semana tras otra de duro trabajo, lo acabé. En el mismo instante se abrió un agujero en el suelo. El puzzle te llevaba al final del agujero. Empecé  a bajar las escaleras. Cuando iba por la mitad, la salida se cerró. Bajé corriendo hasta encontrar un libro en el que ponía que para salir debía arrancar un pelo de la cola del mismísimo diablo y mojarlo. Delante de mí había un túnel. ¡El túnel ese conducía al infierno! Me metí las manos en el bolsillo y toqué un duro. De repente se me ocurrió una idea.

Atravesé el túnel, llegué a un sitio repleto de fuego. Y era una cueva. Puse el duro en la entrada de la cueva y me escondí. Como supuse, salió el diablo a ver qué era aquello tan resplandeciente. Yo corrí a sus espaldas, le arranqué un pelo de la cola y me dirigí hacia la salida corriendo. El diablo me seguía andando. Cuando llegué, me di cuenta de que no había pensado en cómo mojar el pelo. Dejé caer el pelo al suelo. Cuando el diablo se proponía ponerme las manos encima, una gota de sudor cayó el pelo.

La salida se abrió y yo pude escapar. Desde entonces no he vuelto a montar un puzzle.

Víctor Santos Jurado (1º de ESO, grupo A)

 

[Aquests relats van estar publicats a la revista Sota el cel del Puig, núm. 5, novembre de 2001, i al Cacharrario I (grup A) o al Cacharrario II (grup B), segons el cas.]